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Tres palabras: desliz, imprudencia o intencion
Pelayo López
Cuando uno habla y habla sucede que, a veces, la locuacidad y el razonamiento sobre las consecuencias que las mismas puedan tener no son compañeros de viaje. Sin embargo, cuando uno dispone de tiempo para reflexionar y meditar un discurso que posteriormente procederá a compartir con una audiencia, lo lógico es no caer en ese error. Sabio por cubrirse las espaldas tanto con la cara como con la cruz ante cualquier posibilidad, ya lo dice el refranero popular: “quien tiene boca, se equivoca”. Otros se equivocan por confiados, o porque metidos en harina y ante lo goloso del pastel, la mirada se obnubila a pesar del merodeo suspicaz y pertinente de posibles intrusismos. Y pasa lo que pasa, que más tarde o más temprano, aquello librado en la intimidad sale a la pizarra pública para escarnio resignado de la sociedad.
Durante estos últimos días, en los diferentes medios de comunicación, hemos presenciado como espectadores ejemplos de todas estas circunstancias, y lo hemos hecho, además, a través de realidades nacidas en condiciones sin ningún paralelismo presumible. Desde Austria, una joven con un secuestro espeluznante a sus espaldas relataba con absoluta frialdad aparente su tragedia. Desde Roma, Benedicto XVI, con el todavía reciente precedente de ciertas caricaturas, sembraba la discordia entre la comunidad musulmana con una cita remota. Desde la pasarela Cibeles de Madrid, algunas modelos, ante la nueva normativa y la repercusión que ésta ha tenido, recordaban que, en muchos casos y dependiendo de la constitución física, estar delgada no significa estar enferma. Desde Marbella, las transcripciones de las grabaciones policiales entre los “presuntos” responsables del “Caso Malaya” inundaban informativos y programas de crónica rosa. Y finalmente, desde Nueva York, desde el propio corazón de la Organización de las Naciones Unidas, el presidente venezolano Hugo Chávez satirizaba al presidente Bush llamándole “diablo”.
Del dolor interior al espectáculo generalizado. De la búsqueda de la paz, a la crispación y a la violencia fanática. De la salud femenina, al negocio mercantilista. Del juicio de los tribunales al juicio popular. De la diplomacia internacional al populismo más ramplón. Queda constatado, por tanto, que todo lo que decimos, pretendámoslo o no, repercute directamente en aquellos que lo escuchan. Es cierto que nuestro interlocutor tenga el poder de decidir si lo que nosotros decimos le entra por un oído y le sale por otro, pero no es menos cierto de que la responsabilidad última de aquello que se dice es de quien lo dice. Aunque, en resumidas cuentas, o mejor dicho en resumidas palabras, todo lo que expresamos se resume en tres palabras: desliz, imprudencia o intención.
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