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Etiquetas:   La parte por el todo   -   Sección:   Opinión

Cerro Antiguo

Óscar Arce Ruiz
Óscar Arce
domingo, 24 de septiembre de 2006, 04:28 h (CET)
Había una época en la que al comenzar a deslizarse por la pantalla los créditos de una película, quienes habían pagado la entrada aplaudían ante el final de la proyección. Ese momento dotaba a la actuación de una humanidad que se acercaba al reconocimiento a los actores en el teatro.

Más tarde, aunque pudiera creerse que la película realmente había valido la pena, o incluso que era una verdadera obra de arte, pocos o nadie eran los que osaban unir a golpes las palmas de sus manos en señal de aprobación. Nos vimos con la necesidad de privar al cine del aplauso del espectáculo por la falta de conexión espacio-temporal de las acciones y los personajes.

Apareció entonces la moda de abandonar la sala mientras los créditos recorrían la pantalla. A nadie le importaba quién o quiénes estaban detrás de la obra que acababan de ver.

Así, hasta hace unos días, los cines eran teatros sin alma, lejos de la experiencia del espectador. La ficción quedaba demasiado lejos. Los ‘basados en hechos reales’ podían suponer dos cuestiones: o bien los hechos que inspiraron la historia transcurrieron lejos de España; o bien, aunque cercanos geográficamente, suponían temas demasiado alejados socialmente del espectador medio.

Para volver a ver cómo se aplaude en el cine, tuve que esperar a que se ofertase una película del tema sin cerrar por antonomasia de la sociedad española. Salvador Puig Antich -la película-, con ese ambiente setentero de dictadura en decadencia. Un estilo no muy diferente al de la serie del ente público ‘Cuéntame cómo pasó’, con sus dosis de amor, desamor y amistad.

Dejaré de lado que se explica la historia suavizando unos hechos que, seguramente, no debieron de ser tan divertidos. Tanto se idealiza -si se me permite la expresión- que a uno le entran ganas de robar bancos para realizar sus ansias rebeldes, pues el peligro solamente se vislumbra cuando se acerca la hora de la ejecución del protagonista.

La muerte por garrote vil, filmada en plano corto, evidentemente adecuada al público al que va dirigida la película, se convierte en momento estelar. Pienso que, hasta ese momento, no parecía que la dictadura fuese asfixiante. Pero el cuello prensado, el crujir de huesos recordó que, por encima de todo, Franco tenía el poder que sólo los dictadores tienen.

El aplauso final, iniciado por el sector más mayor de la sala -no está la Educación Secundaria como para que importe a los chavales quién es o deja de ser Puig Antich- sonó unánime en poco tiempo.

Supongo que algunos aplaudieron a los recuerdos que las imágenes evocaban. Yo, que tuve la suerte de no vivir otra dictadura que la de la mayoría, aplaudí la rotura con el romanticismo con que se caracterizaba la posguerra civil española. Aplaudí la secuencia de la muerte, sí, porque llegué a creer que no se firmaron penas de muerte en España antes el 1975.

Muchas producciones han mostrado más cómo les hubiese gustado que fuese la etapa de la dictadura de Franco que como realmente fue. Y eso ha provocado que los jóvenes perciban como exagerado el relato de quien vivió todo ese momento, dando credibilidad máxima a actores, directores y guionistas.

El final de la cinta dedicada a Salvador Puig Antich hace que se desvanezca el tono idílico con que se nos han presentado los años más atroces de la historia reciente de España.

Hemos tenido que ver una muerte ficticia para recordar que, antes de Puig Antich, muchos otros murieron de verdad.

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