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Etiquetas:   Entrevista   Escritoras   Irma Verolín  

Irma Verolín: “Leo sin convicción la narrativa excesivamente llana”

Varios primeros premios en narrativa y en poesía obtuvo Irma Verolín, nuestra entrevistada, quien, entre otros tópicos, se refiere a aquello que lee con aprensión y a su modo de leer entre líneas.
Rolando Revagliatti
viernes, 29 de noviembre de 2019, 08:55 h (CET)

Irma Verolín nació el 8 de diciembre de 1953 en Buenos Aires, ciudad en la que reside, la Argentina. Entre otros, obtuvo el Primer Premio Municipal “Eduardo Mallea” (por su novela inédita “La mujer invisible”), el Primer Premio Internacional “Horacio Silvestre Quiroga”, el Primer Premio Internacional de Puerto Rico Fundación Luis Palés Matos. Es autora de ensayos literarios y de artículos concernientes a su condición de Maestra de Magnified Healing y de Reiki. Ha publicado los libros de cuentos “Hay una nena que gira” (Premio Fondo Nacional de las Artes 1987), “La escalera en el patio gris” (Primer Premio de Encuentro de Escritores Patagónicos), “Una luz que encandila” (Premio Ciudad de El Colorado, provincia de Formosa, 2010) y “Una foto de Einstein tocando el violín” (Primer Premio IX Concurso Nacional “Macedonio Fernández”); las novelas “El puño del tiempo” (Premio Emecé 1993-1994) y “El camino de los viajeros” (Primer Premio Internacional de Novela Mercosur, Ediciones UNL, 2012); el poemario “De madrugada” (Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2014). Es también autora de literatura infanto-juvenil: “La gata sobre el teclado”, “La lluvia sobre el mundo”, “La fantástica familia Fursatti”, “El misterio del loro”, “El ferretero del tornillo perdido”, etc. Por su libro “Los días” (inédito en proceso de edición ) obtuvo el Primer Premio de Poesía de la Fundación Victoria Ocampo “Horacio Armani” 2014).

¿Marcamos un perfil?


Con respecto a mi vida yo diría que está caracterizada por cambios abruptos. Y en esos cambios están los viajes, los traslados. Apenas nazco mi padre me lleva a Rosario donde reside la familia paterna con la excusa de bautizarme. A partir de entonces volveré muchas veces a Rosario. Cuando se produce la epidemia de poliomielitis mi madre me deja con mi abuela y ahí aprendo a caminar. Luego mi padre, que era militar, es castigado por Perón. Cosa curiosa, mi padre no era para nada antiperonista, ni siquiera quería ser militar, pero siguió el mandato de mi abuelo y creo que eso lo mató a los 38 años, el sometimiento. Él decía que un militar no tenía que estar al servicio de la política y los políticos, se declaraba en contra de los golpes de estado; lo que ocurrió durante el peronismo fue que se opuso a que los soldados cantaran la marcha peronista en vez del himno nacional. El castigo terminó siendo lo mejor que le sucedió, porque en su exilio interno en Tartagal, provincia de Salta, trabajó con los indios chiriguanos y allí logró aplicar su sentido del servicio. Mi padre no tenía una visión muy vanguardista de la política, simplemente pertenecía a la vieja escuela sanmartiniana, privilegiaba la decencia, y veía que los oficiales hacían negociados, que vivían por encima de su sueldo y eso no lo podía admitir. De entre los chicos, éramos los más sencillamente vestidos. Tampoco él provenía de una familia patricia; pudo estudiar en el Colegio Militar porque fue becado, mi abuelo no podía costear todos los gastos. Era ridículo que pensara que los militares no hicieran golpes de estado porque en realidad siempre estuvieron al servicio de la clase dominante. Eso mi padre no lo veía, pero sí la corrupción, por lo que decidió irse del ejército. Y se compró una camioneta para traer mercadería desde la provincia de Mendoza. Pero se enfermó y murió. Recuerdo que nos llevaba a mi hermano menor y a mí a las villas a jugar con los chicos los domingos, creo que esto le quedó de su trabajo con los indios. Algo había en él porque quería que tuviéramos una conciencia distinta a la del medio que nos rodeaba. Se opuso a que asistiéramos a una escuela religiosa, no era creyente, así que mi hermano y yo fuimos a la escuela pública. Siendo muy niña estuve en Tartagal con los indios. Lo sé porque hay fotos. Mi padre no tenía conciencia política pero sí sensibilidad social, no podía durar en el ejército y, de haber vivido, hubiera formado parte del grupo opositor al llamado Proceso de Reorganización Nacional. Murió cuando yo tenía ocho años, en 1962. Tres años antes había muerto mi madre. Me crié con tres hermanos más, dos de ellos adolescentes, hijos del primer matrimonio de mi madre viuda. Cuando mi madre enferma de cáncer, nos reparten a todos los hermanos. Yo voy con mis abuelos paternos y con mi tío, hermano de mi padre, entonces soltero, que luego fue actor [Leopoldo Verona, 1931-2014], un actor conocido del elenco estable del Teatro Municipal General San Martín, y que durante el Proceso fue secretario en la Asociación Argentina de Actores, estuvo en la lista negra, sufrió persecuciones, militó de joven en el partido comunista y después adhirió a la propuesta de Raúl Alfonsín. Allí con mis abuelos empiezo el preescolar y vivo de espaldas a lo que sucede. Cuando vuelvo a la casa, mi madre ya no está, mis hermanos mayores tampoco. Se recompone la familia con mi padre, mi hermanito menor, y vienen mis abuelos y mi tío a vivir en la casa. No vuelvo a tener verdadero contacto con mis hermanos mayores hasta pasados mis veinte años. Nos habían informado que estaban muertos. A escondidas vi a mi hermana a los trece años. Y a los quince. Lo que marcó un hecho importante es el contacto con mi tío actor, quien se pone de novio con la actriz Dora Prince [1930-2015] y ellos me llevan al teatro, son amigos de María Elena Walsh, la tana Rinaldi, Alfredo Alcón, y entonces en ese barrio, que no era un barrio elegante sino un barrio de tango, yo descubro la literatura pero a través de sus voces. Vienen a ensayar algunos actores que luego conformarían el grupo Stivel, entre ellos recuerdo a Alicia Berdaxagar con el negro Carlos Carela. Un mundo se abre para mí, mi tía me pide que le tome la letra que está estudiando para una obra que va a estrenar. Así, sin querer, comienzo a leer a los ocho años a Ibsen, Chejov, García Lorca. Vivo en un barrio modesto con sentido de pertenencia, con vecinos que son como parientes, pero viajo al centro de la mano de mis tíos al teatro San Martín, al Cervantes, a los más importantes teatros donde ellos trabajaban.

Lo otro que marca mi vida es salir del colegio de monjas donde hice el secundario por iniciativa de mi abuela para ir a Filosofía y Letras a principios de los setenta, ese viaje como en la película argentina “Mirta, de Liniers a Estambul” [dirigida por Jorge Coscia y Guillermo Saura], en el colectivo 109. Transité los setenta a pleno, política y culturalmente. Después, ya sabemos. Vivo sola y ya me perfilo como una mujer sola, pero a los 29 años conozco en Jujuy, durante unas vacaciones, a un “médico de frontera” que vive en la provincia de Misiones, en el límite con el Brasil y me voy con él. Ése ha sido para mí el gran viaje. Escribí después en los noventa la novela “El camino de los viajeros”, que relata una parte de esa experiencia y que me hizo ganar quince mil dólares con un premio que me ayudó a mudarme de casa. Ahí me conecto con los indios guaraníes. No me voy a olvidar nunca lo que sentí la primera vez que fuimos desde el pueblito perdido en el que vivíamos a la aldea guaraní (un proyecto subvencionado por los alemanes). Oscar, mi pareja, se convirtió en el médico que debió aprender a hacer medicina alopática escuchando su tradición en sanación. Podía prescribir un antibiótico según el caso pero respetaba su práctica de medicina ancestral. Ahora debo decir que en secreto le daba las pastillas anticonceptivas a la esposa del Paí. Participé a la mañana y al atardecer en el saludo al sol. Pocas veces la energía fue tan intensa en su manera de transmutarse. Bueno, lo fue con Sai Baba y en ciertas ceremonias en las que participé. Pero aquí se le sumaba la energía medioambiental de la naturaleza en aquel espacio no contaminado por la civilización. Como se dieron cuenta de que yo los quería mucho me bautizaron con un nombre en su lengua: Pará Reté Mirí. Oscar obtiene una beca para estudiar sanitarismo y viajamos a la ciudad de Córdoba. Allí residimos un año. Ese año fue decisivo, dejé la poesía y me convertí en narradora, participé en el Grupo Homero Manzi, que intentaba entroncar la llamada alta cultura con la cultura popular. Hice un taller de narrativa todo el año en la Sociedad Argentina de Escritores. Me separo de Oscar y vuelvo a Buenos Aires. Mi contacto con Misiones continúa. Viajo también a Corrientes y a Santa Fe, provincias que me mantuvieron ligada con el litoral. Cuando publico mi primer libro viajo a presentarlo a Santa Fe. Como en Buenos Aires, es Libertad Demitrópulos la que se ocupa de eso, así que viajamos ella, Joaquín Giannuzzi y yo. Atesoro ese recuerdo. Después viene mi quiebre a los treinta y cinco años, debo recuperarme y así llega casi milagrosamente el viaje a la India. Me hice vegetariana primero y fue tan natural, desde chica había rechazado comer carne. Desde 1990 que no como carne y eso ayuda mucho en la meditación. Todo es antes y después de ese viaje a la India.

Otro mundo.


Y sí, yo tengo otro mundo que he ido enlazando con lo literario hasta cierto punto, pero que de algún modo siguió un camino paralelo sin ensartarse completamente. Debido a que desarrollo una práctica privada, personal, fuera de mis artículos sobre calidad de vida, no hay material visible. Justamente hace un momento, hablando con el poeta Luis Bacigalupo, decíamos de lo intransferible de estas experiencias interiores. Qué otra cosa más que fotos, mis diplomas de maestra en Reiki o Magnified Healing o de todos los otros cursos que hice puedo dar como testimonio palpable. Trasmitirlo, ahora, me sirve como espejo a mí, escribir siempre crea espejos que nos resultan útiles.

Me acuerdo que en un reportaje que me hizo la poeta Susana Villalba para el diario “La Prensa”, yo le hablé de esta búsqueda y ella me dijo: “En tu literatura no se ve lo espiritual.” Y es cierto, en la narrativa yo no lo expreso ni siquiera como un ángulo de mirada. Sospecho que debe estar subyacente. En los años que escribí para chicos y publiqué bastante y en editoriales importantes e incluso gané dinero, pensé que la literatura infantil me iba a permitir transmitir el sistema de valores humanos del hinduismo. Algo hice, en la actualidad publico poco y nada para chicos. Obtuve una primera mención en un concurso de ensayo en ALIJA (Asociación de Literatura Infantil y Juvenil de la Argentina) sobre literatura infantil, basado en este esquema. No sé si con la poesía lograré que estos mundos se enlacen más. En realidad, estos dos mundos son por un lado la literatura, la palabra escrita en sus distintas variantes, por supuesto, y por otro la búsqueda de comprensión sobre la vida que se podría llamar “espiritual”, pero ese es ya un término antiguo, mejor es llamarlo “autoconocimiento”, incluye los últimos hallazgos científicos, roza la filosofía pero abarca otras zonas, como las de la autosanación. Situarlo en la frontera de lo espiritual, o sea arrinconarlo fuera del espacio del mundo, es también una antigüedad, porque los avances en física nos demuestran que aquello que las religiones tradicionales codificaron con el objeto de darle elementos a la gente para vivir más allá de lo rudimentario, tiene hoy su explicación en la ciencia, por lo que la humanidad va hacia la unificación de las religiones, en tanto sistemas operativos de las distintas culturas, para comprender eso no tan visible pero existente. Ahora, que ciertas religiones hayan utilizado su saber para dominar a la gente y obtener poder mundano es otra cuestión que no invalida la verdad de lo que sostenían. Este camino que yo emprendí no es precisamente un camino religioso, aunque “religión” significa “religar”, unir lo que está separado. En Occidente, la manera de entender el mundo siempre se ha basado en la división, la separación, la lucha. Yo encontré una mirada nueva desde la visión hinduista que no es una religión sino una cosmovisión, de allí que Gandhi pudiera aplicar todo ese conocimiento para vencer al imperio más grande de su tiempo: el inglés; por eso asocio a Gandhi con el Che Guevara, la fuerza de la propia convicción por encima del poder económico demuestra que hay algo más fuerte que lo material. Estando en La Habana, en el Museo de la Revolución, en el año 2000, me sorprendí escuchando un discurso que en primera instancia me pareció que lo estaba dando Gandhi; pensé: “Tradujeron a Gandhi”. Luego miré: salía de un televisor. Era el Che. Su concepto del hombre nuevo no está nada distante del pensamiento de Gandhi. Fui hilando y trabajando este pensamiento integrador entre Oriente y Occidente y aplicándolo a mi necesidad de comprender lo que me ocurría como persona. El siglo XXI, como ya lo estamos percibiendo, es el de integración de lo diverso, de lo diferente, las nuevas leyes en nuestro país dan cuenta de eso. Ya no se trata de escoger esto en vez de aquello, sino de combinar cosas que parecían insolubles, ¿no? Cuando en los ochenta Nacha Guevara regresó del exilio planteando algo parecido, fui una de las primeras que equivocadamente la acusó de burguesa. Claro, yo basaba mi esquema en la visión marxista y en el psicoanálisis, pertenezco a la llamada generación psicobolche. Pero luego la vida me planteó una gran escisión, y de estar abocada a la literatura empecé a interesarme en todo esto. Llegué incluso a pensar en abandonar la literatura, cosa que finalmente hice entre los años 2001 y 2009; fueron años de lectura, profundización, y de servicio. Me llevó un tiempo comprender que trabajar el camino interior no está reñido con una visión política. Se ve claro, por ejemplo, en la cuestión del eco sistema y la actitud de Estados Unidos, que siempre es perversa. Pequeños grupos de personas que estaban en un camino de búsqueda interior en Estados Unidos comenzaron a no trabajar tanto, con lo que dejó de responder al modelo requerido de ser un consumidor, romperse el alma como un burro y enfermarse para comprar cosas con el objeto de que el sistema se perpetúe. La suma de conductas como éstas redunda en un cuestionamiento social. Lo individual es social, afecta la totalidad. No es fácil compartir esta experiencia. Comencé con la meditación que es una práctica muy común en la India y que consiste en superar la dualidad de la mente; cuando se la efectúa con constancia se aprende a detectar interiormente aquello que está oculto. El trabajo sobre la mente es el gran aporte de la India al mundo, lo vienen estudiando desde hace milenios. Una mente escindida es una mente manejable desde afuera. Me contaron amigos que fueron presos políticos, que era común en la cárcel que viniera un guardia y les diera una orden, y luego pasaba otro o el mismo y les daba la orden contraria. Es la táctica del policía bueno y el policía malo: eso debilita a la persona porque la aleja de su sentido de unidad, así se convierte en manipulable. Lo que Gandhi hacía con los ayunos y las meditaciones era conectarse con la voluntad colectiva desde adentro. Los guaraníes que conocí en Misiones tienen sus rituales y lo hacen a través del sonido. Por eso no atentan contra la naturaleza, porque su sentido de unidad viene de una práctica profunda y cotidiana. En una época aprendí calendario maya y ese aprendizaje fue revelador para mí. Los mayas consideraban que el tiempo es arte y no dinero, como dicen los yanquis, su concepto del tiempo estaba ligado al de la autotranformación como personas. Conectarse con el ser interno es una tarea como cualquier otra. Requiere trabajo diario, ejercitación, voluntad, soportar perderse en el error y volver a intentarlo.

Perderse en el error y volver a intentarlo.


Como ya dije, esta búsqueda mía comenzó cuando yo tenía treinta y cinco años, tuve un quiebre muy profundo a nivel de salud y debí encarar un nuevo programa de vida. Lo que más me costaba era la idea de Dios. Pero claro, no era el Dios patriarcal y represor sino un poder superior; convivir con esa idea del poder superior fue un trabajo arduo, un poder superior, por ejemplo, es la climatología, la influencia de los astros o el tránsito de la ciudad. Es curioso, porque mi madre murió cuando tenía treinta y cinco años, y desde una visión freudiana se puede opinar mucho al respecto. Siempre estamos haciendo espejo con las figuras paterna y materna. De algún modo yo morí —o una parte mía— y cambié, como se dice comúnmente ahora, el paradigma o sistema de valores. Pero esto no implica dejar de pensar políticamente el mundo, se puede ser antimperialista y efectuar prácticas de meditación u otras de armonización interna. Esa división entre lo espiritual y lo material ya es arcaica, porque lo cuántico nos demuestra que la onda (sonido, por ejemplo) se convierte en partícula (materia) y viceversa, de manera que lo menos tangible o espiritual es una continuidad de este mundo cotidiano. Para la visión hindú, Dios es materia y energía a la vez. La idea de la divinidad no está separada de la creación; en este sentido la naturaleza es divina, y en eso tiene puntos en común con la visión de los pueblos originarios de América. El escritor Adolfo Colombres antes de que yo comenzara esta búsqueda solía bromear con que yo era medio guaranítica. Y con respecto a este “antes”, podría decir que desde chica había vivido experiencias que no tenían explicación y que fueron sepultadas por la visión de la ideología. Lo cierto es que luego de una serie de sueños anticipatorios voy a la India y allí estoy tres meses en un ashram. La experiencia fue absolutamente transformadora. Dejé el psicoanálisis y comencé a ahondar en esta línea a través de lecturas y prácticas. En el ashram en el que estuve se abordan los procesos interiores tomando al mundo circundante como una expresión de la propia conciencia, como una materialización o plasmación de nuestro mundo. En realidad los humanos seguimos la ley de los planetas y estrellas del cosmos, tenemos nuestra propia fuerza de gravedad y atraemos o repelemos según nuestro estado vibracional. La vibración afecta a los átomos y altera la forma en que los electrones giran alrededor del núcleo. Todo está hecho de átomos y cambia constantemente. Es el estado de nuestra mente la que modifica la amplitud de onda de las vibraciones. Así que trabajar la mente es decisivo. Volviendo al ashram de la India, se puede afirmar que el trabajo en el ashram no era muy diferente a una sesión con el psicólogo. Se comprende que es así su forma de funcionamiento. En vez de la palabra del psicólogo como interpretación que permite contrastar, se toma la respuesta del afuera a modo de interpretación. Lo sorprendente era ver lo que le ocurría a los otros también.

¿Y cuando volviste de la India?


Cuando volví de la India viajé con asiduidad a San Marcos Sierra, en nuestra provincia de Córdoba, donde hay un centro energético de la tierra muy importante. Y en cada viaje advertí transformaciones interiores. Luego comienzo a practicar Reiki, que es una técnica de armonización energética de origen japonés. Fui haciendo los distintos niveles; lo significativo es que entre nivel y nivel estuve siete años trabajando. Actualmente soy maestra de Reiki y he iniciado a varias personas. Pero no me dedico a eso. Mediante esta técnica de sanación, que parte de una visión chamánica en Japón que también se entronca con la cosmovisión de nuestros pueblos originarios, es posible desatar nudos, abrir caminos, dispersar sombras. Durante veinte años hice sanaciones a través del Reiki que me modificaron muchísimo. Pero ahora suspendí, tengo la sensación de que esa etapa se ha cumplido. Trabajando con la energía de otras personas, incluidos mis abuelos que murieron tan ancianos, se comprende al otro sin palabras, se capta a la otra persona en lo profundo; esta experiencia es, por supuesto, intransferible. Suele suceder frecuentemente que luego de una sesión de Reiki se descubra que tanto el receptor de Reiki como el canal, en este caso yo, han visualizado las mismas imágenes. Así se puede experimentar que no existe separación entre una persona y otra, como no hay separación entre nosotros y la naturaleza. En las sesiones de Reiki se siente profundamente la compasión que es una clave para cambiar el mundo.

A lo largo de estos años, desde 1989, fui pasando por distintas etapas. Lo último que comencé a practicar fue el canto védico en idioma sánscrito. Se entonan grupalmente plegarias que tienen miles de años de ser transmitidas oralmente, la vibración del sonido, como ya dije, modifica la onda vibratoria que describen los electrones que giran dentro de cada átomo y que componen las células. Es impresionante lo que puede aprenderse trabajando con el sonido. También está el conocimiento teórico. En realidad este camino se divide en cinco partes o cinco opciones posibles, es el llamado Sanatana Dharma: una es el Hatha Yoga, que es la más conocida en Occidente, el Karma Yoga, el Raja Yoga y Jñana Yoga, además del Bhakti Yoga. El más difundido en Occidente es el Hatha Yoga, que emplea el cuerpo como vehículo para el conocimiento. El Karma Yoga es el de la Madre Teresa, una militancia, una acción concreta en el mundo para transformar el mundo transformándose internamente como procesos simultáneos, y tampoco es inocuo aunque lo haya practicado una monja flaquita que apenas podía sostener una vela. El Jñana Yoga es un camino a través de lectura de los textos sagrados, el Raja Yoga está ligado a la meditación y el Bhakti a la adoración de esa perspectiva superior y trabaja con imágenes representativas y con sonidos. Es sencillo corroborar la correspondencia entre el hinduismo y los pueblos originarios de América en la manera en que utilizan las imágenes de animales como representaciones de fuerzas o energías. Sería largo y complicado explicar de qué forma las palabras son puertas de conexión con otros planos, con otras dimensiones según esta cosmovisión.

El Reiki ha sido un servicio porque nunca cobré un peso en veinte años. Ni siquiera cuando iniciaba, que se cobra mucho, y no lo hice por una cuestión personal. Una sesión de Reiki me lleva dos horas como mínimo, incluyo piedras o gemas, se transmuta mucho la energía. Hay que hacer una limpieza energética de la habitación también. Esto sólo se puede comprender a través de la vivencia. Esa es la cuestión de este camino de aprendizaje, que racionalizarlo no sirve de nada. Actualmente estoy trabajando con una línea terapéutica creada por Bert Hellinger llamado “Constelaciones Familiares”, que se vincula por un lado con la memoria celular y por otro con los aportes del biólogo Rupert Sheldrake. Para continuar hablando de estos temas reconozco que hay tantas aristas y ramificaciones en esto que no sé qué escoger. Quizá habría que hablar del ego y de los valores humanos. Los valores humanos se apoyan en cinco elementos, del cual derivan un montón de valores subsidiarios de estos. Son Verdad, Rectitud, Paz, Amor y No Violencia. En sánscrito, Sathya, Dharma, Shanti, Prema y Ahimsa. Este último fue de lo que partió Gandhi para crear el sistema que le permitió alcanzar la independencia de la India: el Satyagraha. Parece anecdótico, pero cuando se profundiza es tan clarificador. De la verdad se desprende el valor de la coherencia y de ahí lo fundamental: no mentir, no transgredir la ley social, tener unidad como persona. El tema del ego es muy vasto. En realidad en Occidente se asocia la persona con la personalidad y se ha hecho un culto de eso desde el Renacimiento. Para mí cambió el concepto de persona, la persona importa por sus valores, por su capacidad de autosuperación y de ayudar al otro a mejorar el mundo. La conciencia del mundo resulta de la suma de conciencias individuales. La idea es trabajar desde adentro hacia fuera. Reconocerse como persona para reconocer al otro. Y el servicio es fundamental. Actualmente prevalece la identificación de la persona con su rol social, con aquello que hace para ganarse el sustento, pero eso no es la persona, en la era moderna la estirpe o prosapia fue reemplazada por el dinero; ahora existen también formas equivalentes a la prosapia y el dinero como el prestigio, pero también es una falsa identidad. Competir es una tontería; Gandhi decía: “Competencia es violencia”, todo el sistema gandhiano se basaba en la no violencia, que ha sido mal traducido en Occidente como “resistencia pasiva”. No hay nada pasivo en este modo de operar, lo que pasa es que para Occidente la acción está asociada con el cuerpo. Cuando volví de la India dije que tuve que irme a la India porque en América masacraron a los pueblos originarios, este saber estaba aquí cuando llegaron los españoles. Y todavía sigue estando. Afortunadamente en Latinoamérica estamos siendo testigos de una revalorización de los chamanes que se integran a esta búsqueda. Cuando algo tiene verdad se expresa en otro paradigma o en otra cultura de la misma forma.

¿Qué leés con aprensión? ¿Qué leés entre líneas? ¿Qué leés infructuosamente o sin convicción?


Maravillosa tu pregunta. Yo leo mucho la vida, no sólo los libros. Siendo una niña me interesaban los tonos de las conversaciones además de las palabras, la forma en la que la gente contaba sus anécdotas. Tuve la dicha de que mi abuela fuera dueña de una peluquería en el barrio de Caballito cuando yo tenía cinco, seis, siete años. Ese fue el lugar de las grandes historias; las mujeres iban allí a confesarse, no sólo a cortarse y teñirse el pelo. Estoy casi segura de que escuchando aprendí a leer entre líneas y claro está, en mi barrio, Floresta, se contaban historias sabrosas sobre la gente que vivía allí o sobre los que se habían ido del barrio como si el barrio fuera una patria o un reino. Irse del barrio era poco menos que una traición a la propia identidad o un abandono de la familia. Y por supuesto, las voces teatrales de mis tíos recitando a los autores clásicos. Así que a leer entre líneas lo aprendí de la vida, porque se leían también los rostros, no sólo la voz desnuda. Volviendo a lo literario, he leído con aprensión literatura, libros muchas veces escritos por hombres que quieren seguir la moda, las últimas tendencias del mercado editorial, las exigencias que surgen desde las universidades como canon, textos en los que, a pesar de lo cultivado, se nota el esfuerzo por agradar y posicionarse. Lo que leo sin convicción es la narrativa excesivamente llana que está sólo en función de la historia; por más bien articulada que esté, me aburre, y en esta imposición con respecto al género contribuyó considerablemente el menemismo y la llegada al país de las megaeditoriales que se devoraron a las más pequeñas o medianas que, desde que tengo uso de razón, con la publicación de autores genuinos, han propiciado el sostenimiento de la tradición literaria nacional. Como consecuencia de esto fuimos testigos de la entronización de la novela del siglo XIX como modelo universalizado. El realismo finisecular expresaba una determinada visión del mundo, sabemos que las formas artísticas encuentran correspondencias con los procesos históricos en algún sentido, aunque más no sea tangencialmente, pero hoy vivimos y sentimos diferente. Es posible que esa cuestión de escribir “para que la megaeditorial me publique” haya causado impacto entre nosotros, los escritores. Hoy por hoy buscar una manera de expresar, “de decir” el mundo, supone también una manera de relacionarse con los grandes poderes. La narrativa ha sido muy cascoteada. No sé si es por ese motivo que me siento tan impulsada a seguir profundizando en la poesía. Supongo que sí.

Ezra Pound sentenció: “La piedra de toque de un arte es su precisión. Y ‘escribir bien’ es tener un control perfecto”. Y opinó: “En cuanto a la poesía del siglo veinte, así la quiero: austera, directa, libre de babosa emoción.” Te invito a derivar desde este Pound hacia donde te lleve.

Hay algo en esta cita que me lleva a pensar en “dar en el blanco”, trabajar la palabra desde el centro de una misma en tanto persona. Entiendo, desde ya, que esa afirmación de Pound se refiere a su propuesta poética con respecto a su propia tradición literaria y a la necesidad de crear postulados a seguir; aquí se trata de que yo lo vincule a mi quehacer, lo voy a intentar: La palabra escrita es una cosa seria, es un objeto denso que no soporta fácilmente el intercambio, y yo me enfrento a él con respeto y con absoluta reverencia. Pero a veces me distraigo y entonces, como diría mi abuela, “piso el palito” y la palabra me traiciona; por lo general pago muy caro el precio de mi distracción. Para llegar a esa perfección de la que habla Pound es necesario un compromiso muy grande con la labor de escribir textos que adquieran la forma que sea, relatos o poemas, pero que fulguran en la dimensión más lejana a lo pedestre. Mis años de trabajo en este oficio me llevan a pensar que la relación que establecemos con las palabras, como nuestro objeto primordial de trabajo, es la que determina el resultado. Y el peculiar vínculo que establecemos con las palabras tiene que ver con el que forjamos con respecto a la vida en general y con una parte interna de nosotros mismos en tanto personas.

Reverenciar, tomar con respeto lo que está vivo, no manipularlo desconsideradamente es la premisa y eso nace de una cosmovisión. A la clásica disyuntiva que enfrenta la vida y el arte, creo haberle encontrado una respuesta. Escribir y vivir son caminos paralelos. Puliéndonos interiormente como personas vamos encontrando los recursos para pulir nuestros textos. En caso de aprender a pulir los textos solamente, se puede alcanzar una obra relativamente perfecta, pero fría, alejada de la intensidad que, al menos, yo busco; aspiro a acercarme lo más posible a que el texto sea una revelación de los sentidos de la existencia. Obviamente se trata de ser fiel al trazado de ese camino; yo lo hago y, como no podía ser de otra manera, de tanto en tanto me equivoco, a veces me salgo de la línea, pero si se tiene claro el itinerario, no hay error que sea demasiado irreparable. En el arte lo mismo que en la vida la clave está en encontrar la sintonización precisa, algo parecido a afinar una guitarra, afinar las propias emociones, lograr que las palabras encarnen esa misma resonancia.

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