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En 1953 el embrutecimiento ardía como la fe

Lolita Sevilla y Elvira Quintillá, miradas póstumas a un cine español irrepetible

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El apartamento está protegido en las instalaciones de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos. Las apariencias engañan. Si bien el presidente de la Comunidad Autónoma de Madrid posee uno en Marbella, los 770.000 euros que abonó por su compra y la imputación de su esposa por la presunta implicación en blanqueo de capitales y delito fiscal por mor de aquella, nos pueden hacer pensar que este lujo merece tal privilegio. No es precisamente del que hablamos. En el año 1960 Billy Wilder, que también compartió su producción y guión, dirigió la película del mismo nombre que consiguió cinco oscar. Panorámica psicológica del mundo contemporáneo. Apunte irónico y melancólico sobre aspectos de plena actualidad como la explotación y deshumanización laboral y otros que acompañan la existencia del ser humano: soledad, honestidad, dignidad o la búsqueda del amor. Baxter, interpretado por Jack Lemon, ofrece su piso de soltero como picadero. Ha comprobado que esta es la mejor fórmula de ascensión en el trabajo de contable, en la empresa de seguros de Nueva York en la que trabaja. Y cede su espacio íntimo para los encuentros extramaritales de sus jefes. Todo se trastoca cuando se enamora de la ascensorista Fran Kubelik, que encarna Shirley MacLaine. Fred MacMurray completa el triángulo amoroso. Tres actuaciones que condensan la minuciosa introspección del realizador norteamericano en las emociones humanas y la respuesta de los personajes ante estas.


carta
Eurovegas es un mal recuerdo que se desvanece en el aire como el humo de tabaco que pretendían legalizar. Fue un exclusivo, privativo y anómalo empeño empresarial de blindar la salvaguarda de sus intereses con la aquiescencia del poder político. Evitando futuras normas reguladoras que pudieran constreñir su ámbito de influencia y beneficios económicos. La sensación era de auténtica paranoia. El panegírico que había confeccionado el gobierno y parte de la oposición de la Comunidad Autónoma de Madrid, preludio del cuento de la lechera en que ha acabado todo, era ridículo. La agudización del desempleo y la estabilización de la precariedad confluían para que en el contexto social quebrado por la crisis económica, la obra faraónica de este artero negocio prendiese como bálsamo.

La cinematografía española durante la dictadura tuvo que sortear la duermevela censora. El nacionalcatolicismo uniformizó y edulcoró el intelecto hasta la cerrazón más aciaga y triste. El embrutecimiento ardía como la fe, ausente del perfil más humano pero enardecida por la salvación divina. En el año 1953 se estrenaba la película Bienvenido, Mister Marshall. Dirigida por un combatiente de la División Azul. Procuró con su alistamiento la conmutación de la pena de muerte de su padre, diputado por unión republicana, que finalmente obtuvo pagando, "el estraperlo de la muerte". Luis García Berlanga, coguionista junto a Juan Antonio Bardem y Miguel Mihura, autor de las canciones y corrección definitiva de los diálogos, desarrolló una historia de múltiples matices que acrisola el espíritu fílmico que lo caracterizó, "En el cine he querido contar lo que me ha salido. Lo que hay en mis películas es pesimismo, aunque he tenido la suerte de recubrirlo con un sainete cómico... Busco situaciones que no sean cotidianas, que sean disparatadas. Pero algunas se han dado. En la Guerra Civil fui a un palacio en el que había un marqués que guardaba fotos en las que se veía follando, y guardaba tarritos que almacenaba vello púbico. Los guardaba en tubos de aspirina, y yo saque eso en La escopeta nacional". Los discursos ultraístas de Don Pablo, el alcalde de Villar del Río, encarnado por José Isbert, no pueden ser más precisos con la corrupción que hoy padecemos: malversación del dinero público, opacidad en las cuentas que lo fiscalizan, conversión en negro y uso y destinatario desconocidos, "Como alcalde vuestro, yo os aseguro que para pagar esto ni un céntimo ha salido de las arcas públicas, porque en las arcas jamás ha habido un céntimo".


lolita
Ángeles Moreno Gómez murió el pasado 16 de diciembre. Sus labios entonaron el periodo oscuro de la posguerra, con aquella coplilla que tronaba con sorna por las calles de Villar del Río, "¡Americanos, gordos y sanos, primos hermanos, os recibimos con alegría!". Lolita Sevilla, heterónimo por el que era conocida, interpretaba al personaje de Carmen Vargas. Ella pudo más que el propio Plan Marshall y la reprobación del actor norteamericano Edward G. Robinson, miembro del jurado de la sección oficial en Cannes, indignado por la secuencia en la que la bandera de su país desaparece por un sumidero. El presidente del jurado Jean Cocteau exclamó, "¡Cómo no vamos a amar a España después de ver esta película!" La voz clara y elegante de la cantante y actriz hispalense, encabezaba el pasacalles. Iba al encuentro de la ansiada visita que pasó como una exhalación, dejándo el polvo de la carretera sobre los compungidos rostros pueblerinos. Metáfora reactualizada de la ocurrida en Alcorcón sesenta años después. Lolita Sevilla se retiró de los escenarios en 1997. El deseo ferviente que siempre acompañó a esta mujer de origen humilde y precoz personalidad artística, formada en las academias del Maestro Realito y Adelita Domingo, fue que el público la reconociera por su propio estilo. Apenas transcurridos once días de este fallecimiento, la actriz Elvira Quintillá, que encarnara a la Señorita Eloísa en esta misma película -también cantante, faceta menos conocida y en la que no se prodigó, a pesar de su participación en zarzuelas y ganadora de un premio en el festival de la canción de Benidorm en 1960-, sigue la estela mortal de otros actores y realizadores que cierran una significativa etapa del cine español.

Lolita Sevilla y Elvira Quintillá, miradas póstumas a un cine español irrepetible

En 1953 el embrutecimiento ardía como la fe
Pedro Luis Ibáñez Lérida
martes, 7 de enero de 2014, 09:20 h (CET)
El apartamento está protegido en las instalaciones de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos. Las apariencias engañan. Si bien el presidente de la Comunidad Autónoma de Madrid posee uno en Marbella, los 770.000 euros que abonó por su compra y la imputación de su esposa por la presunta implicación en blanqueo de capitales y delito fiscal por mor de aquella, nos pueden hacer pensar que este lujo merece tal privilegio. No es precisamente del que hablamos. En el año 1960 Billy Wilder, que también compartió su producción y guión, dirigió la película del mismo nombre que consiguió cinco oscar. Panorámica psicológica del mundo contemporáneo. Apunte irónico y melancólico sobre aspectos de plena actualidad como la explotación y deshumanización laboral y otros que acompañan la existencia del ser humano: soledad, honestidad, dignidad o la búsqueda del amor. Baxter, interpretado por Jack Lemon, ofrece su piso de soltero como picadero. Ha comprobado que esta es la mejor fórmula de ascensión en el trabajo de contable, en la empresa de seguros de Nueva York en la que trabaja. Y cede su espacio íntimo para los encuentros extramaritales de sus jefes. Todo se trastoca cuando se enamora de la ascensorista Fran Kubelik, que encarna Shirley MacLaine. Fred MacMurray completa el triángulo amoroso. Tres actuaciones que condensan la minuciosa introspección del realizador norteamericano en las emociones humanas y la respuesta de los personajes ante estas.


carta
Eurovegas es un mal recuerdo que se desvanece en el aire como el humo de tabaco que pretendían legalizar. Fue un exclusivo, privativo y anómalo empeño empresarial de blindar la salvaguarda de sus intereses con la aquiescencia del poder político. Evitando futuras normas reguladoras que pudieran constreñir su ámbito de influencia y beneficios económicos. La sensación era de auténtica paranoia. El panegírico que había confeccionado el gobierno y parte de la oposición de la Comunidad Autónoma de Madrid, preludio del cuento de la lechera en que ha acabado todo, era ridículo. La agudización del desempleo y la estabilización de la precariedad confluían para que en el contexto social quebrado por la crisis económica, la obra faraónica de este artero negocio prendiese como bálsamo.

La cinematografía española durante la dictadura tuvo que sortear la duermevela censora. El nacionalcatolicismo uniformizó y edulcoró el intelecto hasta la cerrazón más aciaga y triste. El embrutecimiento ardía como la fe, ausente del perfil más humano pero enardecida por la salvación divina. En el año 1953 se estrenaba la película Bienvenido, Mister Marshall. Dirigida por un combatiente de la División Azul. Procuró con su alistamiento la conmutación de la pena de muerte de su padre, diputado por unión republicana, que finalmente obtuvo pagando, "el estraperlo de la muerte". Luis García Berlanga, coguionista junto a Juan Antonio Bardem y Miguel Mihura, autor de las canciones y corrección definitiva de los diálogos, desarrolló una historia de múltiples matices que acrisola el espíritu fílmico que lo caracterizó, "En el cine he querido contar lo que me ha salido. Lo que hay en mis películas es pesimismo, aunque he tenido la suerte de recubrirlo con un sainete cómico... Busco situaciones que no sean cotidianas, que sean disparatadas. Pero algunas se han dado. En la Guerra Civil fui a un palacio en el que había un marqués que guardaba fotos en las que se veía follando, y guardaba tarritos que almacenaba vello púbico. Los guardaba en tubos de aspirina, y yo saque eso en La escopeta nacional". Los discursos ultraístas de Don Pablo, el alcalde de Villar del Río, encarnado por José Isbert, no pueden ser más precisos con la corrupción que hoy padecemos: malversación del dinero público, opacidad en las cuentas que lo fiscalizan, conversión en negro y uso y destinatario desconocidos, "Como alcalde vuestro, yo os aseguro que para pagar esto ni un céntimo ha salido de las arcas públicas, porque en las arcas jamás ha habido un céntimo".


lolita
Ángeles Moreno Gómez murió el pasado 16 de diciembre. Sus labios entonaron el periodo oscuro de la posguerra, con aquella coplilla que tronaba con sorna por las calles de Villar del Río, "¡Americanos, gordos y sanos, primos hermanos, os recibimos con alegría!". Lolita Sevilla, heterónimo por el que era conocida, interpretaba al personaje de Carmen Vargas. Ella pudo más que el propio Plan Marshall y la reprobación del actor norteamericano Edward G. Robinson, miembro del jurado de la sección oficial en Cannes, indignado por la secuencia en la que la bandera de su país desaparece por un sumidero. El presidente del jurado Jean Cocteau exclamó, "¡Cómo no vamos a amar a España después de ver esta película!" La voz clara y elegante de la cantante y actriz hispalense, encabezaba el pasacalles. Iba al encuentro de la ansiada visita que pasó como una exhalación, dejándo el polvo de la carretera sobre los compungidos rostros pueblerinos. Metáfora reactualizada de la ocurrida en Alcorcón sesenta años después. Lolita Sevilla se retiró de los escenarios en 1997. El deseo ferviente que siempre acompañó a esta mujer de origen humilde y precoz personalidad artística, formada en las academias del Maestro Realito y Adelita Domingo, fue que el público la reconociera por su propio estilo. Apenas transcurridos once días de este fallecimiento, la actriz Elvira Quintillá, que encarnara a la Señorita Eloísa en esta misma película -también cantante, faceta menos conocida y en la que no se prodigó, a pesar de su participación en zarzuelas y ganadora de un premio en el festival de la canción de Benidorm en 1960-, sigue la estela mortal de otros actores y realizadores que cierran una significativa etapa del cine español.

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