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Síntesis malaya

Pascual Falces
Pascual Falces
viernes, 22 de septiembre de 2006, 00:24 h (CET)
La gran serpiente de este verano, en cuanto a morbo barato y “famoseo” se refiere, ha sido, sin duda, la llamada en términos judiciales “operación malaya”. Tal vez, ahora, se encuentra en su desenlace, pero, entre rufianes, nunca se sabe si alguien tirará de la manta en su propio beneficio dando ocasión de nuevos episodios. El caso es, que, de un Consistorio, más o menos como todos, la mitad del mismo, dio con sus huesos en la cárcel. En las pantallas se ha dicho, acertadamente, que así como el Mundial de Fútbol, fue “el agosto” de la Sexta, el trajín de coches celulares, y la forzada soledad de la tonadillera, ha sido el de Tele 5. “Con su pan se lo coman”, que dicen los castizos de Chamberí, pero, ese es otro tema...

El extremo que ha dejado colgante la “operación”, es que el robo de las arcas públicas resulta rentable. Cosa que no encierra novedad alguna, y se sabe desde tiempos inmemoriales, aunque no todo administrador público resulte sospechoso, pero, lo novedoso, es el añadido de desfachatez. Hacerse con lo ajeno carece de riesgo, es la conclusión más evidente. Lo más, que le despojen de alguna minucia de lo mangado que no dio tiempo de poner a buen recaudo. También se sabía de conocidos e importantes reclusos que han recuperado la libertad, sin restituir, ni avergonzarse, y con la solidaria comprensión de gente “muy conocida” por sus altas responsabilidades. Lo que no se había visto es salir de la cárcel, provisionalmente, como quien sale a un escenario. El famoso ladrón de guante blanco pasó hace tiempo a la historia; ha dejado paso al “glamouroso”, y al político de altos o cortos vuelos. La corrupción es noticia equiparable a la de otros mínimos escándalos de esparcimiento.

Con todo ello, ¿qué fuerza moral tiene instruir a las tiernas generaciones en la probidad, en el trabajo, o el negocio honesto? No es de extrañar lo que contaba Epifanio del Cristo Martínez sobre su hamaca de henequén, allá en el valle del Cauca. Le preguntó a su hijo, el menor de los ocho, qué quería ser de mayor, y el pequeño respondió: Yo?... ¡quiero ser corrupto!. No es de sorprenderse, sería tonto, si a la vista de lo que ve, entre aplausos, no lo eligiera como opción para salir de la dura plantación familiar de cafetales.

¿Se pide un esfuerzo sobrehumano a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado para que se conformen con la nómina de fin de mes, después de enjaular, temporalmente, a esta clase de pájaros de cuenta? ¿Qué probo funcionario firmará papeles sin más ni más, después de oír a la ex concejal socialista de Marbella: “Yo cobro, cada papel que firmo”? Eso es salero, y, luego, nada, sale a la puerta de la cárcel como los hermanos Rivera de la plaza de toros de Ronda, en hombros. Los chorizos de poca monta, o los que aún no han dado paso alguno en ese sentido, reciben codazos de sus allegados, como diciendo: ¡Aprende!

No es extraño que la vieja Guardia Civil esté en las últimas, o a punto de desaparecer. Aquellos amigos de lo ajeno, para llevar “codo con codo”, como Lorca cuenta que condujeron al Camborio, han mutado, que se dice con lenguaje actual. Una brigada de honestidad, para proteger y servir, como reza el lema, debería recorrer los largos camino de la aldea globalizada. Todo, menos perder la sensibilidad ante, que, lo de los demás les pertenece, y, que, ni por listo, ni por guapo, resulte rentable apropiarse de ello sin riesgo alguno.

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