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Etiquetas:   -   Sección:   Opinión

Cuando el sufrimiento es siempre y el crimen sólo es a veces

Cuando la muerte se come, se viste, se sonríe, se paga…
Julio Ortega Fraile
@JOrtegaFr
domingo, 19 de enero de 2014, 12:36 h (CET)
Y mientras la ciencia, la moral, el folclore, la educación, la industria o la diversión se ponen de acuerdo en la norma y en las salvedades, mientras tanto dime, por favor, ¿qué hacemos nosotros?

¿Seguir esperando a ver si nos toca o no nos toca?

¿Seguir huyendo, si lo hace, con esa huida inútil de los sueños donde el aire a atravesar es puré de plomo?

¿Seguir gritando, seguir llorando y sangrando entre conciencias sordas, entre corazones agostados y éticas coaguladas?

¿Seguir muriendo si somos epígrafe regulado o no constituimos excepción?

“Este siempre. Este… A veces. ¡Este no!”

“Este no porque es mío que lo compré en una tienda, pero este, idéntico, sí porque deambula sin dueño por un polígono industrial”.

“Este no porque es febrero, pero este, igualito, sí porque son las fiestas de abril”.

“Este no porque estamos en Barcelona, pero este, exacto a él, sí porque esto es Badajoz”.

“Este sí porque es necesario comer”.

“Este por supuesto, hay que experimentar”.

“Este claro, tenemos que vestirnos”.

“Y este también porque hay que cazar”.

“Este no que ya quedan muy pocos…”. Es cierto, los exterminaron a casi todos para convertirlos en alimento envasado, en informe de laboratorio, en abrigo de entretiempo y en trofeo de cazador.

Cuando el asesinato es “a veces” la vergüenza y la rabia lo son siempre. ¿O acaso el dolor y el miedo son adverbio temporal sólo en algunas víctimas?

No existen razones, existen pretextos, que no justifican pero exculpan porque aquí no se trata de no dañar, basta con no delinquir. Y en la mayoría de los casos ni las coartadas son necesarias porque el crimen se llama gestión.

Se gestiona un circo, un zoológico, un matadero, una plaza de toros, los burritos de una feria, una peletería, un coto, un establecimiento de mascotas…

Se gestiona el exceso de palomas, los perros de los arcenes, los gatos de la colonia en la que van a edificar…

Por gestionar hasta gestiona (y paga) Patrimonio Nacional el Pabellón de Caza donde Juan Carlos I de Borbón y Borbón conserva, enteros o en trozos, algunos de los cadáveres de las criaturas que ha ido matando a lo largo de su campechana vida.

Así que cuando la capacidad de provocar deliberadamente sufrimiento físico y psíquico, de forma más o menos prolongada, y la de arrebatar la vida de una criatura tienen tantas puertas por las que entrar el resultado siempre es el mismo: que la justicia ha de salir. Sí, ha de salir herida y a empujones porque los motivos para matar jamás pueden figurar entre las causas para morir.

Y mientras, ¿qué hacemos nosotros?

¿En qué rincón de la España que se extiende entre los escaños verdes del Parlamento de Bruselas y la concejalía de festejos en Tordesillas nos metemos?

¿Dónde están, para pedirles refugio, los dueños de los estómagos capaces de estremecerse ante los poemas de Marta Navarro García y de los puños que se cierran ante las aberraciones de Fernando Sánchez Dragó?

Dime, por favor, dónde Juan José Padilla no es un héroe, donde no huele a crematorio junto a los muros de la perrera, donde no se reúnen los cazadores a las siete de la mañana cargados de munición y a las tres de la tarde cargados de cadáveres, donde no se permiten los circos con animales, donde la cabalgata de Reyes no es una conducción de esclavos y donde los criaderos, los zoológicos, las granjas y las peleterías cierran por defunción. Dime dónde para ir.

Y sobre todo, dime en qué lugar de tu inteligencia, de tus conocimientos, de tu empatía, de tu sensibilidad, en qué punto exacto de tu conciencia dejó de importante el sufrimiento de otras especies excepto si se trata de tu perro, de tu gato o del protagonista de la película cuando llevas a tu hijo a ver Babe, el cerdito valiente. Dime por qué cuando somos los animales no humanos el sujeto paciente ya no te sirve la palabra violencia.

Nuestra vida o nuestra muerte sólo dependen de una preposición: “según”.

Según cuál.
Según dónde.
Según quién.
Según cómo.
Según cuándo.


Pero tu coherencia, tu nobleza, tu coraje, tu diversión, tu comida, tu ropa, tus manos, tu mirarte al espejo y verte tal y como eres, sólo dependen de ti.
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