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Opinión

Etiquetas:   El arte de la guerra   -   Sección:   Opinión

Dios nos libre...

Santi Benítez
Santi Benítez
miércoles, 20 de septiembre de 2006, 22:02 h (CET)
Suelo aprovechar los domingos por la tarde, día de por si aburrido, para visitar a mi sobrina de dos meses y medio. Lo que normalmente hago es salir temprano de mi casa e irme primero al cine, a ver algo intrascendente, que entretenga sin que tenga que plantearme la existencia del alma o lo hermoso del amor filial. Cuando salgo del cine cojo la guagua en la paralela a Mesa y López hasta la bajada de San Antonio. Cuando puedo, claro, porque este domingo intenté hacer lo mismo y me encontré con que la línea tres, a mitad de trayecto, varió su recorrido. Como es lógico, fuimos varios los que, extrañados, le preguntamos al chofer el porqué de aquel cambio, y resulta que se debía a una procesión. No me pregunten cuál, tal y como contestó el sabio a la pregunta de qué es peor, si la ignorancia o la indiferencia, ni lo sé, ni me interesa. La cuestión es que por culpa de la procesioncita de marras el tráfico en la zona fue un verdadero desastre durante más de tres horas.

Es evidente que soy ateo convencido y no crean que ello es óbice para no respetar las creencias religiosas ajenas, todo lo contrario. Ahora, eso sí, cuando las creencias religiosas no perturban la vida de aquellos que no las compartimos. Y pondré un ejemplo. En este país nuestro es bastante difícil decir que exista una confesión religiosa que no tenga adeptos; cristianos, en todas sus variantes; musulmanes, en todas sus variantes; judíos; hindúes, desde sijs hasta brahmanitas; budistas, en todas sus variantes; sintoístas, hasta la iglesia de la cienciología tenemos. Pues imaginemos que a lo largo del año cada confesión religiosa saliera a la calle en procesión, teniendo claro que tiene tanto derecho el adorador de Visnú a sacar la imagen del elefante blanco a la calle como la cofradía del Cristo de Medinaceli. Sería tal el guirigay que no habría forma de dar un paso en nuestras ciudades casi ningún día del año.

Y es que en este país de Dalí nuestro los ciudadanos protestan por una huelga, cuando esta les afecta, siendo como es la mayor expresión posible de un derecho laboral y constitucional básico - claro que nadie recuerda cuando no existía dicho derecho, que no hace tanto -, pero cuando se trata de protestar por algo relacionado con la religión, sobre todo la católica, lo hacemos en pettit comité, como en la guagua el domingo, y, por supuesto, nadie se va al Ayuntamiento a elevar una protesta por las molestias causadas.

No es mi intención negar el derecho de cada cual a tener las creencias que quiera, otro derecho constitucional que no existía no hace tanto, pero de ahí a que esas creencias, que no son mías, afecten a mi vida, va un Potosí. Es decir, un judío tiene todo el derecho del mundo a respetar el Sabath, pero no tiene ningún derecho a obligarme a hacer lo mismo, sino me da la gana.

Habrá quien diga que las tradiciones hay que respetarlas. También el toro atado, o el emboláo con fuego, o la tirada de la cabra desde el campanario son tradiciones, algunas de ellas mucho más antiguas que la religión católica en nuestro país, pero no por ello deja uno de reconocer que molestan a aquellos que prefieren la cabra y el toro tranquilitos pastando en el prado. Y lo mismo sucede con aquellos que preferimos el recorrido normal de la guagua y las expresiones religiosas donde deben hacerse, o sea, en los templos y las casas de los creyentes.

Suena de fondo "Mea Culpa", de Enigma.

Buenas noches, y buena suerte...

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