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Etiquetas:   El espectador   -   Sección:   Opinión

De la Vega, ¿una cascarrabias?

Jorge Hernández

miércoles, 27 de septiembre de 2006, 23:10 h (CET)
Me dicen y me cuentan que la vicepresidenta del Gobierno María Teresa Fernández de la Vega es una señora de lo más elegante en el trato y exquisita en las formas en cualquier acto al que asiste. Y lo cierto es que no me cabe duda de que estamos ante una verdadera señora con gran gusto en el vestir y con maneras que recuerdan a muy determinadas élites de la más alta alcurnia.

Ahora bien, a la luz de sus últimas intervenciones políticas, tengo la sensación de que le pierden algunos modales particularmente en lo que se refiere al trato (o maltrato) de la oposición. A uno, que aunque agnóstico convencido, estudió en colegio de Jesuitas, le enseñaron que quien recibe críticas y se enfada por ellas, demuestra que las tiene muy bien recibidas. Y mucho me temo que a la vicepresidenta le ocurre algo de esto. Más que nada porque no puede ser que una timorata exposición desde la bancada popular en el Congreso, le excite hasta el punto de que cualquier símil felino le vaya como anillo al dedo a la que fuera acertadamente bautizada como ministra 'De la Vogue'. Yo estoy convencido de que ella en realidad no es así, es decir que de lo que hablamos es de puro teatro. Es decir, que ese genio irrefrenable del que hace gala ante las cámaras, que por cierto la asemeja a cualquier abuelo cascarrabias, es en el fondo una sobreactuación para intentar anular los argumentos del contrario.

Lo peor de la película es que a ella le ha tocado el papel de mala malísima. No sé a ustedes pero a mí se me parece muchísimo a ese fantástico personaje que se llamaba Cruella Deville que maltrataba sin pudor a los pobrecitos dálmatas en aquella sobrecogedora película de Disney. Y mira por dónde, hace de mala en el gran teatro de la política porque Zapatero la utiliza de escudo cuando le vienen mal dadas, y lo más preocupante es que la mayoría de las veces le sale mal, porque esa altanería, ese tono forzado en la pronunciación de las palabras (y de las ideas), acaba siendo desastroso para ella, y para la imagen de un gobierno que se desgasta más cada día.

Pero eso no es lo que más me molesta, a mí, lo reconozco, lo que me exaspera, me saca de mis casillas y me enerva hasta los límites del agotamiento nervioso son esos aires de superioridad moral sobre la oposición. El ejemplo más claro lo tuvimos hace días cuando, contestando a Eduardo Zaplana en las Cortes gritaba y gemía escandalizada como cuando aquellas viejas maestras de escuela abroncaban a sus alumnos por sus fechorías.

Si supiera que me lee, le recomendaría que se calmase y, sobre todo, que abandonara esa arrogancia insolente que, a muchos como a mí, nos saca a diario de nuestras casillas. Qué falta de paz y de sosiego...

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