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Una cuenta atrás

Pascual Falces
Pascual Falces
miércoles, 27 de septiembre de 2006, 01:06 h (CET)
Desde el pasado catorce de agosto, y con la progresiva llegada de fuerzas de interposición proporcionadas por la ONU, al amparo de la Resolución 1701, la frontera entre Israel y Líbano, parece apaciguada. Parece, porque en realidad es un conflicto interrumpido, pero, inconcluso, aplazado. A juzgar por las manifestaciones del líder de Hizbulá, da la impresión de asemejarse el silencio actual en la zona, al mecanismo de cuerda o electrónico, de un despertador que tiene señalada una hora precisa para que suene y nos despierte. Después, con mejor o peor gana, se recupera la hora de vigilia una vez interrumpido el sueño por el siempre molesto timbre o zumbido del artilugio de la mesilla de noche.

Para Hasan Nasrala, líder espiritual y jefe político de Hizbulá, el “alto el fuego” (no el “alto al fuego” del ínclito Pepiño), no fue tal. Lo que motivó esas manifestaciones, fue el acto organizado con motivo del “Festival de la Victoria” convocado en los barrios del sur de Beirut. Y, ¿por qué no lo celebraron -se pregunta cualquier observador común, es decir, de los que forman la comunidad-, limpiando cascotes para reconstruir su barrio, como hicieron, p.e. los habitantes de Colonia que quedaron útiles para rehacer su Catedral de los bombardeos anglosajones? Pero, esta gente, es evidente que aunque seres humanos como todos, son algo especiales.

De inmediato saltaron en los medios quienes se preguntaron: ¿Qué clase de festival celebra un hombre que ha permanecido escondido en un bunker, desde el día de la “victoria” hasta momentos antes del acto conmemorativo? Todo el mundo sabe que el ojo de Israel es muy preciso, no sólo para detectar enemigos, sino para exterminarlos. Salió de su escondrijo, y subió al estrado portando en una mano, figuradamente, veinte mil cohetes más que le deben quedar aún de cuantos hizo llegar hasta las castigadas poblaciones del Norte de Israel. Cohetes sirios de los que, por elemental estrategia, no dijo también, a qué hora estaban programados para su lanzamiento.

Hizo alarde de que los combatientes islamistas, iluminados por sus clérigos, son ahora más fuertes que cuando este verano estalló el conflicto. Puede ser que, en efecto, hayan sobrevivido a los ataques del poderoso ejército israelí, pero se ha de tener en cuenta –ellos deberían tenerlo-, que sobre sus espaldas pesa la acusación de haberse defendido, o lanzado sus ataques, con el atrincheramiento en estructuras civiles, tales como hospitales o escuelas. Visto desde Occidente, resulta cobarde al máximo tal camuflaje, más, desde su punto de vista, en donde la inmolación es puerta de entrada al paraíso, la cosa cambia diametralmente.

Los participantes en este “festival” eran tan multitudinarios como los seguidores de López Obrador en la plaza Mayor y calles adyacentes, de México DF, cuando le eligieron a mano alzada “Presidente legítimo”. Y de paso; la necesidad cada vez mayor de las “comillas” para relatar lo que se observa en algunos rincones del mundo actual, necesitará dedicar, más adelante, una columna exclusivamente al análisis del porqué este signo de puntuación resulta tan necesario, hoy día, que hace insuficientes sus reglas de uso gramatical.

Un país con escasos cuatro millones de habitantes, en que se logra reunir una multitud millonaria, significa, que “medio Líbano” ha respondido a la convocatoria. Detalle a tener presente cuando llegue –ojalá que no llegase- la hora, y suene el despertador. La guerra de este verano, no fue una disputa fronteriza, una cuestión de límites; “medio Líbano” estaba en uno de los frentes.

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