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Etiquetas:   Disyuntiva   -   Sección:   Opinión

¿Actitudes tolerantes?

Necesitamos hacer valer la dignidad personal
Rafael Pérez Ortolá
viernes, 27 de diciembre de 2013, 07:28 h (CET)
Lo escuchamos cada día y en relación con actitudes de muy distinta aplicación. ¡Hay que ser tolerantes! Por el contrario, a la intolerancia la vestimos con ropajes despectivos. Ahora bien, quizá no hayamos perdido ni un minuto en la consideración de los contenidos de dichas afirmaciones. Cuando hablamos de otras culturas, del vecino mismo, de creencias o de las opciones que uno toma en los quehaceres diarios, convendría perfilar estos CONCEPTOS. El riesgo de no tenerlos en cuenta, vibra en los ambientes que disfrutamos o padecemos, en una sucesión de sensaciones un tanto descontroladas; esa ausencia nos aboca a unas conductas, privadas del sentido propio, qué toleramos y qué dejamos de tolerar, y como consecuencia, privados de eso que llamamos dignidad.

La comprobación irrefutable es una prenda muy cara, apenas la tenemos al alcance en unos pocos casos y, todavía en estos, subsisten demasiadas conjeturas. Los hechos y las circunstancias cambian con celeridad. De ello deducimos el primer rincón de la tolerancia en torno a la OBJETIVIDAD; allí, la ciencia promueve las demostraciones, aunque expuestas a futuros descubrimientos, Representa la verdad momentánea de sus conceptos; esa es su principal virtud.

¿Deberemos respetar a quienes renuncien a esos datos objetivos? ¿En qué medida? Es una cuestión candente, con transfusiones, mutilaciones, vacunas, genética, medidas económicas, en el candelero. También hemos de prestar atención a su gran defecto, la pretensión dogmática tendente a imposiciones totalitarias, de negar validez a lo que no sea demostrable; para no dejarnos avasallar por sus abusos. Es un RETO complejo, ubicarnos entre las ventajas y defectos tiene su dificultad.

Por que, con esa excusa de la objetividad (Todavía quedaría pendiente la averiguación de su grado de certeza), suelen tratarnos como seres vivientes a secas, soslayando con descaro la noción de que somos a la vez seres pensantes. Como tales, las facetas inexplicables están pegadas a los sentimientos propios, las percibimos en todo momento, las hemos de afrontar y no podemos eludirlas. Nadie logra pasar de largo ante ellas (Existencia, muerte, emociones, intuiciones y tantos mecanismos como aún permanecen entre lo desconocido).

En esa línea, necesitamos hacer valer la DIGNIDAD personal, que sobrepasa los valores objetivos, puesto que ejerce su potencial con todos sus atributos, científicos…o simplemente, humanos. Las diferentes mentalidades piden un cauce apropiado para su desarrollo. Los dogmatismos que pretendan ahogar esa dignidad irrepetible no son tolerables, no son portadores de ninguna justificación en ese sentido. Los desajustes y los límites surgirán sin pedir permiso.

Si adquirimos conciencia de las confirmaciones científicas y respetamos la dignidad de cada sujeto, aclararemos de pasada muchos aspectos de la tolerancia. Sin perder de vista las limitaciones de las señales externas, auténticas puntas del iceberg. Que no muestran la gran cantidad de realidades subyacentes. Pero el reconocimiento de la complejidad, debe remitirnos al regreso de la SENCILLEZ de las conductas, sería suficiente con evitar el atropello de las dignidades ajenas. Los enredos no constituyen ninguna obligación, aunque pudiera parecerlo y lleguemos a presumir de razonamientos enrevesados. Acaban siendo monstruos razonados (Pasen y vean).

La sencillez citada parece reñida con las relaciones predominantes, el aguante, la fraternidad o la colaboración franca, están desaparecidas; o quién sabe dónde quedaron arrumbados. Sus perfiles son fantasmagóricos en la actualidad. Esa desaparición enlaza con la crudeza de la CRISPACIÓN, presencia ubicua en los polos activos de la sociedad. Las angustias promovidas en cada ciudadano constituyen el nuevo patrón de medida. Si bien, no hablamos de una tolerancia cero global; existe, y abundante, a nivel de la codicia y los egoísmos, de las poltronas y de ciertos sectores privilegiados. Ahí se tolera todo, pero evidentemente, no tratamos de esa condescendencia. La distorsión creada provoca el descentramiento de la convivencia.

El despliegue de los numerosos contactos (Gentes de otras culturas, de distintas formaciones profesionales, de maneras de pensar con perspectivas e intereses encontrados), aumentan su ritmo al socaire de los avances técnicos. Dicha aceleración también dificulta algunos contactos valiosos. En la práctica nos vemos abocados a dos posturas contrapuestas, centrados en la indiferencia o en la dialéctica. De una parte, la renuncia indigna a las características propias, en aras de una relación de mínimos entre seres INDIFERENCIADOS, forma un conglomerado de gente ajena a la valoración de sus atributos identitarios, dispuestos únicamente a las consideraciones superficiales y desarmados ante las posiciones adversas. Todavía resulta peor cuando, fieles a su escasa consistencia, adoptan la credulidad y el servilismos; su disponibilidad será total de cara a los manipuladores.

En contraposición, surge el interés por el conocimiento en primer lugar y su defensa posterior, de los buenos argumentos propios, forjados desde la genética, los precedentes familiares y comunitarios, junto a las experiencias particulares. Pero, los contactos favorecen la relación de diferentes cargas de personalidad, cuya compatibilidad ocasiona problemas. En este campo frondoso de las confluencias afines o discordantes, cobra prestancia la opción dinámica de la DIALÉCTICA; aprovecha las comunicaciones y facilita el recurso para el conocimiento mutuo. No elimina las dificultades, los subterfugios la ensombrecen y no siempre estamos dispuestos al esfuerzo personal requerido. La franqueza, el respeto y la disposición, conforman tres de sus pilares básicos.

Por lo tanto, nunca sabremos del todo donde radica la mejor determinación, no consiste en la atribución de la verdad a unos u otros. La participación dialéctica nos sitúa ante una realidad nueva y eso siempre nos inquieta, porque cuesta lo suyo esa cesión de la parte que nos corresponda de manera razonada. Pienso al fin, que no es muy afortunado el término de tolerancia. O bien tolera cosas que no aceptamos y lo hacemos por que no hay más remedio, o nos convierte en indiferentes, pasamos a no apreciar las principales cualidades constituyentes de las personas. Es imposible la reducción de la complejidad del conjunto humano a sólo unas normas.

Es posible que en todo esto radique el malentendido muy común de forzarnos a tolerar barbaridades (Legislativas, culturales, de mayorías y escasas de argumentación); o la intolerancia enfocada hacia cualquier aliento distanciado de nuestros puntos de vista. Ni la indiferencia ni las imposiciones remedian los desajustes. Será el PROYECTO emanado de la participación conjunta, el dispositivo adecuado para la distribución de los cauces requeridos por las actitudes discrepantes. Con la configuración de estructuras y normas siempre inacabadas, en disposición revisable permanente. Poco que ver con las tramas a las que damos blindajes férreos, muy alejadas de los planteamientos críticos. Tolerar, vendría a indicar una elaboración creativa, ilusionante y esforzada.
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Isael 29/dic/13    22:30 h.
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