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Etiquetas:   España   Monarquía   -   Sección:   Opinión

El rey caído

Nuestro Monarca lo que tiene es la travesura y la alegría de un preadolescente
Manuel Senra
lunes, 2 de diciembre de 2013, 08:58 h (CET)
Con dos jugosos comentarios jugosos de la periodista Natalia Junquera sobre la operación del Rey, he quedado hondamente sorprendido.

-¿Está el doctor Cabanela?
- No, no está.
-¿Eres su hijo?
-No, soy su mujer.
- …
-Yo soy el Rey.

“Ella tiene la voz grave –explicó el doctor ante un café en EL PAÍS poco antes de coger el avión para regresar a Rechester (Minessota) (EE.UU).- “Cuando llegué a casa, diez minutos más tarde, la encontré nerviosísima. Se levantaba y se sentaba en el sofá y me dijo: ¡Creo que te ha llamado el Rey y yo pensé que era una broma y he estado a punto de decirle que yo era la reina!”.

Y la segunda sorpresa mía fue cuando el doctor Cabanela contaba riendo las bromas que el Rey don Juan Carlos gastaba a los médicos antes de su última operación”. Cabanela, una vez más refiriéndose al Rey el día antes de la operación apuntó: “Me dijo, muerto de risa: ‘mira lo que les he hecho a estos’ y me contó que se había cubierto la frente con manchas de betadine, se había puesto un esparadrapo en la nariz, se había vendado la muñeca y había ido a ver al médico de la Zarzuela para decirle que se había caído. Los médicos consternados hasta que el Rey, claro, rompió a reír”.

¿Qué, que el Rey se había caído? ¡El Rey caído!. Más bien diría yo que nuestro Monarca lo que tiene es la travesura y la alegría de un preadolescente. Pues pocas personas conozco -ya con su edad- que, en vísperas de pasar por el quirófano, donde le espera una morrocotuda operación de caderas, cuya gravedad deja entrever riesgos importantes, solo caben tres cosas: que el nuestro es un Rey muy valiente; que, con todo el respeto, es un irresponsable para consigo mismo; o que, para ocultar su miedo, opta por poner en práctica esas travesuras juveniles. De lo contrario, no ya por la edad sino porque no se debe ir por un hospital asustando a los médicos, y menos el propio Rey en persona. Cierto que más vale, cuando uno va a pasar por una situación así, el humor, el fresco humor efervescente supera la oscura tristeza.

Ya ha pasado, en breve le darán el alta, y los monárquicos estarán (lo estamos todos) felices. Algo que será siempre muchísimo mejor que aplicarle esta irónica frase: “Aunque los reyes obren bien, se hablará mal de ellos”.

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