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Dios salve a España

José García Pérez
sábado, 18 de enero de 2014, 13:05 h (CET)
Como era de esperar el Parlamento de Cataluña ha aprobado por mayoría absoluta un Declaración Soberanista que será debatida en el Congreso de los Diputados que, con toda seguridad, será rechazada por las fuerzas mayoritarias y algún que otro grupo parlamentario minoritario, si es que antes el Tribunal Constitucional no la envía al baúl de los objetos olvidados. El empecinamiento de Artur Mas y sus deseos imperialistas nos traerán más de un problema con su famoso derecho a decidir que son una nación.

La cosa está que arde y buena parte del personal les gustaría arrimar yesca al desastre para ver si explota de una puñetera vez. La insensatez, por lo que vemos, se va extendiendo cual reguero de pólvora por toda España, y así desde Madrid, unos ciudadanos apoyan a los burgaleses de un barrio donde se reparte estopa a diestro y siniestro para parar las obras de un bulevar que el Alcalde, legítimamente elegido por los mismos que ahora berrean contra él, desea construir tras haberlo anunciado en su programa electoral.

Buena parte de la actual ciudadanía no recuerda o no desea recordar o no lo sabe aquella tristemente famosa frase de Manuel Fraga cuando, con los brazos en jarra y ejerciendo de ministro de Interior, dijo: “la calle es mía”.

Ahora, algunos, tal vez demasiados, andan diciendo: “la calle es nuestra”, y si la de Fraga era peligrosa, ésta de ahora no lo es menos porque el gentío se lo está tomando

en serio y la sin razón se va apoderando de muchos.

La aberración política de Mas sumada a las fuertes algaradas de los que desean destrozar el sistema, democrático aunque no guste a todos, y multiplicada por el deseo de Izquierda Unida de celebrar un refrendo popular para conseguir el advenimiento de la III República, y todo ello elevado al cuadrado por el ejército de corruptos y corruptores esparcidos por todas las instituciones hace pensar que o recapacitamos o vamos al desastre.

Así que, con temor, temblor y algo de valor me atrevo a decir en alta voz: “Dios salve a España”, y digo Dios sin creer demasiado en él, pero no veo humano capaz de salvarla.
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