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Etiquetas:   Copo  

La suerte de compartir

Bienaventurados los afortunados porque de ellos será, durante un tiempo, una parte de la felicidad
José García Pérez
martes, 24 de diciembre de 2013, 08:32 h (CET)
Un bombo dando vueltas con 100.000 bolitas numeradas en su interior y que se extraiga el número que lleva uno, y además con otro bombo con las bolitas de los premios y que coincida con nuestro décimo es pura suerte o azar; pero bueno, la gran mayoría de los españoles confía en que es potrosa y se juega sus euros, cada uno según sus posibilidades, para ver si su número es el agraciado.

Pasado el primer soponcio nos fijamos en las tres cifras finales, después en las dos últimas y por fin en la terminación a secas, en este caso en el número 6; finalizado el sorteo -donde el que más se embolsa es papá Estado- comenzamos a rastrear en la asquerosa pedrea, pero nada de nada sino que a lo más te pueden devolver una participación de dos euros de una Cofradía por la que has pagado tres machacantes, y como tienes que trasladarte al Santo Entierro para realizar la cobranza, lo dejas y punto.

Bienaventurados los afortunados porque de ellos será durante un tiempo una parte de lo que llamamos felicidad; y más bienaventurados los que lo cuentan y transmiten su alegría, y algo, si no somos envidiosos, nos alegramos; porque los hay que trincan y no dicen nada, bien por no repartir entre familiares o bien por miedo a no sé qué; estos últimos no son felices porque no comparten su alegría.

Y es que el quid de la cuestión es compartir sea bueno o malo, alegre o triste, con el otro; todo el que no comparte es un auténtico pobretón de mucho cuidado, pues quedarte sin hacerte uno con el otro -se supone que todo lo que voy escribiendo es aplicable al llamado género “débil- es vivir en la desgracia.

Hoy he recibido un mensaje privado de una buena amiga en el que me cuenta luces y sombras de su vida, y un servidor le ha contestado lo que ha podido que, más o menos, ha sido intentar transmitirle ánimo al tiempo que la he hecho partícipe de mis sombras y luces; y saben lo que les digo, pues que creo que nos conocemos algo mejor y que, un poquito para acá y otro poquito para allá, nos queremos algo más.

Que no otra cosa es la vida sino convivir, a saber: “vivir con” el otro u otra; lo demás sería conformar un archipiélago inmenso de islas, de seres aislados, extraños que no desean que nadie les estropee o alegre el día.

A mi amiga y a un servidor nos ha tocado hoy el gordo sin necesidad de jugar a la lotería.

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