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Opinión
Etiquetas:   Carta al director  

Con el Papa

Juan Escribano Valero
Redacción
miércoles, 27 de septiembre de 2006, 23:10 h (CET)
La altura intelectual del discurso pronunciado por Su Santidad en Ratisbona es demasiado elevada para que pueda comprenderla en su total integridad mi pobre formación teológica. Por dos veces he leído con detenimiento su discurso y, todo lo que entiendo me lleva a expresar al Santo Padre mi gratitud por su valentía y, por que aun cuando sea un pecadillo, ha conseguido que me sienta orgulloso y feliz de estar en su redil.

Puedo, con esfuerzo, entender la irracional iracundia desatada por los fundamentalistas islámicos, pienso, que más que la cita que el Papa usó en su discurso, (que no representa su pensamiento) el denunciar que la violencia es incompatible con la religión y que ofende a Dios, el proclamar alto y claro que “Quien quiere llevar otra persona a la fe necesita capacidad de hablar bien y de razonar correctamente, y no recurrir a la violencia ni a las amenazas... Para convencer a un alma razonable no hay que recurrir a los músculos ni a instrumentos para golpear ni de ningún otro medio con el que se pueda amenazar a una persona de muerte” Estas y, otras palabras en las que afirma que la fe tiene que imponerse con la razón, no con la espada, es lo que les ha dolido a quienes proclaman la guerra santa, matan en nombre de Dios y, amenazan de muerte sin ningún reparo a quienes no piensan como ellos. Lo que no entiendo, es el fundamentalismo de silencio y cobardía del mundo occidental, menos mal que nuestro presidente ha defendido la postura del Papa, quizá los islamistas no se lo tengan en cuenta en atención a la kufiya Palestina que se puso al cuello cuando la guerra de Líbano, ¡gracias Presidente!

Quiero terminar recordando el llamamiento que en cierta ocasión Su Santidad hizo a todos los creyentes para que nos convirtiéramos en instrumentos de “... La venganza de Dios...” abrazándonos a la Cruz, que nos exige una actitud de solidaridad, tolerancia, respeto, generosidad, amor en suma al que piensa distinto y, en algún aspecto es diferente. Esta es, la venganza de Dios, ahogar el mal en abundancia de bien y este si creo yo que es el pensamiento del Santo Padre. ¡GRACIAS SANTIDAD!

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​Que me perdonen los deudos si al leer estas líneas se sienten heridos en su amor propio, porque esa no ha sido de ningún modo mi intención, pero no me negará el lector que una noticia semejante se merecía este u otro comentario

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