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Etiquetas:   OBITUARIO   -   Sección:   Opinión

Rafael Ávila Bayón, el muerto al que los lobos lloran

Palabras para un amigo muerto y un ejemplo vivo
Julio Ortega Fraile
@JOrtegaFr
martes, 22 de octubre de 2013, 06:48 h (CET)
Palabras para un amigo muerto y un ejemplo vivo Hace muy pocos días, ingresado en un hospital de Avilés del que ya no saldría vivo le llevaron un caldo para comer. Las enfermeras sabían perfectamente que Rafael no iba a ingerir absolutamente nada que contuviese productos de origen animal pero allí aparecieron con el tazón y él, con aquella socarronería tan suya pregunto al verlo: ¿tiene bicho? No – le respondieron. Pero no ha nacido el animal humano capaz de engañar o de acobardar a este hombre así que él metió el dedo en el calducho, se lo acercó a la nariz y exclamó: ¡tiene bicho! ¡Llévatelo!.


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Ese era Rafael Ávila Bayón: vendedor de discos, profesor de inglés, jugador de rugby, guardaespaldas, responsable de pub, funcionario de la administración de justicia, candidato por Los Verdes, intransigente ante la mediocridad y la ruindad, implacable ante la crueldad, culto más allá de muchos que se las dan de eruditos, melómano y vegano. Por eso rechazó el aguachirle hospitalario, alguna criatura fue asesinada para elaborarlo y el abdomen de Rafa no era de aquellos que describía Leonardo da Vinci – sin duda hubieran sido muy buenos amigos – cuando dijo: “criamos a los animales para que nos entreguen a sus hijos para llenar nuestro estómago, que hemos convertido en una tumba para todos los animales”.

Cuando se muere un deportista, un actor, un político, un diseñador... Todo son recuerdos y homenajes públicos. Todo son elegías. Se ha muerto un hombre bueno, generoso y valiente, probablemente de los más buenos, generosos y valientes, y no merece el silencio ni el olvido quien atesoró valores más nobles que otros muchos cuyos epitafios son odas a la hipocresía y a la medianía. Y si con él no habrá tantas alharacas también será poque Rafael fue una persona molesta para otras muchas. Jesús Gil y Gil o Julián Muñoz, en la Marbella en la que vivió durante varios años, fueron algunos de los personajes contra los que no dudó en enfrentarse y cómo no, pagó las consecuencias en forma de represalias muy graves. Pero para callar a Rafa había que matarlo. Acojonarlo era imposible.

En su lápida no habrá cruces ni adulaciones. En su lápida firmarán el mar, los árboles, los perros, los gatos, los toros, los lobos, sus amados lobos y por los que tanto lloró, y firmaremos con risas al acordarnos de su ironía y con lágrimas al sentirnos mordidos por su ausencia los que cada día aprendimos de él y hoy estamos esperando, sentados y con esa sensación de tirantez hacia abajo en la piel, la sensación del miedo y de la angustia, esperando que nuestro profesor Ávila entre en la clase y con aquel vozarrón nos eche la bronca mientras con aquellos preciosos ojos nos dice que nos quiere y promete cuidarnos.

Pocos días antes de su último ingreso leyó un manifiesto en la Concentración Antitaurina de Gijón. Su compañera Ángeles Mata, cuyo nombre merece permanecer para siempre al lado de el de Rafael, porque dos seres tan excepcionales estaban predestinados a encontrarse, porque él la quería según decía “profunda e inevitablemente” - ¿puede haber declaración de amor más sencilla y profunda? - ¡qué envidia compañero, qué envidía siento de tu capacidad para expresarte – le sostenía el megáfono y él, apoyado contra un coche, con la espalda doliéndole de mala manera, dedicó parte de los últimos minutos de su vida a luchar contra la tortura y el asesinato de toros. Perdón, rectifico: dedicó una inmensa parte de su vida a romperse el alma por defender a todos los animales, los humanos y los no humanos. Y lo hizo con una sabiduría, con un coraje, con un desprendimiento y un pundonor reservados a muy pocos. Sólo dignos de gigantes como él.

Estoy enfadado contigo Rafael Ávila. Te pedí que no te fueras y no me hiciste caso. Yo sé que estabas muy cansado, así me lo dijiste tu penúltima noche. Pero soy egoísta, somos egoístas y nosotros estamos ahora tan rotos de dolor y nostalgia, tan necesitados de ti que esperamos verte aparecer en cualquier momento corriendo con tu adorado Zape por la playa de Salinas, como solías hacer.

Tu figura, Compañero, siempre, siempre será visible para nosotros en el horizonte de ese mar asturiano. Y en cada rincón de nuestro corazón tan lleno de ti.

Salud hermano. Tú sí que merecías una medalla de héroe, pero ni la buscabas ni el Rey la hubiese querido colgar nunca de tu pecho. Y probablemente si lo hubiese intentado le hubieras hecho sentirse avergonzado. Le hubieras soltado varias verdades. Nada ni nadie conseguían que tú te arredrases
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