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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

Fecha de caducidad

Octavi Pereña
Octavi Pereña
miércoles, 20 de septiembre de 2006, 22:02 h (CET)
El jueves 9 de marzo de 2006, la Audiencia de Landes, Francia, condenaba a Christophe Fauviau, instructor retirado de helicópteros del ejército a ocho años de cárcel, al declararle culpable de “administrar con premeditación sustancias perjudiciales que ha comportado la muerte sin intención de provocarla”. El motivo de suministrar tales sustancies se debe a que el culpable, obsesionado por el éxito de sus hijos quería “disminuir sus sufrimientos”. Da la impresión de que inculcaba sentimientos de culpabilidad en sus hijos si no conseguían éxitos en las competiciones deportivas. Con el propósito de evitarles remordimientos por sus fracasos, Fauviau mezclaba Temesta, poderoso antidepresivo en la botellas de agua de los rivales de sus hijos en los campeonatos de tenis. Uno de los jugadores, Alexandre Lagartère, poco después de finalizar un partido de tenis con Máxime, uno de los hijos de Fauviau, se quedó dormido en el volante de su coche debido a la droga consumida sin saberlo y se mató en un accidente.

Este hecho luctuoso ha sido el resultado de una padre que no acepta que sus hijos sean tal como son. Es cierto que los padres desean lo mejor para su prole. Este deseo, pero, lo limita la realidad. Si no tienen talento para ser figuras en el deporte o en los estudios, deben reconocer sus limitaciones y aceptarlas humildemente y no pretender que lleguen a ser lo que no pueden. Es mucho mejor que sean unos buenos artesanos que unos malos médicos o abogados. Perseguir un despropósito es como pretender coger el viento con la mano. El resultado de este afán desmesurado es un daño irreparable que s e hace a unas personas inmaduras que no se cura con dopajes.

La sociedad actual es muy agresiva. Se nos presiona a que seamos el nº 1 en el campo en el que nos movemos. La realidad es que esta meta no la alcanza nadie. En algunos aspectos podemos estar entre los mejores, en otros, pero, estamos en la cola. Reconocer las limitaciones que tiene uno no es malo. Todo lo contrario, le permite vivir felizmente porque acepta con humildad lo que es. Lo malo es no reconocer la mediocridad que uno es y aspirar a que los hijos sean lo que uno no es. Cuando se da esta situación los padres descargan en los hijos sus frustraciones y les presionan a que sean lo que no pueden ser o no quieren ser. Sus vidas son un desastre. Emocionalmente enfermos. Adictos a las drogas. Las relaciones con los padres, un torbellino. Llegado el momento en que se descubre que lo imposible no puede hacerse realidad se puede llegar al extremo al que llegó Christophe Fauviau que para conseguir el éxito de sus hijos no vacila en utilizar métodos carentes de los principios éticos más elementales y que le han llevado a cometer homicidio involuntario.

La vida no consiste solamente en aquello que se puede captar con los sentidos. Las cosas materiales forman parte de la vida, pero no las más importantes. Todo lo que es humano tiene fecha de caducidad. Más pronto o más tarde pierde valor y si nuestra confianza está depositada en ello descubrimos que nos hemos empobrecido, con la consiguiente desilusión que le acompaña. Esta cuestión la enseña con claridad meridiana Jesús al decir: “No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde los ladrones minan y hurtan, sino haceos tesoros en el cielo, en donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Mateo,6:19-21).

Los padres que comprenden la precariedad del mundo material porque en Jesús han saboreado las primicias del mundo espiritual, jamás enseñarán a sus hijos a que persigan afanosamente hacerse con éxitos temporales. El cineasta y escritor Gonzalo Suárez, ha dicho al respecto: “Ver que los grandes éxitos perseguidos dan una fama efímera me ha permitido relativizar en lo que respecta al éxito como finalidad” .Hay más, cuando llegue el momento de la muerte, situación que inevitablemente se presentará, se descubrirá, demasiado tarde por cierto, que todos los esfuerzos no han servido para nada porque los tesoros y éxitos recogidos no se pueden llevar al más allá. Tal vez no conseguirán sembrar en sus almas la verdad del mundo espiritual. Intentarán, pero, hacerles entender que lo más importantes es ser personas, tal como son, sin pretender ilusionarlos con espejismos que destruyen.

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