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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

La táctica de la izquierda: no dejar gobernar

A los socialistas no les cabe en la cabeza que pueda existir otro partido que gobierne en España que no sean ellos
Miguel Massanet
martes, 24 de diciembre de 2013, 08:36 h (CET)
Hay algunos sectores de nuestra sociedad que tienen un curioso concepto de lo que es la democracia en un país. Por ejemplo, para el señor Rubalcaba y los socialistas, no les cabe en la cabeza que pueda existir otro partido que gobierne en España que no sean ellos. Resulta divertido, si no patético, ver como critican cualquier ley que pueda salir del Parlamento, en el que la mayoría la tiene el PP. Automáticamente se la juzga, no con el respeto de haber sido promulgada en virtud del mandato que, una mayoría absoluta, le otorgó al señor Rajoy y su partido, para que intentase enmendar los gravísimos errores que cometió el señor Rodríguez Zapatero y su ejecutivo –en el que, no nos olvidemos, figuraba como figura principal el mismo Pérez Rubalcaba, este señor que ahora quiere dar lecciones de cómo se ha de dirigir el país, de qué leyes y con qué contenido quiere que se promulguen y cual ha de ser la ética y moral del Gobierno del PP que, gracias a Dios y a la mayoría parlamentaria, nada tiene que ver con aquellas que defendían la señora Aído( hoy muellemente acomodada en un bien retribuido cargo en la ONU) y su compañera de equipo, la inefable Leire Pajín – durante las casi dos legislaturas que lograron mantenerse en el poder pese a la nefasta labor de gobierno que llevaron a cabo.

No debemos dejar de recordar en qué situación se encontraba nuestra nación cuando los socialistas perdieron las legislativas el 20N del año 2011. Los entrantes, con todos sus errores, miedos, tics y algunas desafortunadas actitudes respecto a los nacionalismos; lo cierto es que han sabido enfrentarse a toda un izquierda en pie de guerra que, al unísono, ha decidido hacerle la vida imposible al gobierno del PP, organizando una verdadera campaña de acoso y derribo en la que no han sabido distinguir aquellas medidas que no tenían más remedio que aplicar para contentar a Bruselas y conseguir que los inversores recuperaran la fe en la solvencia de España, de aquellas otras, también necesarias, que el Ejecutivo ha tenido que poner en marcha, precisamente para intentar poner orden en determinados sectores que, los socialistas, habían convertido en verdaderos refugios en los que enchufar a toda una pléyade de amiguetes y miembros del partido; verdaderos hormigueros de ineficacia, incompetencia y derroche, de difícil sino imposible sostenibilidad, condenados a fracasar si no se pasaba con urgencia la tijera, para atajar tal estropicio.

Las reglas de un país democrático están claras: el pueblo elije cada 4 años a quienes le van a representar al frente del Gobierno, esperando que sean capaces de conducir a la nación por el mejor derrotero posible. Al gobierno entrante, y máxime si ha conseguido un mayoría absoluta, le compete aplicar las medidas que fueren precisas para enderezar el rumbo de la nación, aunque esto signifique ir en contra de políticas practicadas por el anterior gobernante. A la oposición le cabe la misión de vigilar que el Gobierno, legalmente constituido, no incurra en errores, no cometa actos que atenten a la Constitución y no invada los poderes de los dos pilares restantes de la democracia: el legislativo y el judicial. Sin embargo, la oposición también tiene la obligación ética y moral de apoyar aquellas medidas que son necesarios para el bien de la mayoría de la ciudadanía aunque, en algunas ocasiones, puedan resultar incómodas, poco populares y limitativas de algunos derechos que, por las circunstancias del momento, no se pueden mantener aunque ello comporte perjuicios económicos o de otro tipo para los afectados.

Es evidente que, como ocurrió cuando se firmó el Pacto del Tinell, por el que se acordó asfixiar al PP durante las dos legislaturas en la que los socialistas gobernaron, condenándole al silencio y cortando de raíz todas sus propuestas e iniciativas en las Cortes; aunque, muchas de ellas, de ser atendidas, hubieran evitado que nuestra nación llegara al grado de depauperación en el que la dejaron los dos gobiernos de Rodríguez Zapatero. Las fuerzas políticas que se conchabaron para anular a la derecha, son las mismas que ahora siguen haciéndolo desde la oposición, de modo que, a pesar de su fracaso cuando gobernaron o apoyaron a los que gobernaban en contra del PP han seguido en su obsesión en contra de la derecha. Los resultados de esta política de acoso y derribo al actual Gobierno hacen que, cualquier iniciativa del Ejecutivo, que no se ajuste a los parámetros de la izquierda más totalitaria, sea interpretada como un “ataque” a los derechos de los individuos tal y como ha ocurrido en el reciente caso de la modificación de la Ley del Aborto.

Si cuando se modificó la ley de 1985, para adaptarla al concepto laico, insano, contra natura y absurdo de considerar al nasciturus como algo de lo que se podía prescindir cuando se quisiera o, como se atrevió a decir la niñata socialista, Bibiana Aído, “no es un ser humano”; todos los que opinábamos en contra de aquella ley criminal que permitía que, sólo en España, cada año se sacrificaran más de 100.000 fetos; justificando tal masacre en un supuesto “derecho sobre su cuerpo de la mujer”, nos tuvimos que tragar el sapo y lo único que se hizo, ante tamaña barbaridad y falta de sentido común, fue formular un recurso ante el TC ( recurso que parece que se ha quedado en algún rincón ignoto de aquel edificio, durmiendo el sueño de los justos o sea, el de los miles y millones de fetos inermes asesinados que, la tardanza en decidir de los señores magistrados de dicha entidad, han permitido que se hayan cometido por no fallar con más premura sobre el tema).

Ahora, no obstante, que el gobierno del PP, apoyado mayoritariamente y, por cierto, con más tardanza de la deseado, se ha decidido a mejorar aquella Ley para impedir que, como ocurría con la anterior, fuera un coladero por el que cualquier mujer que quisiera librarse de su hijo lo pudiera hacer con completa impunidad, no sólo en cuanto a su propia responsabilidad por tal hecho, sino que los que contribuían al infanticidio también se salían de rositas por su colaboración en la matanza; toda la izquierda en bloque se ha levantado contra la nueva ley, esgrimiendo el absurdo argumento de que el derecho de la mujer sobre su cuerpo permite matar en cualquier momento de su embarazo al niño que, vean ustedes el contrasentido, un segundo después de haber nacido ya está protegido por la Constitución como ser vivo, y cualquier atentado que se cometiera contra él sería tachado de infanticidio, con la agravante de que es su misma madre el que lo comete.

El que salgan a las calles en varias ciudades unos centenares, miles o cientos de miles de personas protestando, no tiene nada que ver con lo que sea la opinión de la mayoría de las mujeres del país. En primer lugar, porque los que más protestan son los médicos, ayudantes sanitarios y clínicas que se hinchan de ganar dinero matando bebés; en segundo lugar, porque en las protestas siempre están los mismo progresistas, hombres y mujeres, antisistema a los que cualquier excusa les vale con tal de atacar el orden constituido; en tercer lugar, porque aquellos que defienden que el embarazo atenta contra la salud de las mujeres, no tienen ni idea de lo que están diciendo cuando, desde que el mundo es mundo, las hembras de todas las especies vienen pariendo, incluso, vean ustedes que lástima, a aquellas que ahora lo consideran como una carga insoportable para las mujeres. Lo que es preciso es que se las informe debidamente, se les den salidas para dar en adopción al fruto de sus vientres y se las ayude para que puedan criarlo con todos los medios precisos para que reciba los cuidados precisos a los que tiene derecho, como un nuevo miembro de la Sociedad.

Cada formación política está avalada por los votos y, cuando consigue los suficientes, tiene derecho a aplicar aquellas leyes, constitucionales, que lleve en su programa de gobierno. O así es como, señores, lo valoro yo.

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