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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

La eclipse del no ser en un mundo de dominadores

Cuando una sociedad se encamina hacia la negación del ser acaba por no encontrar la energía necesaria para cambiar de actitud
Víctor Corcoba
jueves, 31 de octubre de 2013, 07:39 h (CET)
Vivimos en la eclipse del no ser, dejándonos seducir por una masa dominadora de espíritu interesado, que decide por nosotros. Cada día hay menos ciudadanos con voz a los que se les escuche. Todo se reduce al dominio de la materialidad, de las finanzas, y lo que es peor, nos dejamos regir por esa realidad que nos destierra, o despoja, hasta del reino de la humanidad. Es evidente, que vivir bajo este contexto irracional, nos lleva a la desesperación permanente y continua. El orden lo dicta un mercado. La ética la impone un poder avasallador. Lo que da sentido a nuestra vida es el consumo, con sus raciones de mentira y sus dotes de fortaleza. El más fuerte se merienda al más débil como siempre. Ahora más, porque nos creemos mejores, y somos la injusticia andante. Por desgracia, nos hemos situado en un marco de irresponsabilidades, de negocios confusos, de búsquedas absurdas, dejándonos arrastrar por pedestales sin escrúpulos. Así, es imposible desarrollar relaciones de amistad, de diálogo sincero cuando nadie derriba sus intereses particulares, la doctrina del poder se impone y de qué manera, sin contar para nada el ser humano como tal, provenga de donde provenga.

Si viviéramos en el ser habríamos madurado mucho más el término humano, ocupándonos y preocupándonos por cada vida, reconoceríamos el bien colectivo tantas veces disipado, apostando por otros comportamientos más humanistas. Cuando una sociedad se encamina hacia la negación del ser, permitiendo las mayores atrocidades en las personas, acaba por no encontrar la energía necesaria para cambiar de actitud. Perdida la sensibilidad humana todo se derrumba, mientras los desenfrenados deseos de placer y egoísmo se acrecientan. Las personas, sin exclusiones, tienen derecho a vivir una vida digna, lo sabemos, pero los surcos de las vicisitudes humanas son cada día más alarmantes. Por doquier lugar germinan los conflictos, resurge la violencia, la falta de futuro de tantas personas, el incumplimiento a tantos derechos humanos, avivando una crisis humanitaria de grandes proporciones y que empeora día tras día. Negar esta situación exige que cada uno asuma sus propias responsabilidades, a fin de que se activen sin demora otras condiciones más solidarias para el verdadero desarrollo de todos los ciudadanos.

Sin duda, en el mundo de los dominadores, hay muchas puertas oscuras y poca luz para abrirlas. Se precisan otros mentores, o líderes, que entiendan la dominación como un servicio, como una generosa entrega a la esperanza, como una expresión de humanización y de humanidad. Ahora bien, no son los dominadores los que redimen al ser humano. Somos todos, en su conjunto, y nadie en especial. Ya lo dijo Montesquieu en su tiempo, para que no se pueda abusar del poder, es preciso que el poder detenga al poder. Un mundo en el que hay tanta desolación, tanto cinismo dominador, tanta permisividad ante el sufrimiento de inocentes, no se puede guiar predicando lo que uno mismo no cumple. Indudablemente, más pronto que tarde, estas injustas hazañas se nos vuelven contra la propia humanidad. Hoy no cuenta el ser humano por lo que es y representa, cuentan sus dineros. Los efectos, de tantas contrariedades inhumanas, ya resplandecen por todos los rincones. Ahí está la mayor crisis que padecemos, el no poder ser persona liberada de tantas mezquindades, alguna como la envida, el más miserable de los vicios, arrastrándonos por el suelo como víboras.

Uno tiene que poder, por consiguiente, ser ciudadano con la actitud de poder salir de uno mismo y de estar en medio del mundo con la generosidad de sentirse parte de ese orbe. Desde luego, no podemos vivir a gusto sin la propia aprobación de nuestras actuaciones. Precisamente, la grandeza de un ser humano, radica en que nos haga a todos sentirnos grandes. No debemos permitir que alguien que se acerque a nosotros, se vaya sin sentirse mejor o al menos consolado. Son estos gestos sencillos, pero de corazón, los únicos que nos hacen crecer. Liberarse de estas miserias, mientras la sociedad rivaliza entre unos y otros, es lo que hace a uno sentirse alguien. El día que el ser humano brille por su bondad finalizarán todas las contiendas y la propia existencia será un oasis de paz. Lo cruel es que el ser humano aún no haya aprendido a dominarse a sí mismo y, sin embargo, pretenda dominar también lo ajeno.

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