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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

¿Piden serenidad al Ejército, cuando la unidad de España peligra?

"El nacionalista cree que el lugar donde nació es el mejor lugar del mundo; y eso no es cierto. El patriota cree que el lugar donde nació se merece todo el amor del mundo; y eso sí es cierto", Camilo José Cela
Miguel Massanet
miércoles, 8 de enero de 2014, 09:40 h (CET)
Si hay una institución en este país que haya sido maltratada, descuidada, postergada y relegada durante los años en que, España, ha estado soportando la crisis y la recesión; podemos decir, sin ninguna duda, que ha sido el Ejército español. No sólo nuestros militares han sido los primeros en sufrir las rebajas de sus salarios, los que han tenido que ver como cada día se les iban retirando las ayudas, imprescindibles para poder mantener la defensa de nuestra nación dentro de unos niveles mínimos de seguridad razonables y conseguir que, nuestras unidades operativas, estuvieran a la altura de lo que hoy se considera que debe ser un Ejército moderno; sino que se les ha puesto a prueba, prácticamente cada día, tascando el freno, por todos estos movimientos independentistas que, gracias a la pachorra y estulticia de un Gobierno que espera que los problemas de Catalunya y el País Vasco, entre otros, se van a solucionar dejando que el cáncer que los viene afectando entre en metástasis, hasta que la purulenta erupción explote y se extienda por todo el país; siguen vivos.

Hace bien S.M el Rey en recomendar a sus generales que mantengan la serenidad de sus oficiales y tropas, aunque debo suponer que, a través de los años en los que los dirigentes separatistas han hecho de sus respectivas autonomías una especie de reducto independentista –del que se han esforzado en hacer desaparecer, no solo la lengua castellana, los estudios en el idioma nacional, los rótulos de los comercios en español y hasta han llegado a prohibir que los alumnos, en los recreos se comuniquen en castellano, sino que han llegado a tal grado de soberbia, de insensatez, desvergüenza y deslealtad que no han dudado en incumplir todas aquellas leyes estatales y sentencias de los tribunales de Justicia que han considerado que eran contrarias a sus espurias intenciones de autogobierno, por supuesto, lejos de la “tutela” del Estado español – desde el cual presentar batalla al resto de los españoles, convencidos de que eran una raza especial, superior a la del resto de las autonomías y que, por ello, tenían derecho a ser tratada mejor que cualquier otra región de España.

El mismo don Juan Carlos estoy seguro de que, más de una vez, ha tenido que parar los pies a los más patriotas para que no hicieran callar a aquellos que, impunemente, hayan insultado, vejado, ofendido y despreciado al mismo Rey, la insignia nacional, los símbolos de la patria, la lengua española y todo aquello que ellos consideran como un signo “opresor” de la “dominación” española sobre Catalunya. Por supuesto, no se quieren acordar de los beneficios que, a través de la Historia, han obtenido de sus relaciones con el resto España; no agradecen que muchos españoles venidos de Murcia, Andalucía o Extremadura llegara para trabajar en las fábricas catalanas, percibiendo los salarios más bajos, desempeñando los trabajos más penosos y desagradecidos, permitiendo con ello que, muchos “burgueses” catalanes se hicieran ricos a costa de su trabajo; no tienen en cuenta que muchos de los hijos de aquellos inmigrantes ahora, gracias al esfuerzo de sus padres, son personas bien preparadas que siguen en Catalunya y que contribuyen eficazmente a que la Investigación y el Desarrollo, conseguido gracias a ellos, beneficie a la industria y el comercio catalán.

Y digo que, como dice S.M. el Rey, todos los sacrificios que se les han obligado a aceptar a nuestros militares se merecen que tengan una clara correspondencia por parte del Gobierno. La serenidad es una virtud, lo mismo que la paciencia y la reflexión pero, señores, llega un momento en que, según se observa que el deterioro de la cuestión catalana va adquiriendo dimensiones que pudieran considerarse que ya alcanzan la dimensión de traición a la Patria, de deslealtad hacia el resto de españoles y de clara situación involucionista que nos retrae a tiempos pretéritos en los que, los señores Maciá y Companys, tuvieron la pretensión de declarar, unilateralmente, la independencia del país catalán del resto de la patria española; alguien debe decir ¡Basta!. Todos sabemos como acabaron aquellos intentos revolucionarios, pero sus consecuencias nos llevaron a la cruenta Guerra Civil del año 1936.

A veces, cuando a los políticos les conviene, hacen alusión a la Constitución española. De hecho, últimamente, son los de la izquierda, los independentistas y la mayoría de los que integran la oposición al Gobierno, los que más recursos presentan ante tan alto Tribunal, abusando de él con el único objeto de impedir que las leyes del PP se puedan aplicar dentro de su legislatura. Sin embargo, cuando se trata de hablar del Art. 155 o, incluso, de los Arts. 1 y 2 o el mismo Art.8 de la Carta Magna, todos aquellos que la invocan para lo que les conviene, la ignoran o la consideran como inaplicable en la comunidad catalana porque, para ellos, está bien aprovecharse de las ayudas que reciben del Gobierno para pagar sus deudas, pero no aceptan que la justicia española pueda impedirles sus veleidades separatistas.

Lo que sucede es que, el difícil equilibrio que exige la gobernabilidad de una nación, a veces, depende de que el que tiene la última palabra no se retrase en decirla. No dudo de que nuestros magníficos militares hayan cumplido con disciplina lo que se les ha ordenado y que, por tanto, hayan obedecido la orden de permanecer callados, apartados el problema y aguantando las andanadas de los fanáticos separatistas que incluso han impedido que cualquier avión del Ejército del Aires sobrevuele Barcelona. ¿Inconcebible? Sí señores, pero hay que conocer el grado de deterioro al que se ha llegado en esta región, para poder entender que, cada día que pasa, son más los que se creen que desde España se están aprovechando de ellos porque así es, señores, como los políticos catalanes les están lavando el cerebro.

Serenidad, sí pero vigilancia también. No fuere que a base de exigir serenidad y contención, la nación pudiera entrar en un estado de catalepsia patriótica que la condujera a convertirse de España de las autonomías a la España de las naciones o sea, a nada en absoluto. La excesiva prudencia, la paciencia mal entendida, la reticencia a aplicar los recursos constitucionales para impedir que se aprovechen de la debilidad del Gobierno para ir adelantando, paso a paso, un proceso que, aunque hoy sea mirado con desconfianza desde el resto de Europa, no debemos olvidar que todavía existen algunas naciones, especialmente del norte, que estarían muy satisfechas de que nuestro país dejara de existir como tal.

Hay alguien que, sensatamente, se preocupa de que tengamos un Ejercito bien pertrechado para que estén en condiciones de defenderse de nuestros presuntos enemigos de fuera, no obstante, mi impresión es que este Ejército español, bien dotado, con mandos eficientes y leales a la patria, dónde puede que sea más necesario y más eficaz es para enseñarles, a los que buscan separase de España, donde está el límite de sus extravagantes aspiraciones. A partir de las autonomías ni un centímetro más allá, porque ahí debe estar el límite que los españoles podemos tolerar de todos estos garbanzos negros que pretenden dinamitar a un país con 600 años de unidad. Todo lo demás, créanme, meras utopías de descerebrados. O así lo veo yo.

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