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Y sigo siendo español

José García Pérez
domingo, 12 de enero de 2014, 12:19 h (CET)

Las últimas detenciones llevadas a cabo por la Guardia Civil a cara destapada con la ayuda indirecta de la Ertzaintza a cara cubierta, tiene muchísimo de una nación surrealista en la que uno de sus reyezuelos de Taifas va enviando por todos los rincones del mundo una carta a sus mandamases para que apoyen la formación de un pequeño imperio catalán, si a ello añadimos que un ignorante político vasco apuesta para que la selección española de fútbol no juegue en Bilbao podrán ustedes comprender que no tiene nada de extraño que desde el ministerio de Interior se avise, de forma atontada a los sicarios de la agónica ETA, con una hora de anticipación, que se va a producir una operación antiterrorista por los pagos de las antiguas Vascongadas, hoy Euskadi; y también comprenderán -y sin hablar de corrupción, no sea que me multen- que dudo mucho que el coeficiente intelectual de los políticos españoles y de aquellos que abominan de su españolidad sea normal.

Nada que apuntar, dada la espléndida idiotez antes mencionada, a las aberrantes declaraciones del portavoz del País Vasco, Josu Erkoreka, en el sentido que las intervención de la Guardia Civil es “un paso atrás” en el proceso de paz de la formación de Euskal Herria, ya saben la formación de un paraíso utópico con territorios de Francia, Navarra, algo de Burgos y las consabidas provincias de Guipúzcoa, Álava y Vizcaya.

Perdonen la introducción no por falsa, sino por extensa, pero es la única forma de situarnos en el esperpento de nación en que vivimos sin olvidar a las avanzadillas gallegas miniterroristas que va alimentando el nacionalismo donde el centollo es una de sus grandes maravillas.

Si a ello le añado que llevo setenta y tantos años, y ya rozando el terminado en ocho -me destetaron en la II República- oyendo hablar de los rojos y azules, de crímenes en cunetas, de purgas de ricino, de fascistas y comunistas, entenderán a la perfección que cada día que pasa me desenchufo más de esta locura colectiva y me refugio, como única salvación posible, en la soledad de mi propio yo, acompañado, eso sí, de algo que pueda llamarse JB o Larios, amigos insustituibles a la hora de poder seguir sintiéndome esa cosa “tan extraña y discutible” de ser español. Perdonen, pero lo soy.
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