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Opinión
Etiquetas:   Opiniones de un paisano  

Juan Carlos I, dios de España

El discurso del monarca se puede resumir con un consejos doy que para mí no tengo
Mario López
jueves, 26 de diciembre de 2013, 08:15 h (CET)
Con el discurso de Juan Carlos I de Borbón podríamos agotar el refranero español, y aún nos quedaríamos faltos de adagios. Por no cansar, podríamos empezar y concluir con este: consejos doy que para mí no tengo.

Cariacontecido, con el tono más plomizo que se pueda recordar desde el último mensaje navideño de Franco, este peculiar ciudadano al que los avatares de la vida le llevaron a ocupar el sacrosanto trono de la santa Transición, nos fue desgranando los tristes titulares de este año que acaba, con inusitado pudor, como si la cosa no fuera con él. Claro que, ¿qué otra cosa cabría esperar de un hombre que carece de poder político y es irresponsable ante la justicia? Es sorprendente que ni él mismo se haya referido nunca a su persona como el jefe del Estado español. Sí, habla machaconamente de la Corona, del rey de todos los españoles. Pero jamás se dice a sí mismo jefe de Estado. Probablemente porque no lo es. Porque ni existe, ni jamás existió ni existirá un jefe de Estado sin poder político ni responsabilidad legal. Vamos, ni Hans Christian Andersen ni Lewis Carroll fueron capaces de imaginar un rey tan incompetente e irresponsable como Juan Carlos.

El caso es que en la corte de tan surrealista personaje se formaron las mayores bandas de delincuentes de cuello blanco jamás conocidas por estos pagos. Da lo mismo, él nunca tuvo nada que ver con aquello. Y es que Juan Carlos I de Borbón ni es rey ni jefe de Estado. Es, simplemente, dios. O el Paráclito, vaya usted a saber. Su inspiración divina hace que los ricos se empoderen de la economía y la soberanía política del país, a través de enjundiosos negocios. Y comparece por navidad, una vez al año, para dar buenos consejos al rebaño y repartir palmaditas en los hombros de ancianos y trabajadores que se dejan la piel por dar de comer un par de garbanzos a su prole.

En fin, que lo que un demócrata desea no es un dios sino un jefe de Estado normal y corriente. Cosa que, hoy por hoy, parece imposible en este país llamado España.
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