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'Separados': ni comedia, ni romance
Gonzalo G. Velasco
Al contrario de lo que pudiera parecer por su casting, por el diseño de su cartel y por su planteamiento dramático, Separados no es la típica comedia romántica norteamericana. En primer lugar, porque ni siquiera es una comedia, sino más bien una anticomedia, en segundo lugar, porque su acertada visión del deterioro de una relación de pareja tiene muy poco de romántica, al menos en el sentido hollywoodiense de la palabra, y en tercer lugar, porque hasta cierto punto tampoco puede definirse como un producto típico de la fábrica de sueños estadounidense.
Quienes gusten de películas como Novia a la Fuga, Diez Razones para Odiarte, o Sweet Home Alabama, que se vayan olvidando. No es que Separados ofrezca crudeza descarnada a lo Todd Solonz, ni un retrato cínicamente posmoderno del amor en la estela de Closer o de las travesuras audiovisuales del siempre maquiavélico Neil La Butte, pero al menos hay en esta película una voluntad de ir más allá de los clichés como medio para narrar una historia cotidiana desde una perspectiva mucho más realista. Y si bien la acción transcurre en un entorno social carente de la hostilidad del cine de De Sica o Fernando León de Aranoa, por poner dos ejemplos extremos, el espíritu de fondo es el mismo: alejarse de las imposturas para aportar una mayor autenticidad en la representación de una determinada realidad. De Sica lo consiguió en su momento con obras como Umberto D o Ladrón de Bicicletas, en tanto que Fernando León lo sigue intentando de forma machacona con sus inocuos frescos pedorrorrealistas, que casi siempre obtienen el efecto contrario. Peyton Reed, el director de Separados, se queda un poco en tierra de nadie.
Y es que por mucho que las cuitas amorosas de una pareja de ciudadanos norteamericanos de estatus socioeconómico medio alto puedan servir para reflexionar acerca de ese sentimiento tan peligroso que conocemos con el nombre de “amor”(palabra que ha sido declarada recientemente como la más hermosa del idioma español en una decisión que pone sobre la mesa, una vez más, el irreductible gusto por lo anodino, lo tópico y lo convencional del españolito medio), eso no significa que dichas cuitas interesen o posean cierta trascendencia. Vamos, que si antes los cineastas de vocación realista partían de lo aparentemente trivial para llegar a una conclusión solemne y universal, ahora lo que se estila es narrar lo trivial con solemnidad para llegar a una conclusión tanto o más trivial que el punto de partida.
Así, después de haber asistido durante más de una hora a la conmovedora descomposición de una pareja de ensueño, jugando siempre con la expectativa voluble de una reconciliación in extremis, los guionistas se sacan de la manga una pirueta narrativa final que uno no sabe muy bien si calificar de arriesgada o de conservadora, al convertir, como modernos alquimistas de la trama, un final no feliz en un final que bien podría serlo. El efecto produce extrañeza y deja en el paladar un sabor al que no estamos acostumbrados. A unos les gustará el cambio, a otros les parecerá insulso, y a los más ecuánimes les sabrá a poco. En todo caso, si el modelo triunfa, cosa que dudo, tal vez estemos asistiendo al inicio del fin de la comedia romántica norteamericana tal y como la conocemos. La muy pavisosa ya se estaba resistiendo demasiado, ¿no creen?
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