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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

Violencia religiosa

Octavi Pereña
Octavi Pereña
miércoles, 27 de septiembre de 2006, 23:10 h (CET)
Desde nuestra perspectiva occidental entendemos que sumitas y chiítas estén a degüello en Irak. También podemos entender que de vez en cuando una bomba estalle en un templo hindú. Igualmente asimilamos que en Irlanda del Norte un adolescente católico muera apaleado en manos de un grupo de jóvenes protestantes bribones. Encontramos excusas al hecho de que en el villorrio de San Nicolás, México, los católicos de la localidad hagan la vida imposible a los protestantes porque éstos se niegan a participar personalmente y con sus contribuciones económicas a las fiestas locales en honor de San Nicolás. Acontecimientos como estos nos recuerdan los días oscuros de la historia del cristianismo. Creíamos que habíamos alcanzado un alto nivel de civilización al que han contribuido las constituciones y estatutos tan progresistas de que están dotados los países modernos y las naciones sin estado. Los abusos mencionados nos muestran que todavía quedan en el ser humano una buena dosis de salvajismo que no pueden erradicar las legislaciones más modernas y progresistas.

Los dos ejemplos mencionados de violencia están vinculados con la religión. Es decir que la religión es la fuente de un buen número de acciones violentas que atentan contra la integridad física y económica de los agredidos. ¿Creíamos que la religión era pacificadora! ¿Qué los Forum de las Culturas servían para que las personas de religiosidad diversa pudieran entenderse! ¡Que se iniciaría un diálogo sincero que serviría para favorecer una convivencia más respetuosa fruto del intercambio de pareceres!

El problema de las relaciones entre religiones no lo resuelven asambleas municipales como ocurre en Lleida, ni con instituciones internacionales como el Forum de las Culturas , ni con declaraciones oficiales que a la hora de la verdad no tienen más valor que el papel mojado. La solución no se encuentra en que los practicantes de las religiones minoritarias ejerzan su fe “con discreción”como se dice que lo hacen los judíos en Irán, para no exasperar a la mayoría musulmana que los envuelve. Cada creyente tiene que poder practicar su religión con plena libertad y en las mismas condiciones con que lo hacen los creyentes de las religiones mayoritarias, sin temor de que algún exaltado le maltrate por la calle o que un grupo extremista ponga una bomba en el lugar de culto, tampoco verse expuesto a oír los gritos vecinales que no quieren que en el barrio se abra un lugar de culto, a no ser que lar reuniones de culto ocasionen verdaderas molestias al vecindario, contraviniendo las normas municipales que pretenden que no se moleste al vecindario con ruidos estresantes ni aglomeraciones callejeras que pueden perturbar el orden.

La buena convivencia entre religiones es una cuestión de la naturaleza humana y, tal como es ésta, se hace difícil, por no decir imposible, que la convivencia ente ellas sea buena y ejemplar. No se puede esperar que de una naturaleza humana dada a las revalides, sectarismos, envidias y cosas semejantes haga posible que las diferencias religiosas puedan convivir en perfecta paz dentro de un mismo saco.

El agua y el aceite cuando de se les revuelve da la sensación de que están íntimamente unidos. Tan pronto como la fuerza centrífuga que produce esta apariencia deja de ejercer su poder, lo que daba la sensación de estar íntimamente unido se separa. Con las religiones ocurre algo parecido. Fuerzas externas consiguen que lo que no puede ir junto de la impresión de convivencia harmónica. Tan pronto desaparecen dichas fuerzas externas que lo son leyes y su cumplimiento, se descubre que la convivencia fraternal no era más que un espejismo.

El deber de los gobiernos es de mantener la paz social y, por lo tanto hacer los imposibles para conseguir la paz religiosa. A pesar de ello, no nos debe extrañar que incidentes como los relatados al principio de este escrito se reproduzcan de vez en cuando y acaparen la atención de los medios de comunicación. Ahora bien , lo que es absolutamente reprochable como cristianos es que se den casos como el del joven católico muerto apaleado por un grupo de protestantes exaltados y que los católicos mexicanos molesten a los protestantes que quieren practicar su fe bajo la dirección de las instrucciones bíblicas porque consideran que la Biblia es su autoridad suprema en cuestiones de fe. El hecho de que sean inadmisibles estos comportamientos se debe a que en el centro de la fe cristiana se halla la ley del amor de Dios que ha de ser el distintivo de quienes profesen ser seguidores de Jesús, modelo supremo de amor que debe manifestarse en quienes afirman ser sus seguidores.

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