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El milagro de Berta

Ahora le pones música, que para eso eres único. Disfruta con ella hasta reventar de alegría
José García Pérez
lunes, 23 de diciembre de 2013, 08:51 h (CET)
El verano lo paso desde hace cuarenta años en una esquina de España llamada La Antilla (Lepe), una playa de antología donde los guiris todavía no han llegado; la historia de por qué un malagueño nacido en Melilla pasa dos meses entre coquinas, arenas finas, marismas y dunas tiene su pequeña explicación.

Por allí iba a veranear mi pequeña hermana Nati que vive en Sevilla, y con ella, la chati de la familia, mis padres; mi hermano Fernando, el mayor de los tres, que le dio por morirse hace tres años un día de Nochebuena, compró un apartamento en el mismo bloque donde residía Nati, y yo, copión de toda la vida, hice lo mismo.

Los años y sus avatares hicieron que mis hermanos vendieran sus viejos apartamentos, mientras un servidor, no sé la causa, seguí allí delante de mi ficus y al arrullo de muchísimas vivencias, muy especialmente las largas conversaciones con mi madre en una vieja terraza intentando que me contase cosas de pescadores, almadrabas e historias de su infancia; en realidad lo que buscaba era aligerar su demencia senil.

Creo que es por ello por lo que sigo viendo al sol esconderse a poniente por Ayamonte; seguro que no es por eso en exclusiva, sino también porque por allí tengo algunos amigos a los que quiero en el silencio de la distancia; uno de ellos, Rafa Toscano, ha tenido la inmensa suerte de ser padre de una preciosa niña, parida por Annabel, a la que han bautizado con el nombre de Berta. v En sí da la sensación que es una noticia normal y sencilla, pero no porque eso de traer al mundo una nueva criatura es muchísimo más importante que contratar, como hace Rafa desde el Club Vera de Mar de La Antilla, a Paco Lucía, Rafael o preparar unos guisos que saben a gloria y mar.

Mi muy querido amigo, desde aquí, desde esta Málaga que todo lo acoge y todo lo silencia, te mando un villancico para que de aquí a nada se lo cantes a tu milagrillo. Ahí va: “Dicen de Dios muchas cosas/ que no puedo comprender/ miro los ojos de Berta/ y ya todas me las sé”.

Ahora le pones música, que para eso eres único. Disfruta con ella hasta reventar de alegría.

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