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Etiquetas:   Crítica de cine   -   Sección:   Cine

'Salvador (Puig Antich)': memoria histórica + cine

Pelayo López
Pelayo López
jueves, 2 de noviembre de 2006, 06:51 h (CET)
Para muchos, sobre todo para las generaciones más jóvenes, para el “baby boom” democrático, este nombre habrá saltado a la palestra de su conocimiento a raíz del estreno de esta película. Sin embargo, para muchos otros, para los que tienen ya una edad, su nombre les resultará incluso familiar puesto que, en buena medida, forma parte de nuestra Historia más reciente. También esta misma semana se ha estrenado la última Palma de Oro en el Festival de Cannes –por cierto, allí se presentó también esta cinta-, la última historia de Ken Loach con la que regresa de nuevo al conflicto en Irlanda, El viento que agita la cebada. Si los ingleses y los irlandeses siempre están dispuestos a presentarnos esta realidad, lo cierto es que en nuestro cine, si dejamos a un lado títulos como Siete días de enero o La noche más larga, parece que la amnesia generalizada haya borrado todo recuerdo de aquellos años.

Manuel Huerga, director de Antártida -pero sobre todo de numerosos documentales, de eventos de toda índole, e incluso con un pasado en la gestión fílmica institucional en Cataluña-, pretende con esta historia, basada a su vez en un libro, traernos a la mente a un joven que, junto a Heinz Chenz –otro desconocido que sufrió la misma “suerte” y que reflejó Els Joglars en La Torna-, se convirtió en el último ajusticiado por el régimen franquista con el “garrote vil”. El 2 de marzo de 1974, en la Modelo de Barcelona, Salvador Puig Antich fallecía por este cruel método de tortura, método similar a otros como la silla eléctrica, la cámara de gas o la inyección letal, métodos, por cierto, utilizados todavía en países paladines de la democracia. Muchos pueden recurrir a un fácil argumento para desprestigiar esta película. Sin embargo, no serían justos si lo hiciesen, a pesar de que el metraje manifiesta varios defectos de forma. Salvador no es sólo un episodio de nuestra Historia, sino también un más que correcto producto cinematográfico.

Su duración, circunstancia que podría haberse rebajado sustancialmente suprimiendo varias escenas innecesarias para el hilo argumental principal, podríamos dividirla en dos partes claramente diferenciadas: una primera en la que el protagonista es detenido y relata a su abogado mediante flashbacks todas las decisiones que le han conducido hasta la cárcel, y una segunda en la que se produce la tensa espera hasta el cumplimiento de la pena capital, tal y como ocurría con Sean Penn en Pena de muerte. Aquí el papel de Salvador, nombre difícilmente más acertado para un mártir, es interpretado discretamente por Daniel Brühl, un joven actor alemán de raíces familiares españolas que últimamente da vida a personajes con una interesante carga política y moral, como en Good bye Lenin, Los edukadores o Cargo. No acaba de encajar ni de convencer en el papel. Quienes sí encajan de manera brillante son Tristán Ulloa, como abogado implicado hasta las cejas en el proceso, y Leonardo Sbaraglia, como carcelero pro-franquista al inicio y redimido concienciado al final. Curioso el hecho de que dos de los papeles principales sean interpretados por un alemán y un argentino, en una película, además, en la que queda patente, con el uso del catalán y el doblaje, la pugna lingüística que existía en la época. Junto a ellos, numerosos actores y actrices con unos trabajos estupendos que convierten a la película en una de esas de antaño de actores de reparto: Aida Folch, Antonio Dechent, Beatriz Segura, Carlos Fuentes, Celso Bugallo, Ingrid Rubio, Joaquín Climent, Joel Joan, Leonor Watling, Mercedes Sampietro… A pesar de que se escuchan temas de gente como Leonard Cohen, todos ellos actúan al ritmo de la música de otro catalán ilustre, Lluís Llach, que nos ofrece una partitura acorde a la historia, bastante diferente a lo que suele ser habitual en él, y que pone el broche de oro con el tema final dedicado a la memoria del protagonista.

Tenemos que resaltar también varios aspectos en lo que se refiere a la estética de la cinta. Además de una cuidada ambientación estilo Cuéntame como pasó, la alta definición le ha permitido al director usar distintas texturas y tonalidades en función de las escenas de cárcel o de calle, de las escenas de España y de Francia… En lo que se refiere al montaje, muy actual y dinámico pero sin perder la esencia de la época, destacar los títulos de crédito iniciales en el blanco y negro de aquellos años y con el rojo de la sangre derramada, todo ello aderezado además con imágenes de personajes de los que, en el transcurso de la película, comprenderemos su vinculación con el fatídico desenlace. Al final, también una secuencia de imágenes en color, el color de la transición, con acontecimientos que marcaron el devenir de ese proceso democratizador. Curiosamente, uno se pregunta si el protagonista de la primera de esas imágenes, el rey del tablero de ajedrez, no pudo hacer algo más para evitar esta muerte. Achacar por el contrario, porque también tiene sus pequeños defectos, la estirada espera final –aunque sin duda para los protagonistas debió ser mucho peor- y la versión algo idealista de todo: la relación entre el carcelero y el preso, que los jóvenes del Movimiento Ibérico de Liberación eran todos maravillosos y que los policías franquistas eran todos muy oscuros, los al parecer innumerables resquicios del corporativismo del régimen –pregúntenselo a algunos de los actuales e ilustres pro-demócratas, la licencia del grito final contra Franco del carcelero sin que nadie haga nada…

La película, que ha contado con el apoyo familiar, es un claro ejemplo del compromiso de una arte, una lección colectiva para la sociedad sin dejar de lado el celuloide en que está elaborada, una lección de memoria histórica + cine.

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