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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

Verdad y mentira

La verdad y la mentira son dos aspectos éticos incompatibles entre si. Como la luz y las tinieblas no pueden caminar juntos
Octavi Pereña
martes, 31 de diciembre de 2013, 07:59 h (CET)
“La supresión de las categorías morales”, escribió Juan Manuel de Prada, “nunca es inocua, aunque nuestra época proclama ufana lo contrario”. Más claro el agua. Toda la filosofía moral que se condensa en la conocida Ley de Dios, los Diez Mandamientos, que no se pueden transgredir sin que ocasiones graves consecuencias. La Biblia habla del endurecimiento de corazón que se produce cuando el ser humano se desmarca de Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, con el resultado de que sus mandamientos dados para la felicidad del ser humano se olvidan, tomando cuerpo la corrupción moral que de Prada denuncia en su escrito Lo bueno y lo malo.

Cuando el ser humano abandona a Dios se alteran los principios morales que le producen felicidad. Por este motivo los profetas denunciaban que los israelitas al bien le llamasen mal y al mal, bien. La alteración de los factores morales siempre conducen a la destrucción individual y colectiva. El salmista, dándose cuenta de la gravedad de haber abandonado su pueblo a Dios, denuncia con palabras muy duras este hecho: “Se apartaron los impíos desde la matriz, se descarriaron hablando mentira desde que nacieron” (Salmo 58.3). El diccionario define así mentira: “Aversión hecha con pleno conocimiento contra la verdad”. Nos puede parecer exagerada esta definición. Si damos como válida la enseñanza bíblica de que el ser humano debido al pecado de Adán es engendrado en pecado no nos debería parecer extraño de que los hijos de Adán a los que el salmista lama malvados, desde el seno materno, hablen mentira. Esta afirmación la considero válida porque lo dice la Biblia. Desconozco si existe alguna manera científica de verificarla. Tanto si se encuentra como no doy por bueno el punto de vista del salmista. Lo que sí está comprobado es que los niños desde muy temprana edad desean eludir la responsabilidad de sus actos con la mentira descargando sobre cabeza ajena sus responsabilidades. A medida que van creciendo aplican este comportamiento según la experiencia adquirida.

Juan Manuel de Prada en el escrito mencionado hace referencia al adulterio y como evoluciona esta infracción de la Ley de Dios de ser reconocida como un acto moralmente reprobable, castigado por infringir un daño al cónyuge engañado a dejar de ser delito. Ser socialmente aceptado sólo ha sido cuestión de tiempo. Al mal se lo considera un bien. El ser humano miente por interés. Este comportamiento perfectamente puede aplicarse a toda la Ley de Dios. Como para muchos Dios ha muerto no se le tiene en cuenta en la vida diaria. A lo que es malo se dice que es bueno. Así se justifica el comportamiento moral reprobable. La conciencia por más endurecida que esté siempre le queda un mínimo de clarividencia, cosa que a inquieta y no la deja estar tranquila. Un mar embravecido se despierta en el alma. Para intentar evitar el desasosiego se pretende hacerlo escondiendo la cabeza bajo el ala. El cáncer sigue activo y se expande velozmente haciendo insoportable la vida. Esta situación ayuda a entender la causa del consumo de drogas legales e ilegales. Se pretende curar la enfermedad espiritual con química natural o artificial. El resultado es negativo. El cáncer sigue expandiéndose sin desfallecer. El dolor moral se hace más insoportable.

Para vencer a la mentira se debe conocer la Verdad que no es una filosofía o doctrina, sino una persona: Cristo, que afirma ser la Verdad. Cuando se conoce la auténtica Verdad la luz de Dios ilumina el corazón hecho que permite distinguir nítidamente la verdad y la mentira. Además se reciben las fuerzas necesarias para aceptar la verdad y abandonar la mentira. Más pronto o más tarde la mentira pasa factura. Entonces ya no sirven para nada las lamentaciones. Los adúlteros, a pesar de todas las excusas que han ido amontonando para justificar sus infidelidades no pueden eludir las consecuencias. El dolor moral y la vergüenza social están ahí para decirles que no es de recibo decir que está bien lo que está mal.

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