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Otro Almagro al servicio de otro imperio

Si Diego de Almagro fue uno de los primeros conquistadores europeos que llegó a la costa occidental de Sudamérica, Luis Almagro, el secretario general de la Organización de Estados Americanos, se ha convertido en un gran instrumento del imperio de Donald Trump
Isaac Bigio
domingo, 22 de diciembre de 2019, 10:18 h (CET)

A inicios del siglo XVI Diego de Almagro fue junto con Francisco Pizarro uno de los primeros españoles en recorrer la costa occidental sudamericana. Su trayectoria desde Colombia a Chile, pasando con la captura en Cajamarca en noviembre 1532 del inca Atahualpa, estuvo marcada por descomunales baños de sangre.


Él y su hijo, quien también llevó su mismo nombre completo, fueron co-responsables en la destrucción del Tahuantinsuyo, la mayor civilización nativa americana, en la muerte de la mayoría de sus 10 a 20 millones de habitantes, y en las carnicerías que continuaron con la guerra civil que su familia libró contra la de Pizarro.


Casi 500 años después que un Almagro arribó por primera vez a las Américas, alguien con su mismo apellido llegó a ser el canciller del Uruguay. Luis Almagro fue primero embajador uruguayo en la China “comunista” (2007-10) y luego el ministro de relaciones exteriores del presidente Pepe Mujica (quien antes pasó cárcel y tortura como guerrillero tupamaro) durante toda la gestión del 2010-15.


Luis Almagro reclamaba tener credenciales izquierdistas y antiimperialistas al ser militante del Frente Amplio que gobernó a su natal Uruguay en los últimos 15 años. De allí que muchos “progresistas” vieron con simpatía cuando él fue electo en el 2015 como el décimo secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA).


Sin embargo, ya desde sus inicios en ese nuevo puesto Pepe Mujica empezó a cuestionarlo, algo que también ha hecho el actual presidente uruguayo Tabaré Vásquez. Tras que Luis Almagro planteó la posibilidad de que EEUU y sus aliados realicen una intervención militar sobre Venezuela, el Frente Amplio unánimemente le expulsó.


Mientras quien pudo ser el primer Almagro en asentarse en Sudamérica fue un conquistador foráneo que sirvió al imperio de su madre patria, el único Almagro que ha llegado a comandar a la OEA se ha convertido en un instrumento de conquista de una potencia del norte, la cual también perjudica a su propia patria.


EL ÚLTIMO ALMAGRO

Cuando Luis Almagro llegó a ser nominado jefe de la OEA, una gran parte de los países al sur de EEUU tenían gobiernos que se consideran de izquierda o nacionalistas. En esa liga estaban los de Uruguay, Bolivia, Argentina, Brasil, Chile, Ecuador, Venezuela, Cuba, Nicaragua, El Salvador y de diversas naciones de las Antillas. Almagro aparecía como un socialista moderado quien podría evitar más confrontaciones entre la Alternativa Bolivariana de Nuestra América (ALBA) y la administración demócrata de Barack Obama.


Sin embargo, gradualmente Almagro fue siendo devorado por la propia potencia en cuyo territorio está a la OEA y a cuyo servicio ésta ha sido creada.


Mientras todo secretario general de las Naciones Unidas busca mantenerse distante de EEUU, Almagro es otro incondicional de quien esté en la Casa Blanca. A pesar de sus raíces izquierdistas y socialistas él se ha convertido en un peón de las administraciones más derechistas que hayan tenido EEUU, Brasil y muchas otras naciones americanas en este siglo.


Almagro se ha concentrado en mostrar violaciones a los derechos humanos en Nicaragua y, sobre todo, Venezuela. Ciertamente que él tiene muchas cosas que denunciar en esa materia en sus numerosos informes. No obstante, lo que llama la atención es que ese mismo celo no lo aplica ante gobiernos represores de derecha.


DERROCAR A LOS GOBIERNOS ZURDOS

La estrategia central de Trump para Latinoamérica ha sido echar a los gobiernos izquierdistas. En junio 2009 Washington impulsó un golpe parlamentario-militar que derrocó al presidente Manuel Zelaya (quien había hecho que Honduras se una al ALBA).


Tres junios después otro golpe congresal sacó del poder a Fernando Lugo, el primer presidente centroizquierdista del Paraguay. Y, cinco años después, el legislativo del mayor país latino depuso a Dilma Rousseff y al Partido de los Trabajadores del Brasil, el movimiento electoral de izquierda más grande que entonces había en el mundo.


Almagro no fue secretario general de la OEA durante los dos primeros golpes parlamentarios arriba mencionados, pero sí del tercero. Y él nunca denunció la maniobra tan antidemocrática para sacar del poder a la mujer más votada de la historia universal y poner en su lugar a su vicepresidente Michel Temer quien nunca llegó a tener siquiera el 10% de aprobación en las encuestas. Tampoco Almagro fue a denunciar la manera en la cual Lula da Silva fue apresado por un juez que pasaría a ser el superministro de justicia de Jair Bolsonaro, el cual impidió que él pudiese candidatear en las elecciones brasileñas del 2018, en las cuales –según todos los sondeos- él estaba seguro de ganar.


En el país que concentra a la mayor parte de la población y del territorio del continente sudamericano se impidió competir a quien tenía todas las de vencer. Eso produjo a que se logre imponer un nuevo presidente que está aún más a la derecha que Trump. No obstante, eso no es considerado por Almagro como un descomunal fraude.


Apenas Almagro llegó a la secretaria general de la OEA en Haití se dieron 3 controversiales elecciones presidenciales en un lapso de poco más de un año. En éstas terminó venciendo en noviembre 2016 el actual presidente Jovenal Moise, pese a que en dichos comicios el 82% de los ciudadanos no fueron a votar. Tanto esas elecciones como la actual gestión presidencial se han dado en medio de un clima de extrema violencia.


Almagro, por supuesto, nunca denuncia ese proceso, pues cuenta con el aval de Trump. Todo ello pese a que Haití es posiblemente el país donde hay más muerto por hambre y violencia callejera en relación a su población en todo el hemisferio.


En enero 2018 Juan Orlando Hernández inició su segundo mandato en Honduras en medio de serias acusaciones de haber violado la constitución y haber hecho fraude para ser reelecto, así como de grandes escándalos de corrupción.

Pero, como él lidera al partido nacional conservador, Trump y Almagro han buscado darle estabilidad en el poder.


Almagro tampoco ha salido a denunciar las gravísimas violaciones a los derechos humanos que Lenin Moreno y Sebastián Piñera, los presidentes de Ecuador y Chile, han hecho contra sus pueblos al declarar estados de emergencia y meter bala contra las protestas que generaron sus ajustes económicos.


ALMAGRO EN LONDRES

Almagro pasó por Londres invitado por el grupo parlamentario multipartidario para Venezuela. Él estuvo en la Casa del Senado en la noche del 5 de noviembre para hablar de cómo la “dictadura de Maduro” aplastaba los derechos humanos en Venezuela. Sin embargo, cuando pidió la palabra la periodista venezolana Carolina Graterol para contradecir los aspectos que enunció Almagro sobre su república, ella fue inmediatamente golpeada mientras estaba exponiendo su punto de vista. Graterol dijo que en su experiencia como filmadora de un documental en el Venezuela por 4 semanas en agosto del 2018 donde habló con todo el mundo, opositores y chavistas, y que, según ellas, las sanciones contra su nación son ilegales según articulo 19 y 20 del reglamento de la OEA y también de acuerdo al derecho internacional, mientras que el reporte que ella quería mencionar del Center for Economy and Policy Research habla de 40 mil muertos el año pasado producto de dichas sanciones.


Almagro, en vez de protestar contra ese incidente, avaló ese hecho y que la seguridad la sacase a ella. A la mujer que le propinaron moretones encima ni siquiera entregar su abrigo y cartera hasta que terminó el evento mientras que Graterol estuvo descubierta bajo el frío invernal en las afueras del recinto. Si uno está en contra del gobierno venezolano y le sindica a éste de ser una tiranía, debería en los hechos demostrar un ejemplo de tolerancia y respeto a todas las opiniones.


Todo esto llama mucho la atención pues se supone que el Reino Unido se caracteriza por tener la democracia más antigua del mundo y un respeto total a los derechos humanos. Si esto pasa en la Casa del Senado, en medio de un debate organizado por una comisión parlamentaria y bajo la veeduría del secretario general de la OEA, uno podría pensar que tipo de violaciones a los derechos humanos en la propia Latinoamérica no son tomados en cuenta por alguien quien ve la paja en el ojo ajeno pero no la viga en la suya o la de sus aliados.


SACAR A MADURO Y EVO

Cuando el 23 de enero el portavoz del congreso venezolano Juan Guaidó se autoproclamó presidente de su país en plena plaza pública, Almagro fue uno de los primeros en secundar a Trump cuando él inmediatamente le reconoció como el nuevo mandatario constitucional de Venezuela.


Guaidó decidió auto-juramentarse como presidente sin haber informado eso previamente al congreso que dice representar. Hizo tal acción de manera sorpresiva y tras recibir instrucciones de la Casa Blanca, la cual se comprometió a impulsar ipso facto su reconocimiento internacional.


Almagro no esperó a una reunión de la OEA para discutir ello y ya estaba apoyando a Guaidó. Es más, al mes que él se autoproclamó presidente, Almagro estuvo en Cúcuta junto con los presidentes de Colombia y Chile alentando con Guaidó el ingreso de grupos armados a Venezuela que traían cajas que habían llegado de aviones militares norteamericanos.


Almagro abiertamente promovió una incursión armada sobre uno de los 34 países integrantes de la OEA y sigue pidiendo que se cree una coalición internacional para intervenir sobre dicha república y producir un “cambio de régimen”.


Bajo su gestión la OEA se ha convertido en el primer organismo supranacional que admite que uno de sus países integrantes esté representado por un gobierno que no tiene ministros, cuarteles o dominio territorial alguno, como es el caso del “presidente interino” Juan Guaidó. Esto es algo inadmisible en la ONU o en la Unión Europea o Africana.

Almagro es parte del engranaje que Trump ha venido utilizando para llamar a derrocar a los gobiernos de Venezuela, Cuba y Nicaragua.


Su rol se mostró crucial en la crisis boliviana. Inicialmente Almagro aceptó el intento de Evo Morales de ir a una nueva reelección. Empero, apenas se dieron las elecciones generales del 20 de octubre y la oposición pro-EEUU salió a promover disturbios aduciendo fraude, Almagro decidió seguir el libreto de Trump. En el segundo fin de semana de noviembre la OEA publicó un informe antes de tiempo sobre los comicios bolivianos donde indicó serias irregularidades. Apenas éste apareció, Morales tuvo que renunciar pues los altos mandos militares y policiales se lo demandaron.

Tres institutos de investigación muy serios, incluyendo uno en la capital de EEUU, emitieron sus propios informes cuestionando la parcialidad del apresurado reporte de la OEA. Almagro ha desestimado esas críticas y antes tildó de “espías” a algunos investigadores del propio equipo de la OEA que no avalan sus conclusiones.


Gracias a Almagro ahora en Bolivia hay una nueva presidenta de facto que ya lleva más de un mes en su cargo, la cual se pasó por garrocha la constitución, no convoca aún a elecciones, ha hecho varias masacres, quiere romper con toda la política externa y el multiculturalismo del único estado del mundo que se reclama plurinacional, y ha decidido procesar al presidente saliente Evo Morales y a varios de sus partidarios por los delitos de terrorismo.


OEA

Almagro sostiene que su rol es el de intervenir en varios países para democratizarlos, aunque él nunca hizo eso en EEUU cuando en 2016 esta potencia se convirtió en la primera en la historia mundial en nominar a un presidente que perdió en las urnas con casi 3 millones de votos de diferencia frente a su contrincante. Tampoco ha salido a repudiar el mega-muro fronterizo y las acciones racistas contra los inmigrantes latinos de EEUU. Por supuesto que él no dice nada cuando Trump separa a los menores de edad de sus padres latinos o llama a disparar a los inmigrantes que cruce irregularmente la frontera o a erigir en el borde un pantano con cocodrilos devora-hombres.


La OEA solamente ha echado a la “dictadura” de Cuba durante la mayor parte de sus 7 décadas de existencia, pero en todo ese tiempo ésta ha tolerado a todas las sangrientas tiranías militares como las juntas de Brasil, Argentina, Chile, Perú, Uruguay, Bolivia y de casi todas las naciones sud y centro americanas, etc. Bánzer, Pinochet, Videla, Somoza, batista, Duvalier, Stroessner y otros tiranos nunca perdieron sus asientos en la OEA. Esta organización tampoco nunca ha sancionado a Colombia por el asesinato masivo de líderes sociales e indígenas o por el más de millón de civiles muertos en su prolongada guerra interna.


Luis Almagro fue un hombre que provino de la izquierda y que se llamó socialista, pero que hoy ataca a los gobiernos que se ubican en dicho espectro. Cuando Almagro era militante del Frente Amplio y diplomático del gobierno uruguayo, su país junto con todas las 12 repúblicas de la Sudamérica creó el primer bloque de naciones de dicho continente. Sin embargo, Almagro ha avalado la destrucción de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR), la misma que antes ayudó a forjar, en aras de contentar a los gobiernos más conservadores del hemisferio.


El Almagro del siglo XXI es usado por el imperio de Trump para desestabilizar a todos los gobiernos “socialistas” del hemisferio y para estabilizar a todos los mandatarios que apliquen sus modelos.

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