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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Tiempo de ocio

Francisco Arias Solís
Redacción
sábado, 16 de septiembre de 2006, 00:11 h (CET)
“Es de noche. Se platica
al fondo de una botica.”


Antonio Machado

La sociedad occidental, y con ella la española, es una sociedad orientada al trabajo y la producción, sin embargo, cada vez resulta más necesario plantearse el tema de ocio.

Entre los sociólogos profesionales hay tendencia a examinar exclusivamente las grandes cuestiones estructurales de nuestra sociedad y marginar por tanto, aquellos aspectos que siendo aparentemente más triviales ocupan una parte no despreciable del tiempo del hombre contemporáneo. El ocio ha ganado en España carta de naturaleza en los últimos años. El desarrollo económico y el incremento del nivel de vida ha generalizado pautas de comportamientos antes minoritarias. La televisión, la radio, la compra y lectura de periódicos y revistas, la escapada a la playa son actividades al alcance de muchos, de la mayoría. La incapacidad crónica de nuestra economía de proveer de trabajo a todos los que lo desean ha dejado a muchos con un tiempo disponible susceptible de usos alternativos. Amas de casa, jóvenes, adultos sin empleo son algunos de los que disponen de un tiempo de ocio para el que están escasamente preparados.

En síntesis, que el ocio, las actividades festivas y lúdicas afectan a todos, a los niños y a los viejos, a los ocupados y a los parados, a los hombres y a las mujeres. Es, en suma, un fenómeno universal. De su generalidad también se benefician la economía y la sociedad española. Cada año, millones de turistas invaden las costas, las autopistas y carreteras en busca de sol, la arena y el mar. De ellos, se obtienen los millones de euros que permiten equilibrar la balanza de pago, generar empleo para muchos, riqueza e industria.

Es posible que la transformación del ocio en industria haya colaborado a la recuperación ideológica de las actividades lúdicas. El ocioso ya no es un parásito, es alguien que contribuye al enriquecimiento colectivo e individual y, por tanto, merecedor de nuestro reconocimiento. Existe además la posibilidad de que el inactivo temporal sea un honrado asalariado, que justifica su cuota de sol y playa con el trabajo retribuido o no disponen de rentas suficientes y que sí disponen de un tiempo de ocio considerable. La transformación del ocio en industria, en mercado, ha generado y generará muchas frustraciones.

Cada vez es más necesaria una política de ocio, una política cultural y deportiva ambiciosa. Ideológica e institucionalmente todo está orientado hacia el trabajo, a la producción, a la generación de riqueza y éstos son bienes escasos y mal redistribuidos. Nadie pone en duda de que el trabajo es muy importante, de que es un factor de producción, de renta, de relaciones sociales, campo de actuación de las políticas gubernamentales, objetivo del sistema educativo, fin y medio a la vez. Pero junto al trabajo, o después de él, aparece el ocio. Y éste, y no sólo como industria sino también como pedagogía, debería atraer nuestra atención. Y como se preguntaba el poeta: “¿Será un crimen pensar que esto es un crimen, / cuando en verdad el verdadero crimen / es no darnos respiro nuestro tiempo / para a diario cometer tal crimen.

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