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Opinión

Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Joseph Ratzinger

Jorge Óscar Saffores
Redacción
domingo, 17 de septiembre de 2006, 10:32 h (CET)
Benedicto XVI acaba de tildar de irrazonable a la teoría de Darwin. También reprocha a la ciencia su condición prescindente de la subjetividad religiosa, culpándola de la deserción de fieles y creyentes.

Afirma que ésta no puede explicar el origen del mundo sin la participación de Dios, y sin Él las cuentas no cierran. El Papa se suma así a la defensa de la “ciencia partisana”.

También invita a los católicos a preguntarse, ¿qué cosa existe en el origen? Y a ésta incógnita cabría agregar, ¿en el origen de qué?, ¿del universo?, ¿de la vida?, ¿del tiempo?, ¿de Dios?

La ciencia, a diferencia de los credos, abre cientos de créditos por cada cuenta que cierra. Al aumentar el área del conocimiento extiende el perímetro de su ignorancia. Todo en ella es relativo y cargado de incertidumbre, carece del absolutismo de un Creador. No tiene principio ni final, solo caminos que recorrer. Hija o madre de la técnica, según los casos, sus orígenes aristotélicos han quedado apenas como apéndices filosóficos transitorios, éticos y normativos de algunas aplicaciones como la confrontación actual entre bioética e ingeniería genética, conflicto fantástico y herético hace tan solo cincuenta años.

Conocer con certeza las cosas y los fenómenos seguirá siendo la meta de todo científico que esté dispuesto a indagar metódicamente, principios, causas, efectos y relaciones.

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