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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El arte industrial

Francisco Arias Solís
Redacción
jueves, 14 de septiembre de 2006, 23:23 h (CET)
“Yo nací -¡respetadme!- con el cine.
Bajo una red de cables y de aviones.”


Rafael Alberti

Durante mucho tiempo se ha considerado que el cine era una industria. Este tiempo no ha tocado a su fin; se habla todavía, y con buenas razones, de la industria cinematográfica. Cabe alejar que se podría hablar asimismo de la industria musical o de la pictórica; al fin y al cabo, la música y la pintura constituyen a menudo –cuando menos en nuestra época- actividades ligadas s las organizaciones industriales y comerciales. La llamada “música popular” se haya muy industrializada, y un respetable sector de la pintura está profundamente comercializado. Sin embargo, el cine parece ser el arte industrial por excelencia, y ello por diversas razones.

Para empezar, el cine es caro. Si uno está dispuesto a confiar a la providencia la suerte que va a correr su obra, puede escribir una novela, pintar un cuadro, componer una sinfonía o pergeñar una coplilla sin alterar en demasía el presupuesto. En cambio, aun a un nivel modesto, una película realizada con cierto grado de competencia técnica exige desembolsos respetables.

Tales desembolsos, no son ajenos al hecho de que desde muy pronto la producción de películas tomó el carácter de una “empresa”. Era menester sufragar los gastos de la producción de películas, pero la naturaleza humana –por lo menos la naturaleza humana en la moderna sociedad industrial- no se contenta con sufragar gastos; aspira también, y sobre todo, a lucrarse. Esto requiere comercializar el producto. Lo cual sucede también en otras actividades artísticas, especialmente en las que se traducen en espectáculos. Poner en pie una compañía teatral, o de ópera, o un ballet, o una orquesta sinfónica, etc., no es cosa que pueda hacerse con cuatro euros –ni, hoy día, con 40.000 euros-, y sucede con frecuencia que la carestía de la empresa determina el producto, o tipo de producto, que ésta ofrece, y hasta condiciona la producción. Mas no al punto que ha ocurrido en el cine, donde buena parte de la producción se ha armado con el ojo puesto en el rédito.

El carácter empresarial de la producción cinematográfica se debe también a otros motivos, y aunque ninguno de ellos está estrictamente desligado de los factores económicos, pueden considerarse independientemente. Por ejemplo, el hecho de que el cine apareciese desde muy pronto menos como un arte que como un “entretenimiento”. Aunque en muchos casos el carácter industrial de la producción cinematográfica no le impidió desarrollarse artísticamente. Hasta hace relativamente poco era común, entre los “intelectuales”, y especialmente entre los escritores, despreciar el cine tan a fondo como a la hora de la celebración de su centenario muchos de la misma especie lo idolatraron, y hasta marcharon a remolque suyo. El cine no parecía ser, en suma, cosa “seria”; en todo caso, no parecía ser un arte cabal, en la medida en que haya algo puro en el mundo, un arte puro –o “puro arte”-.

Cuando se habla de cine como industria proveedora de “entretenimiento” se piensa siempre, o casi siempre, en Hollywood, con su constelación de estrellas, sus gigantescos estudios, sus ejércitos de técnicos, sus tropeles de dóciles, operadores, autores de guiones y de agentes de publicidad. Hollywood se erigió en modelo –no necesariamente ejemplar- de la empresa cinematográfica, infatigable paridora de espectáculos, fábrica altamente rentable de ensueños. En algún sentido, pues, Hollywood ha sido la Meca del cine como industria en la sociedad capitalista moderna.

Hollywood –un nombre que funciona aquí meramente como un símbolo- se limita a hacer lo que hacen todos los que trafican –comercialmente, o políticamente- con el halago; pídase sexo, drogas, o violencia, y ahí irán a carretadas. Los llamados “productores independientes” se han multiplicado y han demostrado que se pueden hacer películas sin echar la casa por la ventana, pero aun entonces se encuentran inermes sin espaldarazos económicos y sin el apoyo de algún sistema de distribución falto del cual los esfuerzos del cineasta son penas de amor perdidas. Y como dijo el poeta: “Yo creí que con el tiempo / mis penas se acabarían, / y se me van aumentando / como las horas del día”.

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