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Etiquetas:   Memorias de un viaje   -   Sección:  

De Hiroshima a Auschwitz

Gema Merina Sánchez
Redacción
lunes, 25 de septiembre de 2006, 17:05 h (CET)
Por regla general el color de las cosas que nos rodean suele estar en una escala de grises, pero en nuestra historia reciente podemos citar dos ejemplos que en este gradiente ocupan el tono más negro sin ningún género de duda. Más aún porque fueron masacres permitidas por terceros que miraron sutilmente hacia otro lado.

El año pasado tuve el placer de visitar Hiroshima. Una ciudad moderna, viva y muy activa. Los templos repletos de niños en kimono, las adolescentes desafinando en los karaokes callejeros, los puestos de tallarines… De pronto un árbol negro, podrido, «Superviviente de la Bomba-A», rezaba el cartel. Te quedabas con la sonrisa rota en los labios. Ese es el primer impacto que te llevas en la ciudad.

A precio simbólico de 50 yenes (ni un euro) entras en el Memorial Museum de Hiroshima donde en más de una ocasión sientes las lágrimas pugnando por salir. Apenas cayeron soldados, antes se fundieron los niños con sus latas de comida; antes se tatuaron los kimonos en las espaldas femeninas, antes sucumbió una ciudad de la que apenas quedaron 5 esqueletos donde se alzaban los edificios más modernos. Los supervivientes al impacto mutaron, enfermaron, sufrieron y murieron de dejadez y cáncer sin siquiera saber qué habían hecho o qué les había pasado. Alegando el querer acaban con una guerra que matara inocentes América no dudó en hacer uso de su nuevo juguete. Murieron 240.000 civiles en la explosión. Conforme pasó el tiempo fueron muriendo más de las enfermedades derivadas de la exposición.

Pero como he dicho, no ha sido este el único punto negro de estos últimos años de historia. Hace 50 años, sobre la misma fecha que la tragedia de Hiroshima, en un pequeño pueblo de Polonia llamado Oswiecin se decidió reciclar los antiguos barracones del ejército para amontonar judíos, gitanos y demás «seres inferiores». Aún hoy, no puedes evitar sentir un escalofrío al cruzar el portón: «Arbeit macht frei» (el trabajo libera); el mismo portón por el que tantos entraron y el mismo por el que ninguno salió. Auschwitz se quedó pequeño por lo que levantaron Auschwitz II Birkenau, con una capacidad hasta de 100.000 prisioneros y cuatro crematorios con cámara de gas.

Imaginad por un momento bajar del vagón nauseabundo y atestado en el que habéis hecho un viaje de varios días, a una explanada de casuchas y gente con cara de cadáver. Un nazi, en un idioma que no entendéis os empuja haciendo grupos. En uno mujeres, niños y ancianos, en otro los hombres sanos y alguna mujer. Si pertenecías al primer grupo aún tendrías suerte de acabar pronto porque, tras raparos y haceros desfilar desnudos por si había alguna mujer de su agrado, os enviarían a daros una «ducha». Así llamaban a la cámara de gas para que no cundiera el pánico. Hombres y mujeres fuertes iban a los barracones y comenzaban la cuenta atrás para morir por hambre, frío, enfermedades, cansancio o palizas. Los nazis aún tenían humor para macabras fotos a los recién llegados poniendo la fecha de entrada… para ver cuánto duraban. Caras asustadas, ojos espantados, lágrimas resecas y miedo. El miedo de saberse sentenciado a muerte

Sin embargo, lo peor de todo esto; lo más negro y lo que menos nos debemos perdonar, no sólo es el pasotismo del resto de países con respecto a estos disparates horrendos, es que no hemos aprendido nada de todo ello. Se ha bombardeado en Irak a civiles inocentes dejándolos luego en la miseria y se mantiene a personas sin un juicio en Guantánamo sin saber siquiera cómo son tratados, pero miramos a otro lado, como en Hiroshima, como en Auschwitz. No hemos aprendido nada.

Gema Merina Sánchez
Más en:
www.pcf.city.hiroshima.jp/top_e.html
www.auschwitz-muzeum.oswiecim.pl/html/eng/start/index.php

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