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Etiquetas:   A un toque   -   Sección:  

Raúl, objetivo de las discordias

Luciano Sabatini
Luciano Sabatini
lunes, 18 de septiembre de 2006, 20:31 h (CET)
A perro flaco todo son pulgas. Si para el Real Madrid los últimos tres añitos han sido como un paso por el infierno, su capitán, Raúl González Blanco, sabe en primera persona cuan calientes están las brasas del camino. Como cada momento en estos años en los que el equipo ha mostrado sus debilidades, tras la pobre imagen que están mostrando los blancos en el inicio de campaña (léase empate frente al Villarreal y derrota en Lyon), vuelve a ponerse en tela de juicio la figura de Raúl.

El “niño”, como solía llamársele antes de que el atlético Fernando Torres le tomara prestado el cariñoso apodo, es y siempre ha sido un jugador diferente. Todavía recuerdo cuando en su primera temporada en el primer equipo, a las órdenes de su mentor Jorge Valdano, peleaba la titulariza con el consagrado Alfonso Pérez. Raúl no acababa de ser titular, pues tenía además a Zamorano y Amavisca por delante, y tras un entrenamiento Valdano se acercó a hablar con él, “Raúl, el domingo no vas a ser titular”, le dijo, “Está bien, Jorge, pero si quieres ganar yo debería jugar siempre”, contestó con desparpajo. Por entonces solo contaba con 18 años, pero tenía muy claras las ideas. Así, con ese atrevimiento irrumpió en la primera del fútbol Español, tras un paso efímero por el equipo B, un partido en el que marcó 5 goles. Desde ese momento se hizo icono y seña de identidad de los madridistas primero, y de los españoles después.

Pero el tiempo ha sido cruel con su entorno futbolístico y con su juego. Para empezar cabe decir que cualquier jugador del mundo luce más o menos en función del rendimiento de su equipo. Si su equipo es campeón, practica un fútbol brillante, todos y cada uno de sus miembros parecerán mejores, hasta el utillero aunque haga la labor de siempre. Así, teniendo en cuenta el poco fútbol que el Madrid ha generado en los últimos años, entra dentro de lo normal que el rendimiento de Raúl haya disminuido.

Además, en su descarga, cabe recordar que el “7” blanco es delantero. En el área tiene un olfato especial, allí es un jugador sobresaliente. Ángel Cappa, que también le tuvo a sus órdenes en sus primeros años de profesional me dijo hace poco que “Raúl cuanto más cerca del área está es mejor jugador, como delantero es un fenómeno. Pero cuando le pones a jugar de centrocampista, que hasta él mismo ha dicho que no es su posición, pierde gran parte de su capacidad y se transforma en un jugador como muchos, uno bueno, pero uno más”. Hace años que Raúl ha cedido esa posición a los Anelka, Morientes, Ronaldo, y Van Nistelroy esta temporada. Como sabe jugar bien en el toque, en los apoyos, y puede contribuir en la creación, los técnicos tienden a retrasarle, lo cual es un error. Tan solo Del Bosque confío siempre en él como el primer delantero del equipo, y ahí cuajó sus mejores temporadas de los últimos años.

Raúl no es el culpable de la marcha de su equipo. Para encontrar culpables tendríamos que ir a más altas esferas y remontarnos unos meses en la historia blanca, para verle ir, y años para verle llegar. No obstante, como a todo crack, a Raúl se le pide un poco más que a los demás, y eso sí es lícito. Se le pide una jugada que desatasque un partido, un gol sacado de la chistera, en definitiva que se eche el equipo a las espaldas. Si ocupara su posición y tuviéramos paciencia, Raúl volvería a ser quien en realidad nunca dejó de ser. Por rendimiento, quizá ni él ni ninguno de los jugadores deberían saltar en el once titular, pero Raúl lleva los colores de su camiseta en el corazón, es de los pocos que quedan en el club que siguen jugando por sentimiento, y eso en esta época despojada de los valores verdaderamente importantes, hay que cuidarlo como un animal en peligro de extinción. La polémica de si debe o no jugar es estéril; si no jugara se perdería algo más que un jugador, pederíamos una ilusión y un recuerdo. Raúl es un valor, una perla que el Real Madrid y el fútbol español, que por el bien de ambos, debemos recuperar.

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