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Etiquetas:   -   Sección:   Opinión

El matrimonio y sus exigencias

Francisco Rodríguez
sábado, 18 de enero de 2014, 13:00 h (CET)
He leído los dos libros de Costanza Miriano, publicados por una editorial granadina, de los que el primero, “Cásate y se sumisa” levantó en armas al feminismo militante por su título, pero del segundo “Cásate y da tu vida por ella” no he visto la más mínima referencia.

De su lectura no encuentro nada que justifique el escándalo anterior, aunque quizás haya servido para promocionarlo. Desde el punto de vista del estilo literario, pienso que para hablar de cosas serias no es necesario utilizar el humor como vehículo, máxime cuando hay muchas frases cuyo sentido hay que aclarar a pie de página por referirse a la actualidad italiana cuando se escribió el libro.

Las cosas serias de que habla son el noviazgo, el matrimonio, la educación de los hijos y lo hace desde una visión cristiana impecable. Si se rechaza lo cristiano, no pueden entenderse estos dos libros.

No hay ninguna página del evangelio que justifique la violencia machista pues lo que propone la predicación de Jesús es el amor capaz de dar la propia vida por quien se ama. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos (Juan 15,13) y la relación matrimonial o es la más alta y bella amistad o no es nada.

Quienes establecen una relación de pareja para disfrutar uno del otro con la condición expresa o tácita de que la mantendrán mientras dure “el amor” y se romperá si se termina, o si se encuentra otra relación más excitante, está claro que no tienen claro lo que es el amor, ni lo que es la amistad. Son matrimonios de usar y tirar.

Por aquello de que el matrimonio es un contrato, quizás se le ha ocurrido al ministro de Justicia que pueda formalizarse ante notario. La concepción cristiana del matrimonio no niega que sea un contrato pero lo eleva a un plano superior, al plano de la gracia, en el que el contrato se perfecciona con la fidelidad y la estabilidad haciéndolo apto para la creación de una familia.

Cuando un matrimonio tiene dificultades de convivencia, recuerdan que tienen un contrato y cada uno suele contar a los amigos o a los consejeros, que el otro no lo está cumpliendo, que falta reciprocidad entre lo que aporta cada uno. Dice ella: “tengo que sacar la casa adelante, bregar con los niños, trabajar, mientras que él no ayuda o no se preocupa o se va al futbol” Dice él: “pues no sé qué más quiere mi mujer, estoy harto de que me manipule, me está amargando la vida” ¿A qué son cosas que hemos oído?

El contrato en el que “doy para que me des” está muy lejos de una relación de amistad profunda y definitiva, en el que cada uno esta libremente decidido a darlo todo por el otro y por el proyecto común que están realizando: la familia.

El evangelio nos dice también que quien quiera ser el primero sea el último y el servidor de todos (Marcos 9,35) Este paso no es fácil, requiere entereza y libertad, pero sostiene cualquier comunidad. Es muy diferente de lo que se oye: aquí mando yo y tú tienes que hacer lo que yo diga.
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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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