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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

La polémica del Papa

Borís Kaimakov
Redacción
domingo, 24 de septiembre de 2006, 04:28 h (CET)
Al observar la atención que millones de seres humanos prestan a la voz de los ancianos encorvados del Vaticano, me interesa ante todo aquello que ellos les dicen.

Sin embargo, al preguntarles a los peregrinos a la Santa Sede respecto a las ideas importantes expresadas esta vez por el Papa, ninguno de ellos pudo recordar algo esencial. Al parecer, no importa tanto lo que dice el Papa, sino el mero hecho de su existencia, la posibilidad de verlo y a veces besar su mano, es decir, el éxtasis religioso, la fe que postula solamente el respeto hacia el creyente.

Cuando a mediados del siglo pasado el conocido periodista de Ucrania Occidental, Yaroslav Galán, publicó el panfleto “Escupo al Papa”, un fanático católico penetró en su apartamento y mató de un hachazo al relevante periodista ateo. Casi no dudo que también el Vaticano condenó este acto, porque no deja de ser un acto criminal. Pero es poco probable que la Santa Sede estuviera muy amargada con motivo del fin de la trayectoria vital del talentoso adversario del catolicismo.

¿Por qué lo digo? Pues porque la religión, especialmente la religión ajena, merece un trato correcto en extremo. Y eso atañe a todo el mundo: desde un ateo hasta el Papa, porque en ningún otro ámbito de vida se observan las pasiones tan desenfrenadas como en la defensa de su religión, y precisamente los políticos explotan la fe humana en su Dios. No es casual que Lenin liquidara ante todo a los pastores ortodoxos. Stalin sabía también el vigor de la prédica religiosa al iniciar sus habituales llamamientos a la nación con las palabras “hermanos y hermanas”.

Resulta que el Papa Benedicto XVI, funcionario religioso débilmente preparado, no corresponde al puesto que desempeña. Por lo menos, recurriendo al lenguaje laico, a eso se deben las acusaciones dirigidas al Papa por ofender la sensibilidad de los creyentes islámicos. Por consiguiente, su discurso en Regensburgo que degeneró en escándalo, no contenía ofensa alguna. Pues ¿qué ha sido? Usando los términos “de protocolo policial”, el Papa, alias Benedicto XVI, alias Josef Ratzinger, natural de Baviera, no hizo más que recordar lo dicho por un emperador bizantino del año 1400. Ese desconocido emperador (por supuesto, se podría encontrar en Internet su nombre, apellido y los demás datos, pero no vale la pena atraer atención a sus restos mortales) se refirió en términos sumamente drásticos al profeta Mahoma. Por su parte, recordando a ese emperador, el Pontífice solo quería poner como ejemplo el maltrato mostrado hacia otra religión, resaltando en especial que no se puede hacerlo, eso está mal y conduce a la enemistad y excesos. Por ejemplo, en su opinión, no se podía dibujar caricaturas del profeta.

El Papa sabía lo que decia; durante siglos el catolicismo estaba perfeccionando el pensamiento refinado, sopesando cada coma. La sucesión lógica: Mahoma - Guerra Sagrada - Terrorismo, está perfectamente esbozada. Y eso, pese al respeto del Papa hacia el Islám, era un regalo papal para quienes querían desgajar esa frase del contexto.

Ya somos testigos del recrudecimiento del contencioso entre las religiones mundiales y nos estamos convirtiendo en adeptos más conscientes de diversos valores religiosos. Hay quien lo utilizará o ya lo está utilizando para fines políticos. ¿Habrá debido el Sumo Pontífice decir lo que dijo? Lo más probable es que no, si más tarde expresó su pesar. Pero el proceso ya está en marcha y será imposible frenarlo.

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Borís Kaimakov, para RIA Novosti.


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