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Opinión
Etiquetas:   Reflexión   Elecciones   Política  

Alcancemos la mayoría de edad

“Hasta las bacterias funcionan por consenso, o no funcionan”. Eduardo Punset Casals
César Valdeolmillos
lunes, 11 de noviembre de 2019, 08:53 h (CET)

Con pasión contenida, tras conocerse el resultado de las elecciones, Pablo Iglesias acusaba a Pedro Sánchez de ser el responsable del espectacular crecimiento de Vox, a quien la izquierda denomina de ultraderecha.

Aparta que tiznas, le dijo la sartén al cazo.

Con estas afirmaciones, Iglesias, que sí es la ultra izquierda de Cuba y Venezuela, lo que trataba era de desviar la atención sobre el hecho de haber perdido siete escaños y casi 700.000 votos.

Lo que ha ocurrido en realidad, es que muchos españoles se han hartado de que aquellos que les ofrecen vino y les dan vinagre; se han hartado de que les mientan; de su falsedad e hipocresía; de su demagogia; de sus ideologías que solo conducen a la división y al enfrentamiento, pero no resuelven ninguno de los problemas que han de afrontar cada día; de que menosprecien su inteligencia ofreciendo como solución a los problemas de cada día, lo que no es más que un engañoso cambio de nombre; se han dado cuenta de que las políticas de las izquierdas solo generan dudas, incertidumbres y ambigüedades, y por eso han depositado su confianza en aquellos que les han ofrecido poner en práctica las soluciones lógicas que España necesita.

Es la inexorable ley del péndulo.

Lo cierto es que el resultado de las elecciones es el que es, y el vencedor de las mismas —el doctor Sánchez—, se encuentra en la misma situación en que se encontraba antes de celebrarse los comicios, con el agravante de que el electorado no le perdonaría que volviese a adoptar la postura dilatoria y de bloqueo institucional que ha venido practicando hasta ahora.

España no se puede permitir seguir con un Gobierno en funciones que no puede resolver ninguna de las graves situaciones por las que atraviesa el país, mientras su provisional Presidente sigue durmiendo en la Moncloa, jugando eternamente la partida de póker político que organizó con la moción de censura para desalojar al PP.

Sé que en España es una utopía pretender que los partidos dejen de ser adolescentes que se miran con recelo entre sí, y solo atienden a sus intereses en vez de los del Estado, pero ésta es una ocasión para ser valientes, responsables y generosos, y adoptar un acuerdo histórico que haría cambiar la política española para siempre.

Para poder afrontar con garantías el grave problema de rebeldía que están protagonizando las autoridades que rigen las instituciones catalanas; para defender los intereses de España ante el problema que plantea la salida de Inglaterra de la Unión Europea; para poder afrontar con solvencia la crisis económica que se está negando, pero que está llamando a nuestras puertas; para abordar los problemas estructurales del país como son las pensiones, la creación de empleo, la sanidad o la educación, hay que investirse de un alto grado de generosa responsabilidad, dejar de lado las ideologías partidistas y llegar a un consenso entre el partido ganador de las elecciones y el primer partido de la oposición. No sería España el primer país en llegar a esa solución responsable.

Cuando se logra un acuerdo, todos resultan beneficiados. Nada tiene tanta fuerza como un generoso e inteligente consenso.

No es necesario estar plenamente de acuerdo, sino tan sólo marchar por el mismo camino.

¿Cómo vivir en un mundo en el que la mitad está en desacuerdo? ¿Cómo gobernar un país si sus gobernantes no consideran suyas ni las penas ni las alegrías de su pueblo? ¿Si sus gobernantes no se sienten parte de ellos?

No olvidemos que el futuro mostrará los resultados y juzgará a cada uno de acuerdo a sus logros.

No alberguemos el menor recelo o temor en tender la mano sinceramente para unir fuerzas con el adversario y luchar contra el enemigo común. Las personas a las que debemos temer no son a las que no están de acuerdo con nosotros. De quienes debemos cuidarnos, es de aquellos a quienes no están de acuerdo y son lo suficiente cobardes para manifestarlo claramente.

Llegar a un acuerdo, a un compromiso, no es sinónimo de fracaso o rendición, sino de fortaleza y vitalidad, porque las sociedades monolíticas, son aquellas que terminan por consumirse en su propia parálisis. La sociedad es plural, toda ella persigue los mismos fines, aunque por diferentes caminos. Por ello, solo encontraremos vida, donde haya compromisos establecidos.

Lo contrario de llegar a un acuerdo no es integridad, es cerrazón.

Lo contrario de llegar a un acuerdo no es idealismo, es inmovilismo.

Lo contrario de llegar a un acuerdo no es determinación, es egoísmo.

Lo contrario de llegar a un acuerdo no es firmeza, es ignorancia, inconsciencia, ineptitud y torpeza.

Lo contrario de llegar a un acuerdo es fanatismo y muerte.

Llegar a un acuerdo no es capitular, ni poner la otra mejilla al rival.

Llegar a un acuerdo es tener la suficiente altura de miras y generosidad para encontrarse con el otro en algún punto a mitad de camino. Y eso ya lo hicimos cuando en 1978 nos dimos el histórico abrazo constitucional.

¿Seremos ahora tan ciegos como para desandar el camino con tantos sacrificios andado?

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