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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Innecesarias religiones externas

José Vicente Cobo
Vida Universal
sábado, 16 de septiembre de 2006, 00:11 h (CET)
Muchas personas se atan a “religiones” en la creencia de que las enseñanzas de su religión son un criterio divino, de que su religión es el camino a Dios. Pero ¿para qué necesitamos una religión externa con ritos, cultos, ceremonias y cosas similares? Si nos atuviésemos a las enseñanzas del Espíritu de Dios, cualquier religión externa sería innecesaria.

En tiempos pasados Dios envió siempre hombres y mujeres iluminados así como profetas a los seres humanos. Ellos nunca trajeron una religión externa ni jamás construyeron instituciones externas con catedrales y edificios eclesiásticos, sino que enseñaron la religión interna, la religión del corazón. Dieron aclaraciones a la humanidad sobre los dos polos en el devenir de la vida, el antes y el después. Pero las religiones externas, que en sí mismas no tienen consistencia y por eso tampoco pueden ofrecer ningún apoyo a los creyentes, el apoyo en Dios en el interior de cada uno, a raíz de su sistema de vida orientado a lo externo requirieron y siguen requiriendo de intermediarios externos, como quien dice de personas “sólidas”, que actúen concretamente en el ámbito físico-material, es decir, sacerdotes, que son los que suplen la falta de sustancia espiritual, la escasa competencia espiritual, mediante los subterfugios de ritos y cultos vacíos y los sermones acerca de los supuestos “secretos de Dios”.

Los sacerdotes han tergiversado a lo largo de los siglos la verdad de Dios de acuerdo con su forma de entender las cosas y a su arbitrio, restringiendo los amplios conocimientos sobre el aquí y el Más Allá, acomodándolos en su enseñanza a los deseos y necesidades de los seres humanos, estropeando y recortando todo de la forma que le era y le es más agradable a la casta sacerdotal, para mantener bajo su dominio a aquellas personas que, algunas por desconocimientos y de “buena fe” sin embargo, en la mayoría de los casos renunciando a su sentido común y sacrificándolo, se han sometido a la religión externa, es decir, se han subordinado y hoy se siguen subordinando, presos en la camisa de fuerza de un largo, muy largo adoctrinamiento, desacostumbrados a pensar y vivir de forma independiente y autoresponsable.

Ser teólogo o sacerdote es un oficio y no una vocación, una disposición del interior. El término sacerdote tiene muy poco que ver con el Espíritu de Dios. El cura, el sacerdote es en su iglesia un funcionario.

El poder de los sacerdotes sobre sus creyentes se basa en el hecho de que estos últimos, debido a la enseñanza dominante y a los cultos de la iglesia aparentemente imprescindibles y necesarios para la salvación, no parecen tener ya otra posibilidad de entender y superar la vida terrenal por sí mismos. No saben ni de dónde vienen ni hacia dónde van, ni conocen la ley de siembra y cosecha, la ley de causa y efecto.

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