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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

Enfermedad social

Octavi Pereña
Octavi Pereña
miércoles, 13 de septiembre de 2006, 21:43 h (CET)
Las tertulias radiofónicas y televisivas se han explayado comentando y analizando el caso de Alba, la niña de 5 años brutalmente agredida, presuntamente por su madre y padrastro, que terminó siendo ingresada en un hospital en el que se le detectó un edema cerebral. Además de la responsabilidad directa del padrastro y de la madre, se ha de añadir la descoordinación responsable detectada en la comunicación entre el juzgado, cuerpos policiales y el Departamento Protección de la Infancia de la Generalitat de Catalunya.

En la tertulia televisiva ofrecida por TV Lleida del pasado 9 de marzo y que tuve la oportunidad de seguir, los contertulianos, cuando debatieron el caso de la niña Alba llegaron a la conclusión de que nuestra sociedad está muy enferma. Diagnosticaron, sí, pero no aportaron remedio a la grave dolencia detectada que hace tantos estragos. En las tertulias de TV Lleida y me imagino que en las de todos los medios de comunicación participan abogados, psicólogos, educadores, ecologistas, políticos…Que yo sepa nunca ha estado presente un representante de alguna confesión religiosa que aporte una visión distinta para la solución de los problemas sociales que nos afectan gravemente. La sola presencia de un religioso profesional o de algún laico comprometido en el hecho religioso no significa que con su sola presencia desaparecerá como por arte de magia del escenario público la enfermedad social diagnosticada por los contertulianos de TV Lleida. No. La solución del grave problema social que nos afecta no es tan fácil. La ausencia sistemática de algún representante de alguna comunidad religiosa en las tertulias pone de manifiesto que no se considera necesario que lo que afecta al alma humana tenga un peso específico en la solución de los graves problemas sociales que nos atañen hoy.

A los contertulianos de TV Lleida que debatieron el caso de la niña Alba se les notaba desorientados al hablar de la brutal violencia ejercida sobre la indefensa criatura. No sabían qué decir al respecto del mal social que comentaban por la sencilla razón de que no entienden ni pizca del asunto. El motivo es muy sencillo. Nadie puede hablar con autoridad de lo que afecta el comportamiento humano si uno no se conoce a sí mismo. Ausente el auto conocimiento, ¿cómo se puede conocer a los otros?

En las tertulias radiofónicas y televisivas no es frecuente ver a personas, no que hablen de Dios, sino que le conozcan. Una persona medianamente instruida y con labia puede dar lecciones magistrales sobre Dios que embelesan a los oyentes. Lo que nuestra sociedad enferma necesita no es que se le hable de Dios, sino que se le acerque a Él. Para alcanzar este propósito es preciso que el contertuliano no sea una persona que hable de Dios de labios, sino que le conozca personalmente.”Al que me ha visto a mi ha visto al Padre” dice Jesús. En otra ocasión afirma: “Yo soy el camino, la verdad y la vida, nadie va al Padre si no es por mi”. Ambos textos relacionan al Padre con Cristo y la indispensabilidad de Cristo para conocer a Dios Padre. Cuando el contertuliano reúne la condición de conocer a Cristo deja de ser un charlatán de Dios para convertirse en alguien que pone todo su sentimiento en acercar a Dios a los hombres. Su corazón habla para conseguir que sus oyentes se den cuenta de su condición de pecadores necesitados de Cristo que, siendo el médico del alma perdona los pecados y cura la enfermedad espiritual que entre otros males puede ocasionar daños tan graves como los producidos a la pequeña Alba.

Es cierto que alguien que haya causado daños a otra persona, sean de la índole que sean, no puede deshacer las heridas cometidas. Pero si la tal persona acude a Cristo, el médico del alma, su pasado tenebroso será lanzado a las profundidades del mar y Dios no se acordará más de ello. A la vez, un futuro distinto emerge de los abismos marinos. Un futuro esperanzador aparece en el horizonte de su vida. “Las cosas viejas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas”, nos dice la Biblia.

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