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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

Aquí tele-coca, dígame

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
viernes, 29 de septiembre de 2006, 04:43 h (CET)
Estamos en una calurosa noche del agosto sureño, el peñón es una masa oscura que se yergue cercana y en lo alto, mientras duermen los eternos micos gibraltareños, se divisan los pilotos rojos que avisan a los aviones que se acercan a la pista de aterrizaje, la única de Europa atravesada por una carretera, del peligro de colisión. Este es el paisaje que desde cualquier balcón de La Línea observan una pareja de jóvenes. Están de fiesta, es sábado por la noche y la jornada puede ser larga. El botellón ya nos les llena y prefieren las fiestas en el piso de los padres de algún amigo que aprovecha las vacaciones de sus progenitores para reunirse con sus conocidos. Las horas han ido pasando y la fiesta comienza a decaer, hay botellas vacías por todos los rincones y el alcohol ya ha comenzado a hacer sus efectos más nocivos. Las “mitsubisi” o cualquier otra clase de “pastis” ya no les apetecen, ya se consideran mayores, casi adultos, y es hora de comenzar a probar nuevas sensaciones con otra clase de estimulantes. De repente alguien tiene una brillante idea y comienzan a rebuscar en sus bolsillos para reunir el dinero suficiente para comprar algunos gramos de cocaína con la que poder hacerse alguna raya de la diosa blanca. Alguien, seguramente el más espabilado, sabe que hay un teléfono al que llamar y a los pocos minutos un motorista aparecerá con la ansiada farlopa.

Aquí tele-coca, dígame. Esta podría ser la sencilla contestación del otro lado del móvil de última generación. Sencillo, fácil y discreto. Tan sencillo, fácil y discreto como el encargo de una de esas pizzas a las que tan aficionados son nuestros jóvenes. A los pocos minutos el repartidor llega al lugar acordado, antes ha dejado en un lugar cercano la papelina, y una vez cobrado su importe indica las coordenadas precisas para la recogida de la mercancía. Esto, que parece la sinopsis de una novela de buenos y malos, o de malos y malos, es la triste realidad que este verano se ha detectado por las fuerzas policiales en muchos lugares de la costa gaditana y la Costa del Sol. Los “malos” se modernizan al ritmo de los tiempos y también proceden a diversificar su negocio.

Durante algunos años ha sido habitual ver a muchos de los jóvenes bailando ritmos endiablados en las pistas de las discotecas con una botella de agua en la mano y alguna que otra pastilla en los bolsillos del pantalón de marca. Como el consumo de bebidas alcohólicas no congenia demasiado bien con la ingestión de las drogas llamadas de diseño y de las que nadie conoce su composición, algunas discotecas optaron por cerrar los grifos de los baños y vender el agua envasada a precio de Moet-Chandon mientras en los enormes aparcamientos situados a las puertas de las “discos” los aprendices de camello hacían su agosto con la venta de pastillas.

La cocaína era una droga para ejecutivos y gentes de medio y alto poder adquisitivo. Cuando todavía se pagaba en pesetas un gramo, que da para algunas rayas, costaba en la noche valenciana alrededor de doce mil pesetas. Este verano en el Campo de Gibraltar los “moteros” de tele-coca han estado ofreciendo su producto a 50 euros el gramo, una susceptible baja en los precios como podemos ver. Ello ha hecho que el consumo de esta sustancia haya comenzado a generalizarse entre los más jóvenes y que su consumo sea considerado, incluso, un signo de distinción social. Cualquier economista sabe que la cercanía del producto al consumidor hace que las ventas vayan al alza.

La policía teme que este sistema se generalice también en las grandes ciudades dada su comodidad y las facilidades que el pequeño traficante tiene para la distribución. Hasta la fecha solían tener controlados los puntos fijos de venta, ahora con este sistema de la tele-coca lo van a tener más difícil e incluso en caso de que cojan al vendedor con las manos en la masa la cantidad de droga que le van a encontrar encima no será suficiente para que un juez le enchirone ya que siempre podrá alegar que es para su propio consumo. Las grandes mafias de la distribución, que son los que verdaderamente ganan cantidades ingentes con la venta de drogas, se modernizan al ritmo de los tiempos y ahora han descubierto este sistema de la venta motorizada por medio de meros peones que, a duras penas, sacan lo suficiente para poder costearse su propio consumo. Es hacia ahí donde deben apuntar las pesquisas policiales, hacia arriba y no perder el tiempo con el pequeño distribuidor de la “motillo” mero eslabón en la triste cadena distribuidora de muerte en pequeños plazos.

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