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La carta de Artur Mas a los Reyes Magos

Este niño llamado Artur parece no enterarse y sigue erre que erre con el sueño napoleónico
José García Pérez
domingo, 5 de enero de 2014, 12:40 h (CET)
Este honorable señor llamado Artur Mas es como un niño; lo imagino paseando por su despacho con las manos atrás y dictando una carta a su secretaria para hacer llegar a los “reyes” de cuarenta y cinco países sus deseos de que accedan a sus sueños de formar el Estado independiente de Cataluña, su feudo.

Teniendo en cuenta que, según Browning, “los niños usan de los puños hasta que alcanzan la edad en que pueden usar el cerebro”, podríamos estar de acuerdo en que a falta de la inteligencia suficiente es normal que siga creyendo que Angela Merkel y el resto de mandamases le puedan decir: “estamos contigo Arturito”.

Comienzan a surgir los primeros comentarios sobre posibles respuestas que va recibiendo de los mandamases de Francia y Alemania que, según sibilinas lenguas, le andan diciendo que lo que cree suyo, Cataluña, es cosa de esa nación llamada España y, por tanto, de sus Majestades, Gobierno y del pueblo soberano, el español, pero este niño llamado Artur parece no enterarse y sigue erre que erre con el sueño napoleónico e hitleriano de querer formar su propio imperio.

Son cosas de niños y como a tales hay que tratarlo; un servidor, maestro escuela de unitaria hace una tela de tiempo, se llevaba bien con aquellos alumnos del suburbio nazareno del Cerro Blanco pero, la verdad es la verdad, de tarde en tarde usaba mi voz grave y, con los ojos en blancos, intentaba, y lo conseguía, atemorizar a la mosca cojonera que me ponía el aula boca arriba; comprenderán ustedes que esto lo hacía en aquellos tiempos en que los padres veían al maestro como una autoridad y, en vez de denunciarlo, aconsejaban que no dudara si tenía que darle un pequeño coscorrón al hijo.

Este niño vestido de hombre, me refiero a Artur, se olvida de las tijeras usadas para recortar algún que otro bienestar de sus ciudadanos catalanes y, a veces, el fácil enriquecimiento de algunos de sus acólitos.

Va siendo hora de tratarlo como a un niño revoltoso que está enredando en demasía nuestro patio de vecinos con cartas que pueden entorpecer la cabalgata de los Reyes Magos. No digo que se le zurre, pero sí que le pongan los puntos sobre las íes y ayude a sacar a España del atolladero en que se encuentra, o sea, que se porte como un señor que ha alcanzado la mayoría de edad.
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