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Etiquetas:   Columna humo   -   Sección:   Opinión

Zoilo

Cuando la noche se ha hecho y las calles se vacían ante el impulso del hielo, nosotros recorremos la hojarasca que cubre nuestro barrio y despedimos el día repasando lo acontecido y preparando respuestas para los retos del día siguiente
Pedro de Hoyos
@pedrodehoyos
martes, 31 de diciembre de 2013, 08:06 h (CET)
Llueve navidad sobre Palencia y el vendaval barre la ciudad, Zoilo viene a mí y pone su cabeza en mis rodillas. No hace un año que llegó y es todo cariño y dulzura. Me mira, espera y pregunta. Si satisfago sus dudas sale contento y con la cabeza alta. Si no, permanece inquisitivo hasta que una caricia y unas palabras distraen su atención. No, no puede sustituir a Fermín pero no sabe que ésa era su labor. Simplemente es él y ya está.

Al amanecer sale dispuesto a comerse el mundo, pero le calman esos minutos de espera hasta que me visto como el invierno mesetario reclama. Ya en la calle ladra a la mañana y aspira cuanto trae el aire. Visita árboles y farolas y continua nervioso hasta que recorremos el parque. Si el día lo permite alargamos el camino para saludar a viejos conocidos, se huelen, se abrazan y se ladran: tarea hecha.

Le distraen los documentales y se sabe todos los secretos del Serengueti y del Masai-Mara. Conoce la época de migraciones y cuántos cachorros hay en cada camada de leones. Cuando los cocodrilos se ponen a la faena, me pregunta desconcertado si no pienso hacer nada; de pronto da un salto y sin pedir permiso viene a mi halda, vuelve la cabeza y deja los acontecimientos pasar. Esconde el hocico bajo mi brazo y le acaricio para calmarlo, pasan unos minutos y ronca furiosamente, si le despierto levanta una ceja y me dice que le deje en paz.

A veces viene conmigo a escribir, pero le aburre la inactividad, recorre la estancia buscando entretenimiento y me da en la rodilla, dejo el teclado y nos peleamos en broma. Nos miramos profundamente a los ojos y nos retamos como si fuésemos rivales ante una presa. Le persigo y me persigue, no claudica, gruñe y me provoca. Cansados, nos tumbamos en la alfombra uno al lado del otro y dejamos que Pachelbel, por ejemplo, nos relaje.

Finalmente llega el mejor momento, mientras en la tele las series americanas descerrajan tiros o mientras las groseras comedietas españolas perpetran su cotidiano asalto a la inteligencia, él y yo nos vamos a respirar Palencia. Cuando la noche se ha hecho y las calles se vacían ante el impulso del hielo, nosotros recorremos la hojarasca que cubre nuestro barrio y despedimos el día repasando lo acontecido y preparando respuestas para los retos del día siguiente. Al llegar espera junto a su puerta a que me despoje del invierno, lloriquea y me mete prisa. Sé que antes de llegar yo a mi habitación él ya está dormido y satisfecho.

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