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Etiquetas:   Cesta de Dulcinea   -   Sección:   Opinión

Nuevo síndrome Natascha

Nieves Fernández
Nieves Fernández
domingo, 17 de septiembre de 2006, 03:48 h (CET)
Apenas hace un mes que la joven Natascha, encontró su libertad, “libertad provisional” que la obliga a permanecer en un hospital de Viena, recibiendo terapia de grupo junto a jóvenes aquejadas de anorexia y otras enfermedades, cuando su historia se cotiza a cantidades astronómicas a ritmo de culebrón y capítulos de prensa.

En las últimas horas le han ofrecido hasta 30 proyectos cinematográficos y teatrales para contar la historia del largo secuestro con su beneplácito, pero de momento no se decanta por ninguno, y sí se interesa por centrarse en solucionar su vida.

Sorprende la entereza de la chiquilla al responder en su primera entrevista televisiva, a las dos semanas de encontrarse liberada, entrevista récord de audiencia en Austria y otros países europeos. Destaca y emociona ese primer y fresco deseo infantil de tomarse un helado, deseo que ve cumplido, convenientemente camuflada, junto a su psiquiatra, disfrutando también de algo tan simple y maravilloso como es poder sonreír abiertamente a todo el mundo, sin miedo a ser reconocida.
Pero también sorprenden otros detalles como que la joven no esté cerca de su familia y sí rodeada de 12 profesionales entre los cuales se encuentra, junto al psiquiatra, un abogado, un jefe de prensa, una tutora, un asesor de medios de comunicación, una asistente social, un neuropsiquiatra y varios médicos.

Pese a no ser menor, ya cumplió 18 años, las instituciones austriacas se han puesto a su servicio y, con su ayuda, Natascha Kampusch está empezando a tomar sus propias decisiones, decisiones a veces duras y extrañas viniendo de una persona que no ha estado acostumbrada a decidir lo más mínimo, o sí, en ese zulo donde ha pasado gran parte de su vida consciente. De momento, está alejada de su familia, y podría vivir siempre alejada, “no es necesario que vivamos juntas”, dice refiriéndose a su madre, aunque le gustaría conservar la habitación algo remodelada de sus primeros años. La otra habitación, el zulo, también lo considera su cuarto, su intimidad y así lo expresa muy molesta cuando numerosas fotos son difundidas por medio mundo esclareciendo su cautiverio. Por su parte, su padre se queja de no poder verla cuanto quisiera y acusa a sus consejeros de manipularla.

Natascha ha ganado hasta ahora con los medios más de un millón de euros, como si le hubiera tocado la lotería; su futuro, económicamente hablando lo tiene asegurado, el otro lo tiene más complicado, tanto que de momento debe protegerse del acoso mediático, además necesitará más de los ocho años que ha durado su secuestro para superar el drama, así como presentarse a exámenes especiales para que le sea devuelto su derecho a la educación, otro derecho fundamental que le fue arrebatado aquel día maldito al salir, precisamente, del colegio.

Igualmente decide que de mayor quiere ser periodista, abogada o psicóloga para ayudar a otras mujeres como las del proyecto de mujeres mexicanas que han sido secuestradas como ella. A su abogado le pide que reclame para ella la casa donde estuvo secuestrada, lo cual la convierte en una extraña heredera, eso sí, dando la posibilidad a la madre de su secuestrador de usarla en usufructo. También decide que quiere irse de crucero con su madre. Mientras decide cómo tomar el rumbo de su vida se tapa la cabeza con pañuelos violetas y negros que le permitan en un futuro cambiar de imagen y camuflarse entre las demás chicas de su generación o de su barrio. Y decide más, votará en su país en otoño, políticamente se siente preparada. Son decisiones extrañas como la que le llevó una tarde a salir del garaje con tanto miedo como valentía e iniciar lo que ya se ha dado en llamar el nuevo síndrome Natascha.

Paz y protección piden para ella; a su criminal secuestrador, al suicidarse, no se le pide nada, ni siquiera se puede impartir justicia por retenerla esclavizada y por crear en su víctima un síndrome de Estocolmo tal, que hasta se le podría cambiar el nombre al viejo síndrome de los secuestrados en la ciudad sueca en 1973 por el atraco a un banco.

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