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La leyenda de los Reyes Magos

La adoración de los Reyes Magos encarna el hecho más singular acaecido en la vida privada de Jesús
Manuel Senra
sábado, 4 de enero de 2014, 15:10 h (CET)
La adoración de los Reyes Magos encarna el hecho más singular acaecido en la vida privada de Jesús. No solo por su grandiosidad, sino por el impacto que entraña en los pequeños.

Diríase que es un hecho insólito para nuestra inteligencia que en un rinconcito tan pequeño como Belén de Judá, flotara ya en la memoria de santos y sabios mucho antes de que naciera Jesús. ¿Significaba eso que estaba ya presente que el nacimiento de Jesucristo flotaba en los corazones de aquellos hombres?.

Pues bien: del legendario Egipto, de la vieja y monumental Grecia, de la semisalvaje India procedían los predestinados. Europa, Asía y África, es decir, del mundo conocido hasta entonces estaba representado por tres extraordinarios embajadores llamados Gaspar, Melchor y Baltasar. Es verdad que Dios hubiera podido elegir a muchos más emisarios, pero eso hubiese hecho del todo imposible la presencia de tanta gente en un pueblecito tan pequeño como Belén.

Gaspar había nacido en Grecia. Hijo de Cleantes, el ateniense, donde gozaba de gran prestigio. Inició su viaje embarcando en las costas griegas y, tras mucho navegar llegó finalmente a Antioquía. Y tras cruzar Emesa y Bostra, llegó a Damasco; haciendo el resto del viaje a través del desierto.

Melchor era hindú. Había nacido en las entrañas de la misteriosa y exótica India. No se pude decir que el camino que recorriera fuera de rosas, ni más fácil que el de sus compañeros. Pues hasta encontrarse con estos, pasó por Kabul, Yezh, Labul, Ispahan y Bagdad.

El tercer rey, Baltasar, procedía de Alejandría. Era príncipe y sacerdote egipcio. Este último rey completaba la hermosa trilogía de los Reyes Magos. Y aunque seguramente fuese el que más cerca estaba de Belén, tuvo no obstante que atravesar Suez, Kufilewh, Ammón, Moab, etcétera.

Tras largos días de difícil caminar, se encontraron al fin en un punto del desierto, donde instalaron tiendas de campaña, comieron y conversaron. Y pese a que hablaban lenguas distintas, el milagro de Dios quiso que se entendieran como si dialogasen con sus propios hermanos. Cada uno de ellos hizo un poco de historia, a modo de presentación. Melchor versó sobre el Ramayana y el Mhabarata, libros que, como todos sabemos, simbolizan la literatura antigua de la India. Recordó también los Grandes Snastras, que eran los libros de órdenes sagradas, y recitó pasajes del Up-Amgas.

Gaspar habló de temas relacionados con la antigüedad de su pueblo, de los grandes forjadores de su historia.

Baltasar enumeró algunos de los dioses que adoraban en su país: Ras, Isis, Phat…

Los temas de política internacional que aquellos hombres trataron eran puramente de paz: Paz y amor; amor y poesía. Del más rico manjar que se puede comer.
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