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Etiquetas:   Ver   juzgar y actuar   -   Sección:   Opinión

¿Dignidad democrática?

Francisco Rodríguez
Francisco Rodríguez
sábado, 23 de septiembre de 2006, 02:08 h (CET)
La coalición del partido gobernante y los satélites nacionalistas y comunistas que le apoyan comprometiéndose a impedir que el partido de la oposición pueda presentar ninguna interpelación sobre el 11-M demuestra la escasa calidad de nuestra democracia. Confabularse para tapar la boca al Partido Popular y decir con todo desparpajo que lo hacen para evitar la “contaminación” del Parlamento y “velar por la dignidad de las instituciones” es algo que va más allá de todo lo que se podía imaginar. Los que llegaron exigiendo la verdad han cambiado al “mejor no meneallo” por lo que pueda pasar. Quizás la dignidad que puede estar en juego no es la del Parlamento, sino la de cada parlamentario, pues si resulta que la versión oficial del 11-M se viene abajo pueden abrirse otras perspectivas que no sabemos a donde llevarían a los responsables y sus cómplices. Por tanto hay que callar al PP y si es posible eliminarlo de la vida política. Esto es como el pacto del Tinell a escala nacional.

También el presidente Rodríguez Zapatero llego ofreciendo talante y diálogo. Pero ¿dónde está el talante y con quién dialoga? ¿con la ETA?
Con independencia de la forma en que llegaron, al poder los planes para conservarlo están a la vista. Coaligados con los nacionalismos insolidarios a los que se contenta vaciando de contenido al Estado, se asegura la permanencia: basta con ceder. Nunca los nacionalismos lo tuvieron más fácil: solo tienen que conservar al Sr. Rodríguez Zapatero.

Por eso oírlos hablar de la dignidad de las instituciones democráticas produce bochorno. El Consejo del Poder Judicial politizado y la Fiscalía del Estado al servicio del gobierno, las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado y toda la Administración Pública dirigidos y trufados de militantes partidarios, un sistema electoral que solo sirve para justificar a nivel estatal y autonómico la hegemonía de las cúpulas de los partidos y que otorga la llave de la gobernabilidad de España a los rancios nacionalismos separatistas e insolidarios. Una autonomías cada vez más poderosas frente a un Estado desguazado y una política municipal caciquil en muchos casos y en otros viviendo de los manejos inconfesables del urbanismo. Unos medios de comunicación descaradamente al servicio del poder y una tendencia creciente a controlarlo todo. ¿Quién ofrece desde el Gobierno o la oposición alguna política que regenere esta situación?

Si el 11-M es un pasado que no me gusta, lleno de dudas y agujeros, tampoco me gusta el presente ni el futuro que se está gestando por unos y otros.

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