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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

Soberanía popular

La prosperidad de los pueblos no radica en que sus gobernantes proporcionen a los ciudadanos lo que les pidan sino lo que los hará justos. La justicia engrandece a las naciones
Octavi Pereña
lunes, 23 de diciembre de 2013, 09:31 h (CET)
Existe un texto bíblico que como todos ellos cuando se les saca de su contexto se les hace decir lo que se quiera. El conocido eslogan: Francisco Franco caudillo de España por la gracia de Dios está fundamentado en este texto bíblico que se encuentra en Romanos 13:1 que dice: “Sométase toda persona a las autoridades superiores, porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas”. El apóstol Pablo, autor del texto, lo escribe en un momento histórico que no se caracterizaba precisamente por la bondad de los emperadores romanos. Los cristianos, ante la negativa de no querer aceptar la divinidad de los emperadores fueron cruelmente perseguidos. Así y todo al apóstol no le importa reconocer que tales perversos gobernantes estaban puestos por Dios en el trono.

Antes de que Israel se constituyese en una nación estable dotada de estructuras de estado, cuando todavía vagaba por el desierto, el Dios que lo había sacado de la esclavitud egipcia con mano poderosa, por boca de Moisés le dice: “Cuando entres en la tierra que el Señor tu Dios te da y digas: Pondré un rey sobre mí, como todas las naciones que están a mi alrededor…Ciertamente pondrás un rey sobre ti al que el Señor tu Dios escoja…Y cuando se siente sobre el trono, de su reino, entonces escribirá para sí en un libro una copia de esta ley, del original que está al cuidado de los sacerdotes levitas, y lo tendrá consigo, y leerá en él todos los días de su vida, para que aprenda a temer al Señor su Dios, para guardar todas las palabras de esta ley y estos estatutos para ponerlos por obra, para que no se eleve su corazón sobre sus hermanos, ni se aparte del mandamiento a diestra ni a siniestra, a fin que prolongue sus días en su reino, él y sus hijos, en medio de Israel” (Deuteronomio 17: 14-2). El rey que se tenía que elegir llegado el momento tenía que reunir unas características muy peculiares: Tenía que ser un hombre que amase a Dios y a su Palabra para que su reinado reflejase la santidad y la justicia de Dios que le había otorgado la autoridad.

Pasan los años e Israel se va consolidando como nación. Gobernaba el profeta Samuel. Todos los ancianos de Israel se reunieron para entrevistarse con Samuel para decirle: “Constitúyenos ahora un rey que nos juzgue como tienen todas las naciones” (1 Samuel 8:5). A Samuel no le gustó la petición y buscó en oración a Dios para pedirle consejo al respecto de la petición del pueblo. “El Señor le dijo a Samuel: Oye la voz del pueblo en todo lo que te digan, porque no te han desechado a ti, sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos” (v.7). Samuel siguiendo las instrucciones divinas escoge y unge rey a Saúl, que resultó ser un monarca nefasto porque juzgó a Israel de la manera como lo hacínalas naciones vecinas: con despotismo.

Si uno lee con un poco de atención el Antiguo Testamento se dará cuenta de que Dios pone reyes y los depone debido a su impiedad y crueldad. Cuando en un sentido acusador se cita: “Porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas”, se debe tener en cuenta el contexto bíblico para no hacerle decir disparates al texto leído.

Recientemente el presidente del Gobierno español Mariano Rajoy ha dicho: “La soberanía de la Nación pertenece a todos los españoles”. Mariano Rajoy gobierna no porque haya sido elegido democráticamente. El resultado de las elecciones que le han otorgado la autoridad que dispone no ha sido el fruto de su campaña electoral, sino porque entre bastidores Dios dirige el sentir popular y como en el caso de Saúl, el pueblo que no quiere que le gobierne Dios, hace una elección que resulta ser nefasta para la nación que elige mal a sus gobernantes. Cuando Mariano Rajoy afirma: “La soberanía de la Nación pertenece a todos los españoles” está rehuyendo su responsabilidad que como gobernante tiene de sus decisiones políticas y justifica sus desaciertos políticos en la soberanía de todos los españoles, a los que por cierto, no los escucha cuando le piden explicaciones de lo que hace. A la hora de la verdad no escucha el clamor popular y, no sólo esto, sino que amenaza al “pueblo soberano” con una ley que castigará duramente a los manifestantes que protesten concentrándose ante edificios públicos. Al pueblo soberano no se le permite expresarse libremente.

Las democracias occidentales son decadentes y desacreditadas. A los gobiernos les da miedo el auge que adquieren los partidos de extrema derecha. No es casual el ímpetu que adquieren. Las democracias se sostienen a base de la justicia. La fuente de la justicia no se encuentra en el “pueblo soberano”, sino en Dios y cuando éste otorga a alguien la autoridad para gobernar y el elegido no lo tiene en cuenta y en vez de dejarse guiar por las instrucciones divinas y prefiere hacerlo según sus pensamientos torcidos el resultado es el desastre que sacude a las democracias que han perdido el encanto que Tocqueville (1805-1859) veía en la norteamericana. Los ciudadanos soberanos piden transparencia para hacer desaparecer la corrupción que impera en todas las esferas de la Administración que se intenta tapar con evasivas. La transparencia deseada no desaparecerá en tanto los ciudadanos voten a políticos por sus promesas electorales que no cumplirán y no por su fidelidad a Dios que los ha puesto en el cargo para “no para infundir temor al que hace el bien, sino al malo” (Romanos 13:3).

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