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Instancias superiores

Pascual Falces
Pascual Falces
sábado, 23 de septiembre de 2006, 02:10 h (CET)
Ya metidos en el tumulto consiguiente a la vuelta de vacaciones, no sólo se distinguen conflictos que se circunscriben a las áreas nacionales de cada país, sino que también sobresalen los de carácter internacional. De modo inverso, en una pirámide de intereses, estos últimos serían los primeros; resultan de mayor repercusión y resonancia, y sus consecuencias pueden afectar a mayor número de personas en el mundo. Luego, vendrían los nacionales, seguidos de los interregionales –como, p.e. ¿a quien pertenecen las aguas que bajan por este río?-, y así, sucesivamente, hasta llegar a los crímenes por malos tratos, las broncas en el casino del pueblo, o los roces entre vecinos. El caso es que la gresca, a la escala que sea, está a la orden del día, o al menos esa sensación se percibe en las crónicas de “actualidad”

Para cada clase de conflicto, de litigio, ha de existir una “Instancia Superior” donde se dirima civilizadamente, y, según lo exige esta hora de la Humanidad con tanta sangre y tragedia a sus espaldas. La trabajosa historia hasta llegar aquí no puede resultar en vano Los conflictos armados entre los pueblos hace tiempo que hicieron necesario la Sociedad de Naciones al fin de la Primera guerra mundial. Que, por cierto, fracasó -entre otras cosas porque los EEUU nunca fueron parte de ella-, dando paso a la más horrorosa, aún, Segunda Guerra mundial. Los últimos sesenta años, aunque renqueante, la función ejercida por la ONU, que fue la sucesora, ha coincidido con el hecho de que la “guerra fría” fuese, eso, fría, y los terribles ingenios nucleares se mantuvieran guardados. En la reciente Asamblea General han aflorado tensiones que no quieren decir que ya no sirva, sino que requiere actualización. Será difícil hacerla al gusto de todos, pero la necesidad de esa “alta instancia” impondrá los sacrificios necesarios. Cuando fue ignorada –Bush y colegas; Azores-, todavía hace mantener con los manos en la cabeza, por el desorden que originó, a muchas gentes llenas de sentido común, y de años.

El presidente venezolano ocupó la tribuna de oradores para hablar –cosa que le gusta más que a un tonto una tiza-, en la Asamblea, y señaló que en el mismo podio el día anterior había estado, y, en su descarado lenguaje -gracioso para el que le haga gracia-, afirmó: Ayer estuvo aquí el demonio, todavía huele a azufre. Se refería, naturalmente, al presidente Bush, lo cual no resulta demasiado ofensivo comparado con los cuchillos dialécticos a que nos acostumbran algunos islamistas. Y, no siempre, ni sólo, dialécticos. Lo que se deduce, es que las alocuciones de ambos fueron pronunciadas en el lugar adecuado. Comenzase como fuera, como Sociedad, o Asociación de naciones, se transformó en la “instancia” superior donde apelar para dirimir pleitos entre los estados. Y, se puede decir, que esa ha sido la función la hizo desarrollarse. Es de todo punto de vista deseable que el desarrollo prosiga con el mayor acierto.

Por otra parte, esta clase de “instancias” tiene muchos años. Otras, como la OTAN (residuo de las viejas Alianzas), o, el TPI, Tribunal Penal Internacional, se han añadido a las entidades supranacionales de responsabilidad. El último, asume crímenes contra la humanidad, y, cuya jurisdicción resulta adecuada para la mayoría de las acusaciones que el sentir general señala hacia según qué comportamientos y hechos cometidos en un país, pero, qué, como se dice: ¡Claman al cielo!

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