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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Los despropósitos de los reality shows

“La enfermedad del ignorante es ignorar su propia ignorancia”. Amos Bronson Alcott
Miguel Massanet
domingo, 15 de diciembre de 2013, 09:45 h (CET)


 Sería absurdo negar lo que es evidente: España se ha convertido en el paraíso de estas astracanadas, dirigidas y producidas por personajillos que han descubierto que poner a disposición de una audiencia ansiosa de morbo y predispuesta a tragarse todo lo que se les ofrezca, aunque ello ofenda a la inteligencia; destroce la decencia, ponga en un brete a la ética y la moral, instaure la práctica de la horterada y consagre, como “cultura” más solicitada por una gran masa de españoles, inmersa en el proceso de degeneración intelectual, la de la ordinariez, zafiedad, ignorancia, desvergüenza, obscenidad decadente y el libertinaje.

Suponemos que las grandes cadenas televisivas, especialmente la 5ª, han hallado en estos programitas de baja estofa el medio de sanear sus cuentas. Creados para el lucimiento de una serie de sujetos de equívoca personalidad; excelentemente retribuidos; carentes de los más mínimos escrúpulos; agitadores de las más bajas pasiones y verdaderos expertos en jugar con los sentimientos de las personas, a las que convierten en ratones de laboratorio, escogidas entre las más ignorantes, fácilmente manejables y dispuestas a convertirse en el hazmerreír del público, con tal de adquirir una efímera fama y embolsarse unos euros; a cambio de lo cual están dispuestas a sacrificar su intimidad, poner al descubierto sus rarezas, vicios y desgracias; en un strip-tease integral de sus vidas, emociones, vicios y demás interioridades; de lo que se valen los productores de tales bazofias para jugar con el morbo y el afán enfermizo de una audiencia ávida de conocer las debilidades humanas, tanto mejor cuanto más truculentas, enfermizas y morbosas fueren.

Por supuesto que, ante la vista de estos organismos, tipo CAC, supuestamente encargados de velar para que los programas emitidos por los medios audiovisuales se mantengan dentro de los límites de la ortodoxia de las buenas costumbres, se sostengan dentro del respecto por las creencias particulares de las personas y no ofendan, ni por activa ni por pasiva, los legítimos derechos de quienes no quieren para sus hijos semejantes y tan denigrantes espectáculos; les resultan más importante que se emitan opiniones en contra de los intentos independentistas catalanes o que, determinados reporteros, a los que se los condena sin paliativos, pongan en evidencia las graves consecuencias que, para los ciudadanos catalanes, pueden tener estos proyectos secesionistas, carentes de futuro, universalmente condenados por la propia UE, que ya ha advertido que, en caso de que estas amenazas se llevaran a cabo, el camino a Europa les quedaría vedado y las ayudas de Bruselas automáticamente canceladas.

Si el informe PISA nos sitúa en el puesto 33 de entre los 65 países que han servido para confeccionar la muestra, no quiero ni pensar en el lugar que nos situaría si se hiciera un estudio de las personas que en España leen libros o periódicos o procuran estar enterados de lo que ocurre en el mundo o se interesan por la política. Si me lo permiten voy a hacer mención a un dato que, por si solo, sirve para que podamos valorar qué es lo que, en nuestro tiempo, lee con más fruición el personal; pues ¡admírense! un libro que, supuestamente ha escrito esta gran “intelectual”, Belén Estéban, conocida en toda España por sus rifirrafes con el torero Jesulín de Ubrique; asidua asistente a los programas basura y de cotilleo, de los que consigue apetitosos emolumentos, suponemos que en función de las ordinarieces, gestualizaciones, patochadas y desplantes con los que se desenvuelve, como Pedro por su casa, en los platós televisivos.

Pues, esta señora ha conseguido vender más de 100.000 ejemplares de su libro titulado “Ambiciones y reflexiones”; nos imaginamos que salido de la imaginación de algún “negro” porque, la verdad, nos cuesta mucho pensar que esta señora, que, por otra parte, hace muy bien de aprovecharse del aborregamiento y la estupidez colectiva, no la vemos capaz de escribir de su propio caletre algo más que una dirección o un número de teléfono. Se cuenta que las colas para conseguir una dedicatoria de su libro son kilométricas y se dice que, algún otro escritor muy conocido y de reconocido prestigio en su profesión periodística, que también firmaba dedicatorias de su libro, se vio humillado al comparar que la gente que acudía a él para pedirle un autógrafo quedaba achicada por la multitud que se apelotonaba para conseguir el de la popular ex del popular torero.

Todos los que hemos intentado escribir algo sabemos que, sólo unos pocos privilegiados, unos crac o aquellos que ya han conseguido la popularidad, logran que las editoriales les publiquen sus obras; salvo, claro, que uno se arriesgue a hacerse cargo de los gastos de la edición, corriendo el riesgo que, sin la adecuada propaganda, la costosa presentación y la colaboración de los grandes centros de ventas, sea como tirar el dinero desde una azotea a la calle. Sin embargo, hágase usted el gracioso, robe, mate, paséese desnudo por las calles, disfrácese de mono y entre en el Parlamento, monte un cisco o imite a la Belén Estéban y, verá usted como, aunque lo que escriba no tenga sentido, se trate de una cúmulo de vulgaridades o se limite a contar intimidades de su vida amorosa, va  a conseguir un éxito semejante al logrado por la llamada “princesa del pueblo” que, por cierto, su fama ha llegado incluso a la casa real ya que, la propia princesa Leticia, en un gesto populista, se acercó a saludarla en una recepción.

Sí señores, en este país en el que todos se atreven a opinar sobre política, fútbol, religión y sexo, no cuentan aquellos que han conseguido destacar en su profesión, los que dedican su vida a la investigación, se sacan los ojos estudiando o trabajan 18 horas al día para conseguir llevar adelante a su familia. Esto no le interesa a nadie ni proporciona dinero a las empresas de promociones. Pero hay otros métodos muy efectivos. Vean ustedes la endogamia de estos que han logrado hacerse famosos y que tanto critican a los bancos y a los empresarios. La señora Campos, presentadora de la Tele 5, ya ha conseguido enchufar a su hija Terelu una persona que, sin el apoyo e influencia de su madre, seguramente no hubiera sido admitida en ninguna TV o la propia Pantoja que ha promocionado a un chico cuyo único mérito ha sido medrar a costa de su madre y enredarse en amoríos.

Y un comentario sobre los famosos y famosillos que tienen cuentas pendientes con la justicia. El caso de Farruquete que mató, por impudencia, a un pobre transeúnte; que se convirtió enseguida en poco menos que un héroe entre el mundo de la farándula, que exigía poco menos que se le concediera la cruz al mérito por su hazaña. La misma Pantoja recibe cada día un montón de adhesiones y parece que el llamado “mundo de la cultura” no puede aceptar que se la haya encausado como autora de un delito de blanqueo de dinero y como cómplice de un sujeto que tiene abonada su asistencia ante la Justicia por haber estafado a los ciudadanos de Marbella. El último conocido, el torero Ortega Cano, un personaje que parecía incapaz de matar una mosca y, sin embargo, mata a una persona conduciendo ebrio, según los tribunales, y a demasiada velocidad, según la Guardia Civil. Su hijo sigue el ejemplo. Pero este señor, para el resto de sus compañeros y miembros de la “cultura”, es injustamente juzgado porque ya han decidido declararlo inocente. ¿En qué país vivimos, cuando la Justicia parece que no se quiere que se aplique de la misma manera para todos? Un país que nos merecemos la que se nos ha caído encima. O esta es mi opinión como ciudadanos de a pie.
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