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Demografía hispánica

Pascual Falces
Pascual Falces
miércoles, 13 de septiembre de 2006, 21:41 h (CET)
El conjunto formado por catalejo y ordenador a la hora de redactar estas observaciones, está asentado sobre un tablero que, a modo de ábaco, constituye la corona de una columna con capitel, fuste y basamento, en sentido descendente. El último elemento, a su vez, se sustenta en la roca granítica de las cumbres de una cordillera del Macizo Central de la península ibérica. Los elementos de esta clásica columna ordenada, y no superada, según el estilo que en la Grecia helénica se estructuró, tienen alrededor de su base una pequeña población con algo más de cinco mil habitantes. En su origen fue una modesta aldea serrana, famosa por su “requesón”, a la que su cercanía a la Capital de España, hizo desarrollarse como lugar de descanso. E los últimos años es, también, asiento para gentes nacidas en otros países que ya conforman el veinte por ciento de su censo actual.

Cerca, se encuentra el pueblo donde Berlanga rodó su famoso “Bienvenido Mister Marshall”, que, en estos momentos, ya no recuerda, salvo en el campo y sus vacas, a la candorosa sociedad rural que magistralmente retrató; un buen elemento de comparación para el desarrollo español del último medio siglo. Las vías de comunicación no son polvorientas carreteras, sino seguras autovías que favorecen el turismo “dominguero”, tan avisado para que no encienda fuegos ni arroje colillas. Algunos pantanos, visibles desde la cumbre, evocan la costa mediterránea aunque se encuentren cercados de montañas. Una moderna cárcel, también próxima, y periódicamente mencionada por la alta categoría de sus involuntarios huéspedes, completa esta perspectiva “serrana” del siglo XXI.

Más, formando el panorama de lo que será el “futuro étnico” local, se encuentra ese veinte por ciento de la población, formado pacífica y paulatinamente, que proviene de más de veinte países. Así, de este modo, la columna, analizando su base, convive con extranjeros empadronados, “con papeles” que se dice, y que han encontrado una acomodado modo de vivir en los últimos años. La gran mayoría de ellos son marroquíes, casi la mitad, junto a polacos y rumanos que se completan con otras representaciones europeas y americanas.

La pirámide de población censada es cosmopolita, y entre luces, la silueta al fondo de una mujer magrebí –mora, que diría Cervantes-, y ataviada con su amplio vestido y pañuelo sobre cabeza y cuello, evoca perfiles de Fez, Mequinez, o Marrakech. La Aldea Mundial tiene nutridos representantes en la Sierra madrileña, y no existen tensiones xenófobas, ni animadversión entre vecinos. El cuadro demográfico en su conjunto es, casi, tan idílico como en los tiempos inmortalizados por Berlanga. De este modo, el catalejo observa lejanos y variados lugares de la Aldea, un poco a merced de la actualidad. Muy cerca, y alrededor, algunos compatriotas de los pueblos observados en conflicto, madrugan, trabajan, comen, prosperan, y se reproducen en este lugar bajo la “Pax Hispánica” contemporánea; benévolo lugar de acogida para la emigración mundial. Se discute, entre los políticos, si esta realidad es resultado de un efecto “llamada”, o consecuencia de una “huida”, pero da lo mismo. Es la Aldea Mundial que ha dejado de ser una entelequia, no una invasión. Ya no hay distancias ni fronteras infranqueables. Quien albergue dentro de sí, un resquemor racista, lo tiene “crudo”, que se dice.

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