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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

La España cainita de los contrastes

“Tengo un corazón de animal domesticado y un alma de ave de rapiña. A veces me parece que ésta despedaza a aquella”, A. A. Vasseur
Miguel Massanet
miércoles, 30 de octubre de 2013, 09:00 h (CET)
Sentimos la sensación de que el pueblo español no se siente a gusto viviendo en paz y concordia y gozando de los mil privilegios con los que nuestra situación geográfica nos premia y nuestro carácter abierto y festivo nos regala. Somos capaces de las mayores hazañas, los gestos del mejor altruismo y generosidad y, al mismo tiempo, tenemos la mayor capacidad de odio, rencor, indisciplina y autodestrucción de todos los países civilizados con los que nos relacionamos.

Descubrimos América, nos beneficiamos de sus inmensas riquezas y aportes culturales y, al mismo tiempo, fuimos capaces de despilfarrarlos, malgastarlos, destruirlos y, al propio tiempo conseguimos granjearnos la enemistad de todas aquellas naciones sobre las que gobernábamos. Chulería, prepotencia, machismo y una gran dosis de endiosamiento caracterizaron nuestras relaciones en los lugares donde tuvimos presencia. Luchamos contra los franceses in inferioridad de condiciones, con heroísmo y patriotismo para obligarles a que abandonaran nuestro suelo patrio, gracias a personajes como Agustina de Aragón, Daoiz y Velarde y, sin embargo, nos dejamos arrebatar nuestras colonias gracias a la ineptitud de nuestros políticos y al egoísmo de aquellos que se negaron a defenderlas.

Somos el pueblo de los grandes contrastes, del individualismo indisciplinado y de la generosidad colectiva; ingobernable y, a la vez, capaces de asumir los más grandes sacrificios. En definitiva, una nación complicada de eternos descontentos en la que en las tertulias de café, en las reuniones familiares y en cualquier círculo de opinión, desde el más analfabeto al más ilustrado, da su veredicto sobre cual es la mejor forma de gobernar al país. Todavía los hay que hacen causa de su rencor por haber sido vencidos en la Guerra Civil, después de 74 años de que finalizara, sin darle opción alguna al olvido, a la posibilidad de una reconciliación, pretendiendo, como ha estado haciendo la izquierda, no solamente intentar dar una versión sesgada, amañada y trucada de lo que fueron los antecedentes y los tres años de la contienda civil, sino aprovecharse del odio hacia Franco y su dictadura, para intentar identificar aquella a la actual derecha democrática con aquellos personajes.

Los españoles de las actuales generaciones, acostumbrados a la vida fácil, a las prestaciones sociales, al pleno empleo, a las largas vacaciones y a gozar de todas las comodidades que les ha ofrecido una época de desarrollo y progreso social, económico, cultural, científico, técnico y de libertades; ahora, cuando la crisis les ha obligado a reconocer que, en España, habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades, son incapaces de resignarse y aceptar la cruda realidad de que esta nación no puede seguir sosteniendo un gasto público que, todo hay que decirlo, ha ido aumentando a medida que las autonomías han ido asumiendo más competencias al tiempo que, el Estado, ha sido incapaz de reducir su plantilla y de controlar los grandes despilfarros que se han producido en alguna de ellas, amparados en unos Estatutos a todas luces en desacuerdo con los principios constitucionales.

Aquellos niños malcriados, a los que sus padres les dieron todo: educación, coches, motos, pisos, caprichos y poca disciplina; hoy convertidos en adultos son incapaces de entender, como tuvimos que aprender los niños de la guerra, que hay que hincar los codos, hay que esforzarse y sacrificarse para poder obtener lo que uno ambiciona y, a la vez, se ha de tener la entereza para poder afrontar las desgracias, con igual serenidad, cuando las circunstancias se muestran adversas y se han de retroceder pasos para afianzarse antes de enfrentarse al futuro con espíritu de pioneros que saben que, en la vida, no siempre se triunfa.

España, señores, sufre una de las mayores tragedias que se pueden producir en un país. Por un lado, una izquierda dirigida por el PSOE del señor Rubalcaba, en sus horas más bajas y con luchas internas, empeñado en hacer olvidar los años en los que ostentaron el poder y consiguieron llevar a la nación al borde de la bancarrota, e intentando enarbolar la bandera de la rebelión revolucionaria, dejando de lado el que estamos en un Estado de Derecho, una democracia constitucional y parlamentaria, donde las mayorías quedan establecidas por las urnas y no por las manifestaciones callejeras, los mítines políticos o las huelgas de aquellos, como es el caso de los docentes, que tienen miedo a que una nueva ley de Educación acabe con sus privilegios, les obligue a reciclarse y deban renunciar a convertir las aulas y las universidades en centros de adoctrinamiento ideológico, en los que ir reclutando prosélitos para su causa revolucionaria.

Unos partidos de izquierdas empeñados en gobernar desde las calles y no desde los escaños parlamentarios; unos cabecillas que aspiran a recobrar el poder, aunque ello signifique traicionar a todos los españoles, desacreditar a las instituciones del Estado, promover el caos ciudadano y fomentar toda clase de actos vandálicos y de insumisión a las leyes estatales, con tal de socavar la autoridad del Gobierno aunque ello sirva para poner en tela de juicio la solvencia del país ante los inversores y foros internacionales, que miran sorprendidos como una España, en la que se empiezan a notar síntomas de recuperación, se está haciendo el hara kiri; proyectando una imagen penosa de lo que es, en realidad, nuestra realidad ciudadana.

Para acabar de redondear lo que es nuestra actual apariencia, como país en problemas, no falta más que constatar la descarada actitud desleal, marrullera, inconstitucional, desafiante y sediciosa de la comunidad catalana, que se ha constituido en cabecilla y cabeza visible de lo que es el nacionalismo español, representado por autonomías como la Vasca ( vigilando de cerca el proceso catalán) y algunas otras, como Baleares y Galicia, que permanecen expectantes a la espera de ver cómo se resuelve este contencioso para poner en práctica sus propias demandas. La forma en que, en apenas dos años, el problema catalán ha pasado de mero movimiento de minorías a ser una de las preocupaciones de mayor magnitud respecto al mantenimiento de la unidad del Estado español; nos da la medida de lo que ha sido el movimiento separatista en esta región. La propaganda llevada a cabo, impunemente, por los sediciosos; la labor de proselitismo en las escuelas y universidades catalanas y la actitud retadora y jactanciosa del Gobern catalán y todas sus instituciones, negándose a aceptar las resoluciones de los tribunales del Justicia, desde el TSJC, el TS y el propio TC, cuando, como ha ocurrido con el problema de la enseñanza del español, les han desagradado y, por ello, se han negado a cumplirlas; convirtiendo estos temas en casus belli, con los que no han querido transigir por mucho que, desde el Gobierno, se les ha conminado a cumplirlas.

Pero es que, señores, por la otra parte, por lo que se refiere al señor Rajoy y el PP, no se puede decir que se hayan enfrentado con decisión a los retos de su gobierno. Aceptamos que dejara en saco roto sus promesas de no bajar los impuestos, debido a las circunstancias excepcionales con las que tuvo que apechugar; pero se da la circunstancia de que, en lo que se refiere al resto de sus promesas, tampoco las ha cumplido y, en lo concerniente al terrorismo, a la reforma de la administración de la Justicia o a la imprescindible reforma de la Administración pública; resulta que su actitud es dubitativa y a veces sospechosa. Un desastre, señores, que lleva visos de acabar en componendas, marrullerías o traiciones encubiertas, que van a acabar con el destrozo de nuestra nación. O así es, señores, como lo veo yo.

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