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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Reconocer a los no reconocidos

Alan Kasaev
Redacción
sábado, 23 de septiembre de 2006, 02:10 h (CET)
Han pasado 15 años ya desde la desintegración de la Unión Soviética, pero la opinión pública patria, europea y también la mundial siguen atormentadas por el destino que han corrido sus restos más abandonados. Me refiero a las llamadas repúblicas no reconocidas, o secesionistas: Alto Karabaj, Osetia del Sur, Abjasia y Transdniestria.

Cuando, tras adquirir independencia, en la ONU ingresaban una tras otras las ex repúblicas federadas de la URSS, nadie en Naciones Unidas ni fuera de ésta se preguntaba si se trataba de unos sujetos del Derecho Internacional legítimos o no. De este modo surgieron Georgia en los marcos de la RSS (República Socialista Soviética) de Georgia, Moldavia en los marcos de la RSS de Moldavia, Armenia y Azerbaiyán, en los marcos de las RSS de Armenia y Azerbaiyán, respectivamente. Pero aquellas de las ex autonomías, que antes formaban parte de esas repúblicas federadas y que no quisieron seguir haciéndolo, intentaron expresar tal voluntad, y recibieron guerra. Y la ganaron, por muy raro que ello pueda parecer, pero sólo de facto, mientras que de jure recibieron el dudoso estatus de repúblicas secesionistas, no reconocidas en el mundo, del que ellas procuran librarse.

El resultado del referéndum celebrado en Transnistria (esa región de Moldavia que se ha autoproclamado autónoma) era predecible tanto para Tiraspol (centro administrativo de Transnistria), Kishinev y Moscú, como para otras capitales europeas y de allende el océano. Más del 90 por ciento de los habitantes confirmaron su deseo de seguir edificando un Estado independiente, orientado a ingresar en la Federación de Rusia. Pero, lamentablemente, en los próximos tiempos poco va a cambiar para estas personas. Como mediadores del arreglo entre el Kishinev reconocido y el Tiraspol no reconocido actuaron Rusia, Ucrania, la OSCE, la Unión Europea y Estados Unidos, obrando ora de mancomún ora por separado. Se analizaba la variante de concederle a Transnistria el máximo grado de autonomía dentro de Moldavia: con su propio parlamento y una especie de guardia nacional, conservando todo ello tras la adhesión (hipotética) de Moldavia a la Unión Europea y posiblemente a la OTAN o tras la declaración de la neutralidad por ella. Pero esa variante fracasó por culpa o de Transnistria, o de Moldavia, o de Moscú, no se sabe a ciencia cierta. Además, ello no importa mucho, porque actualmente todas las partes están esperando qué va a suceder después del referéndum.

Se puede predecir más concretamente qué es lo que no va a suceder. No habrá escalada del conflicto militar, porque Moldavia difícilmente querrá entrar en guerra. No habrá incorporación de Transnistria en un tercer Estado, o sea Rusia, por no existir frontera común entre ellas. A su vez Ucrania limítrofe no está interesada en tener nuevas fuentes de inestabilidad cerca de su frontera.

¿Para qué se concibió, entonces, la idea de celebrar el referéndum? Primero, las autoridades de Transnistria esperan obtener de este modo un poderoso impulso interno para una nueva etapa de su funcionamiento no reconocido. Segundo, el referéndum estuvo llamado a actualizar a los ojos de la comunidad mundial tanto el problema de la propia Transnistria como las situaciones análogas existentes en otras partes del espacio postsoviético. Se trata de Osetia del Sur y Abjasia.

Las ex autonomías dentro de la RSS de Georgia también ansían resolver sus problemas seculares. Osetia del Sur aspira a la reunificación administrativa y cultural con la del Norte. Los abjasios apelan a Rusia y el resto del mundo, proclamando que no desean seguir dentro de Georgia. Los choques sangrientos de los años 1991 – 1993 de hecho hicieron a Osetia del Sur y Abjasia independientes de Georgia, pero la comunidad mundial las sigue enfocando como partes integrantes de ésta última, aunque unas partes rebeldes y separatistas. Se aproxima el referéndum sobre el estatuto de Osetia del Sur. Su celebración está fijada para el 12 de noviembre y puede redundar en derramamiento de sangre, que sería un precio demasiado alto a pagar por la independencia. El Gobierno georgiano, carente de la estabilidad interna, podría aprovechar esta votación - ilegítima desde su punto de vista - para zanjar el problema con la ayuda de una operación militar relámpago.

Pero los organizadores de los plebiscitos esperan que la voluntad expresada por el pueblo se tome en consideración por las organizaciones internacionales, pues como resultado de un reciente referéndum celebrado en Montenegro surgió un nuevo Estado, que ya es miembro de la ONU. Se avecina la votación en Kosovo, después de la cual puede surgir un Estado más en los Balcanes. Los principales patrocinadores del proceso negociador que se desarrolla en torno a este problema – la Unión Europea y EE UU – no ocultan estar interesados en tal desenlace, pero al propio tiempo no apoyan la celebración de los referéndums en Transnistria y Osetia del Sur.

Dentro de los secesionistas desentona un poco Alto Karabaj, que a diferencia de Abjasia, Transnistria y Osetia del Sur, desde hace mucho figura en la agenda de la ONU, gracias a los enérgicos esfuerzos de Armenia. El problema de Alto Karabaj fortalece las posiciones morales de aquellos que sostienen que está a la vista una nueva agravación de uno de los más serios problemas de la política mundial y de la teoría y la práctica del Derecho Internacional, que podría formularse del modo siguiente: ¿En qué casos se debe atenerse al derecho de las naciones a la autodeterminación, que es uno de los principios básicos de la Carta de la ONU, y en cuáles, guiarse por las indicaciones de la Declaración de Helsinki de 1975, la que garantiza lo invariable de las fronteras en Europa?

Conviene hacer recordar que desde el momento de la fundación de la ONU en 1945 y hasta hoy día en el mapamundi surgieron más de 70 Estados nuevos, o sea aparecía un miembro soberano al año, como término medio. Para ser reconocido a nivel internacional, cada uno de tales países necesitaba contar con un respaldo serio. Durante el período de descolonización lo prestaba, por ejemplo, la URSS. Luego que su influencia descendió al nivel cero, dicho papel fue asumido por EE UU. A partir de 1989, los Acuerdos de Helsinki se infringían en numerosas ocasiones: primero en Yugoslavia, después en Alemania del Este y luego en la URSS, pero la ONU de uno u otro modo reconocía la legitimidad de tal proceder. ¿Significa ello que las variantes de Montenegro y Kosovo no se desvían del cauce fundamental de la política mundial contemporánea y que un día, Transnistria, Osetia del Sur, Abjasia y quizás también Alto Karabaj pueden obtener reconocimiento?

No hay seguridad en tal desenlace. Los cambios de las fronteras nacionales que se operaban en los años 1990 se acompañaban del crac de la estructura bipolar del mundo y contribuían al surgimiento de un mundo monopolar, con la hegemonía de EE UU. Las actuales reformas en los Balcanes ya se realizan según otro guión, en interés de un nuevo polo de la política mundial: la Unión Europea, que está cobrando fuerza, pero con el consentimiento de Washington, desde luego.

Por consiguiente, el destino de la independencia auténtica y el reconocimiento de Transnistria, igual que de otros territorios análogos que rodean a Rusia, no va a depender de los referéndums, sino de la capacidad de Rusia de transformarse en socio real de la UE y EE UU en todo el espacio europeo, “desde el Atlántico hasta los Urales”, según solían decir antes. En el momento actual por parte de Moscú se observa un poderoso arranque hacia las cimas de la política mundial, donde Rusia estaba antes. Pero todavía queda mucha distancia por recorrer. La Federación Rusa ha recuperado los derechos a voto consultivo y a vetar. La UE y EE UU no podrán resolver el problema de Kosovo ni otro territorial sin tomar en consideración la opinión de Moscú. Pero los centros de influencia “tradicionales” todavía no están preparados a aceptarla sin reservas. O sea que la mejor solución en el momento actual consiste en no tomar ningunas decisiones unívocas.

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Alan Kasaev, miembro del Consejo de Expertos de RIA Novosti.

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