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Opinión
Etiquetas:   Impertinencias  

Amor platónico

Alex Vidal
domingo, 12 de enero de 2014, 12:32 h (CET)
En el Banquete, Platón dialoga sobre la idea del amor. Para el fundador de la Academia, el amor es un echar de menos, un buscar lo que no se tiene, lo que falta. Eros no deja de ser un preámbulo que lleva a cabo todo lo que se le presenta, pero el amor busca lo que le falta y principalmente la belleza. Platón diserta sobre un amor que al igual que ocurre con su idea de la divinidad, es causa por sí mismo, no alberga fallas en su justificación. Pero el idealismo divorcia al hombre de su naturaleza. El amor platónico no deja de ser una sublimación no realizada, sacralizada, elevada a la bóveda celeste. Platón dedica un bello canto a la idea del amor, pero el hombre estará obligado primero a aprender a amar. Su iniciación hacia el amor, el riesgo de incurrir en su idealización, puede hacer de este amor un Dios capaz de zarandearlo al extremo.

El ser humano es un animal de instinto insatisfecho. Sólo el deseo que no se consume es el que perdura, pues no podemos desear lo que ya poseemos. El peso del amor idealizado se halla en su propio recuerdo: verse obligado a contemplarlo, sublimarlo sin poder consumirlo, quedar condenado a un reproche irracional. Pero el amor es finalmente necesidad de la naturaleza, una expresión de la materia que fluye de manera natural y debemos aprender a relativizar, a conjugar.

No es posible forzar al amor; de ahí su exaltación y su grandeza.

Tras lo espontáneo, el grado de experiencia y madurez de cada amante debe resultar coincidente en su proceso nutricional, pues el maestro difícilmente se enamorará del aprendiz. Para amar es preciso admirar. En la película “2046” su protagonista medita: “el amor es una cuestión de oportunidad; de nada sirve encontrar a la persona indicada, si ésta no surge en el momento adecuado". Sólo cuando las dos partes estén preparadas, sean capaces de corresponder a su mutua expectativa, podrán establecer las bases para cualquier tipo de relación. Platón nos regala un último consejo: perdonar los errores involuntarios e intentar evitar los voluntarios son las señales que indican la esencia de la verdadera amistad, aquella que induce a amar bellamente.
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